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Guatemala, 31 de julio de 2008

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Economía y desarrollo: La correa de transmisión del empleo 

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Obtener un trabajo no garantiza que automáticamente se salga de la pobreza.

Por tomás rosada

Opinión

Cuando se habla de reducción de pobreza, de manera usual, se le vincula a dos asuntos adicionales: crecimiento económico y desigualdad.

De hecho, actualmente, la discusión sobre el tema suele presentarse en bloque. Es decir, reconociendo que son tres dimensiones del desarrollo, y que, por lo tanto, están interconectadas entre sí, siendo interdependientes unas de otras.

Para fines de estudio y análisis se suele enfatizar ya sea en uno de los tres temas (pobreza, crecimiento, desigualdad), o bien se busca explicar la naturaleza de la relación entre cualquiera de ellos. Me explico a continuación, con un ejemplo.

Al abordar la relación entre pobreza y crecimiento partimos de un supuesto básico y fundamental: el crecimiento económico es una condición para la reducción de la pobreza. En otras palabras, si no hay crecimiento económico es más difícil que se reduzca la pobreza. Existen dos expresiones clave en la oración anterior: “condición” y “más difícil”. Más adelante aclaro por qué.

Ahora bien, ¿cómo opera la correa de transmisión desde el crecimiento hasta la reducción de la pobreza? Para ponerlo en términos sencillos podemos decir lo siguiente: crecimiento económico significa que usted o su familia, o su país, tienen este año (período actual) un ingreso mayor del que tenían el año pasado (período anterior).

Ésto solo se produce de dos formas: 1) usted y su familia son dueños de una empresa a la que le ha ido bien este año; 2) usted y/o cualquier otro miembro de su familia ha recibido un ingreso (sueldo o salario) que no tenía antes.

Esto puede ser debido a que es mayor, ya sea porque le pagan más por un trabajo que ya desempeñaba, porque cambió de empleo, o quizás porque alguien de su familia antes estaba desempleado y ha encontrado trabajo.

Lo interesante es que estas ideas, en apariencia tan simples, han tomado varios años de debate e investigación, hasta llegar al punto de simplemente reconocer al crecimiento como una condición, y no como una garantía para la reducción de la pobreza. La evidencia se ha encargado de demostrarnos, una vez más, que el simplismo es útil solo para fines didácticos.

Veamos algunas cifras interpelantes. El Banco Interamericano de Desarrollo tiene en su sitio de Internet una publicación llamada Compás Laboral, en la cual se presentan estadísticas y análisis sobre los mercados de trabajo en América Latina, generados a partir de encuestas en hogares que nuestros países hacen con cierta regularidad.

Uno de los principales hallazgos es que los ingresos laborales representan entre el 60 por ciento y el 80 por ciento de los ingresos que tiene un hogar, cifra que puede ser todavía mucho mayor para los hogares pobres. Este dato corrobora la importancia fundamental que tienen los mercados laborales como bisagra entre el crecimiento y una eventual reducción de pobreza.

Sin embargo, también se observan otros hechos interesantes cuando nos dicen que “(…) La fracción de trabajadores que ganan salarios bajos se ha incrementado, en la mayoría de los países de la región. En nueve, de los 16 países de los cuales contamos con datos, el porcentaje de trabajadores que ganan bajos salarios se incrementó en el período de 1998-2004, con respecto del período de 1990-1997. Estos mismos países, además, experimentaron un incremento en el porcentaje de trabajadores, viviendo en hogares pobres”.

En otras palabras, no porque las personas encuentren un trabajo automáticamente se garantiza la salida de su situación de pobreza. Puede, incluso, que esto no suceda, en cuyo caso las personas logran emplearse, pero el salario no les permite cambiar de manera significativa sus condiciones de vida, llegándose, inclusive, al extremo de generar “desincentivos” al empleo (desempleo voluntario).

Lo anterior obliga a poner a discusión materias como remuneración y calidad de los puestos de trabajo, variables que están íntimamente relacionadas con la productividad de trabajadores y el salario que devengan. De esa cuenta que, aún cuando el empleo se ha considerado como el vínculo por medio del cuál opera la relación entre crecimiento y reducción de pobreza, queda claro que no es, en sí mismo, un mecanismo suficiente para revertir tal condición.

La pregunta más pareciera mudarse a ¿qué tipo de empleo garantiza una salida sostenible de la pobreza?, e incluso, ir un paso más allá, ampliando el universo e incluyendo a los hogares no pobres, que muchas veces están condicionados a empleos precarios.

Dicho de otra manera, ¿cómo garantizamos que nuestra mano de obra sea lo suficientemente productiva, como para acceder a mayores niveles de remuneración? Una pregunta cualitativamente distinta, por ejemplo, al fetiche de la empresarialidad por el que nos hemos jugado, durante los últimos años, en los países en desarrollo.

Porque pareciera que nos hemos dejado encandilar con una falsa impresión de que todos tienen condiciones de empresarios, y, por consiguiente, lo único que hace falta es desarrollar tales o cuales habilidades. Idea tanto o más simplista como el pretender que el crecimiento económico reduce pobreza per se.

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