Guatemala, 6 de julio de 2008

TIEMPO Y DESTINO Derechos femeninosLuis Morales Chúa

SENTIDO COMÚNDoble imposición (II)Manuel F. Ayau Cordón

ESCENARIO DE VIDA¡Vienen por fin a Guatemala!Vida Amor De Paz

COLABORACIÓN Desafíos profundos en el Mingob Helen Mack*

COLABORACIÓNLa ruta de los desafíosIduvina Hernández*

LA BUENA NOTICIAVíctor Hugo Palma Paul El año Paulino 2008-2009
En los tiempos de Cristo, en la Palestina del siglo I, existía una multitud de “maestros” que se presentaban como “intérpretes de la Ley de Dios”; es decir, del camino para alcanzar la felicidad y la vida verdaderas. Estos “maestros” se rodeaban de seguidores (“discípulos”), a quienes invitaban a asumir su propio modo de entender la voluntad divina. A sus enseñanzas llamaban “yugos”, pues ya la misma Ley era un cierto peso ante el cual —como ocurre hoy también— o se da la obediencia o se intenta “sacudirse” la incomodidad de lo que manda Otro (¡con mayúscula!).
Los discípulos debían “aprenderlas y vivirlas”, ya que la actitud de rebeldía o rechazo a tales enseñanzas se llamaba “tener cerviz o nuca dura”, pues, como en el caso de los animales de tiro, reacios al yugo del arado o de una carreta, siempre se encontraban motivos para no ceder ante los reclamos divinos. Según la Buena Noticia de hoy, Jesús contempla una Humanidad extenuada ante muchas y severas enseñanzas de tantos maestros de lo bueno y de lo malo. Su ofrecimiento, por una parte, parece más de lo mismo: Él también propone “un yugo y una carga”, pero totalmente diferentes: en Cristo, que es el mismo Evangelio o Buena Noticia del Padre, todo ser humano halla la libertad que siempre trae el encuentro con la Verdad y la Vida que se “esconden tras los mandamientos”.
Ante Él y solo con Él todo precepto cobra su sentido verdadero como senda de realización de la vocación a la felicidad y a la vida, ya no por el miedo y la fatiga, sino por el amor y la paz. Tal fue la experiencia de Saulo, llamado luego Pablo de Tarso: del rigor de la Ley, a la que entregó su vida entera, pasó a la libertad “bajo la Ley de Cristo”. Su experiencia es modelo para el proceso de maduración que todo cristiano debe tener: ni asumir el peso agobiante que puede tener cualquier precepto ni intentar evadir la voluntad de Dios en nombre de una falsa libertad. Más bien, “encontrar el descanso y el alivio”, al estilo de San Pablo en aquella conjunción maravillosa: mientras me esfuerzo con inteligencia, voluntad y libertad, me abro a la Gracia que todo lo puede mediante el Espíritu que siempre ayuda mis escasas fuerzas para llevar a cabo lo que me conviene.
El Año Paulino 2008-2009, al que han convocado el papa Benedicto XVI, para la Iglesia Católica, y el patriarca Bartolomé I, para el mundo griego ortodoxo, bien puede ser la ocasión para meditar la propia actitud ante “lo que Dios manda”, como acusaba San Basilio el Grande (330-379 d.C): ¿Obedeces por miedo al castigo?: eres un esclavo; ¿obedeces por interés?: eres un comerciante; ¿obedeces por amor?: haz llegado a ser un hijo que vive en paz con su Padre. Este ciclo dedicado al “gran convertido del camino de Damasco” es también una llamada a la conciencia, especialmente de quienes interpretan la Ley de Dios, para que lo hagan al estilo de San Pablo: con la conciencia de que la letra mata, mientras el Espíritu da vida (2 Corintios 3, 6) y, dejando de lado el agobiante fundamentalismo, revivan la experiencia de aquel perseguidor que pasó a ser apóstol, discípulo y misionero de quien, sin embargo, por amor a todos no abandonó, sino cargó hasta el final el pesado yugo y la insoportable carga de una cruz.
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