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Guatemala, 8 de julio de 2008

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Plástica: El pintor en la sociedad 

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Por Irma de Luján

Casi ningún pintor ha escogido tomar el camino de la prensa sensacionalista, para que a través de ella su obra se escuche, se conozca y, sobre todo, se venda.

Algunos de los grandes pintores prefieren una vida completamente a la inversa. En este sentido, Marcel Duchamp casi siempre intuyó, con su agudo espíritu premonitorio, el peligro que implica que el artista se comporte como un actor de cine. Él narra cómo poco a poco se distanció de la sociedad, jamás trató de abrirse paso y colocarse en un primer lugar con base en la vida social: se colocó en primer plano gracias a su genio.

Lo banal de cierta sociedad lo hastiaba, se alejaba de ella lo mismo que del mundo del mercadeo, odiaba y se alejaba de la execrable adulación. Marcel Duchamp escribe en 1913: “Esta época fue un momento muy importante en mi existencia, fue el momento en que tomé importantes decisiones, me dije: Marcel, se acabo la pintura, busca otro trabajo y busqué un trabajo el cual me dejaba tiempo para pintar, pero, para mí mismo, encontré un empleo de bibliotecario en la Biblioteca Santa Genoveva en París. Fue un trabajo increíble, pues me dejaba varias horas para mí. Cuando digo pintura para mí se entiende que no quiero gustar al público; esta determinante decisión me hizo comprender que existen dos clases de artistas. Los pintores profesionales que trabajan para la sociedad viven de ella y, por lo tanto, no pueden evitar integrarse a ella, los otros, libres de obligaciones, sobre todo sociales, por consiguiente no comprometidos con ella”. Con estas palabras de Duchamp vemos que el mayor peligro para un artista es querer gustar al público, al más inmediato o, peor aún, al posible “cliente”.

Este público lo puede acoger, lo adula, pero siempre con la doble intención que a través de esta veneración consiga precios ventajosos. Creo que para que un artista reciba un halago depende de su personalidad o tal vez que alcance un buen número de años para ser verdaderamente comprendido y, por lo tanto, halagado sin dobles intenciones. Marcel Duchamp lo puso en práctica y el resultado es más que positivo para este artista. Debemos recalcar que existen pocos seres humanos con la pureza espiritual que huye de la adulación, de las condecoraciones y toda esta parafernalia que rodea a un artista muy elogiado, tal vez merecidamente, pero creo que siempre hay que dejar que la historia haga su trabajo.

Más tarde, el ejemplo contrario lo encontramos con el pintor Roy Lichtenstein: a él le encantaba y se sumía en la alegría pura al ser alagado, al gustar en forma desmedida con halagos poco sinceros. En su pintura Obra maestra, se ve en primer plano a un pintor y, a un lado, una señora. La pareja admira el cuadro y la señora pide a gritos que todo Nueva York compre estas obras. Ser buscado a gritos como un músico pop, para este pintor era un objetivo tentador, pero para muchos sería casi un insulto. Esta actitud no tiene nada que ver con lo auténtico del arte, pero el artista que gusta de la adulación le proporciona una satisfacción emblemática y esto conduce en algunos casos a la falsa modestia. Esto es lo que se llama “espectáculo social”. En nuestro modesto mundo del arte, es triste ver estos espectáculos.

En las subastas, los tres golpes del martillo suenan, y que el espectáculo continúe.

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