Guatemala, 26 de febrero de 2008

DE MIS NOTAS¿Lo sabían?Alfred Kaltschmitt

HOMO ECONOMICUSLa primera damaJosé raúl gonzález Merlo

MIRADOR¡Ay, la democracia!Pedro trujillo

WACHIK´AJKosovo mundialMartín Rodríguez Pellecer

SIEMBRAEl Chapulín ColoradoCarlos Enrique Zúñiga Fumagalli

PUNTO DE ENCUENTROMarielos monzónHace 27 años
Mañana se cumplen 27 años del asesinato de mi papá, Guillermo Alfonso Monzón Paz. Un grupo de hombres fuertemente armados, le quitó la vida, el viernes 27 de febrero del año 1981. Yo tenía 10 años. En mi cabeza de niña, no lograba comprender qué había detrás de aquel hecho que me arrebata a una persona amada, y por qué tanta violencia contra un hombre bueno, que me quería tanto y se ocupaba de mí. Ni siquiera pude verlo por última vez; mi mamá me dijo que era mejor recordarlo tal como era en vida y llevarlo así en mi mente y en mi corazón. Lo que supe un poco después es que su rostro había quedado totalmente desfigurado; entonces comprendí por qué su caja estaba sellada.
El tiempo ha transcurrido, y hoy comprendo que lo que él hacía, en lo que creía y por lo que luchaba, era una afrenta para quienes de facto dirigían el país. La represión era inmisericorde y se ensañaba contra aquellos que cuestionaban el sistema, pedían respeto a los derechos más elementales, acompañaban a las familias de los desaparecidos y entablaban en el sistema de justicia eternas luchas contra la impunidad.
Su presencia y su ausencia me han marcado la vida; eso es un hecho indiscutible. Y me la ha marcado de diferentes formas, todas profundas e irreversibles. El ejemplo de Guillermo Monzón y su valentía de afrontar hasta la muerte y quedarse a pelear para cambiar Guatemala es quizás una de las lecciones más duras, pero más importantes. Su trabajo a favor de los más desposeídos, excluidos y marginados ha sido la ruta que me trazó, y el compromiso que renuevo con él cada vez que lo recuerdo. Su incansable energía, su inagotable inteligencia, su profunda ternura y su capacidad para enfrentar la adversidad son las características con las que lo pienso, y las que me animan, en el medio del dolor, a seguir caminando.
Y aun cuando han pasado 27 años de aquel nefasto día, lo sigo extrañando, lo sigo queriendo, le sigo pidiendo que no me falten fuerzas para seguir el legado que un día construyó.
Crecer sin él ha sido difícil; entender este país, sin escucharlo, ha sido más difícil todavía. Lo cierto es que lo que sembró en mí, en los 10 años compartidos, cayó en tierra fértil, porque desde mi ámbito familiar, personal y laboral he querido seguir sus pasos. A lo mejor no lo he logrado y no he comprendido bien su legado; quizá me sigue resultando complicado querer asemejarme a él, pero sigue siendo la mejor forma de vivir, o por lo menos, la mejor que he encontrado.
Como en casi todos los hechos de violencia ejercidos por el Estado guatemalteco contra sus ciudadanos; como en casi todos los asesinatos, masacres, desapariciones forzadas y torturas, el crimen de mi padre sigue impune; y los funestos personajes que lo ordenaron y ejecutaron están allí, como si nada, sabiendo que el sistema todavía los protege y que sus escuadrones de la muerte operan bajo el manto de la impunidad.
Por todo eso, hoy, a 27 años de su muerte, renuevo mi compromiso, ya no en forma personal, sino pública. Y le hago saber que su camino seguirá siendo mi camino, su lucha seguirá siendo mi lucha, y su ejemplo, el legado que quiero dejarles a los míos. La búsqueda de justicia, por su asesinato, y por el de miles de compañeros más, continúa siendo una de las razones para seguir trabajando. Un sencillo homenaje en este día, papá.
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