Guatemala, 26 de febrero de 2008
Plástica
Por Irma de Luján
Nuestra sociedad, basada en la desigualdad, encierra una serie de contradicciones en el arte y en casi todos los ámbitos. La más nociva para el arte es la impuesta por las leyes económicas, pues ésta obliga a la adquisición de lo superfluo. ¿Qué mejor ejemplo que el que acabamos de vivir en el día del cariño?, se convence al público y lo obliga a adquirir objetos de baja calidad en todos los sentidos, objetos inútiles, a los que algunos se les agrega un pequeñísimo barniz “artístico”.
Estos productos sub culturales, que abarca casi todos los ámbitos de nuestra sociedad, desgraciadamente su base es ella. Se fabrican por millones objetos que se dicen artísticos, se venden y se obtienen millonarios beneficios, y esto permite aumentar el ritmo de la producción, de tal forma que ahoga a buena parte del público bajo una avalancha de plástico o peor aun de seudopinturas, que su única cualidad según el director de una galería es que “se vende”, palabra clave para designar una obra de baja calidad artística con todos los estigmas de lo kitsch.
Según Gillo Dorfles, en la sociedad tradicional existen ejemplos de arte “mediocre” de artistas menores, seguidores obedientes de los grandes maestros, crean obras que no constituyen obras maestras, sin embargo, entraban a las corrientes del arte auténtico (antes que Moles definiera el término kitsch en 1860). Como es lógico, siempre ha existido una jerarquía de valores artísticos, pero no una “categoría”, es decir, el kitsch se puede considerar arte de signo contrario, pues tiene ciertas características del arte verdadero, paradójicamente es a la vez es su negación o su sombra. Consumir kitsch para quien no esté avisado es por lo tanto consumir las características menos nobles del arte, quiere participar del prestigio que envuelve a la noción aristocrática de esta, y esto a la vez es su trampa. La mayoría de la población no puede ofrecerse una obra de alta cultura, entonces recurre a la versión comercial de esta, y lo ofrecido por los especialistas del mercadeo de este género, en general reproducen obras-símbolos que inmediatamente quedan relegadas al mundo de lo kitsch, lo cual es la categoría del lo falso, quiere ser arte pero no logra serlo.
Arte y kitsch son dos términos interdependientes y desgraciadamente necesarios en el plano económico. El kitsch se define frente al arte y el arte frente a este, en un mismo campo, con las mismas materias primas, cara o cruz de la misma realidad, lo cual es parte del aparato ideológico que hace posible la denominación de kitsch. En general este se mueve en la cultura popular urbana, pero en general lo kitsch no tiene fronteras.
No es difícil constatar cierta sincronía entre la explosión de determinados aspectos del kitsch con el advenimiento de métodos de reproducción electrónicos, eléctricos o mecánicos, estos pueden reproducir por miles obras maestras del arte, pero en general estas reproducciones tienen poca calidad. Refiriéndome de nuevo a Dorfles, categóricamente dice “El peligro de lo kitsch es el disfraz artístico, puede anidar en todas partes, no respeta ni clases populares ni a las económicamente elevadas”. Nadie o casi nadie se atrevería a decir que Boucher o Pousin son kitsch, o que la Traviata es un mega tango que le gana en cursilería a Carlitos (Gardel)”. El kitsch proyecta su sombra y esto sí es grave en el dominio de la estética, como que si en el mundo en que vivimos no tenemos que soportar suficientes represiones, coacciones, ineptitudes de todo calibre. La noción kitsch es manejada como una amonestación al hombre y esto no tiene límites.
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