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Guatemala, 29 de junio de 2008

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Caterine Wislay busca desesperadamente a sus hijos 

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El Ministerio de Relaciones Exteriores manifiesta su preocupación por casos como el de Wislay. Las recomendaciones para evitar que esto ocurra son:

• Al nacer sus hijos deben llevarlos al consulado más cercano e inscribirlos para que adquieran la doble nacionalidad, y así evitar problemas cuando los padres sean deportados.

• Cuando los menores no son guatemaltecos no se puede pedir su deportación, porque la ley de Estados Unidos lo impide.

• Acercarse todas las veces necesarias a los consulados, en donde tienen la certeza y confianza de que los apoyarán.

• Para inscribir a los niños que no están reconocidos se deben llevar al consulado las partidas de nacimiento, para que en Guatemala se lleven a cabo los trámites respectivos en el Registro Nacional de las Personas.

• En el caso de Wislay, la Cancillería lamenta que no haya podido acercarse con anterioridad, debido al desconocimiento; sin embargo, ese ministerio está en toda la disposición de brindarle el apoyo necesario para que pueda recuperar a sus niños en el tiempo estipulado que le otorgó la Corte Suprema de California.

“Se está evaluando la posibilidad de crear una página web para migrantes, con el fin de que se puedan informar para evitar estos lamentables casos. Asimismo, los consulados deben ampliar sus servicios”.

Julio López Villatoro,

Diputado de la Comisión del Migrante.

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Wislay sostiene las fotografías de sus hijos, Justin y Yashua, quienes permanecen en EE.UU. a la espera de que la Corte los dé en adopción.

POR MARCELA FERNÁNDEZ o.

Una cadena de obs-táculos ha truncado los intentos de la joven Caterine Wislay, de 23 años, por volver a Estados Unidos, de donde fue deportada hace un año.

Su único deseo es llegar a tiempo para exponer su situación en la Corte Suprema de California, para evitar que sus pequeños hijos, de 3 y 4 años, sean dados en adopción en ese país.

La madre de Wislay decidió emprender el “sueño americano” —que en aquella época era más fácil— cuando ésta tenía solo 3 años, y no fue hasta que cumplió 17 que la mandó a traer.

En Los Ángeles, California, Wislay conoció a Deonides Cortez, un salvadoreño con quien decidió unirse y procrear a dos niños, Yashua, de 3, y Justin, 4.

La pareja se separó por problemas familiares. “A él le gustaba estar en discotecas y bares todo el tiempo”, cuenta Wislay.

Debido a la irresponsabilidad de Cortez, ella sola tuvo que mantener a sus hijos y además atender las necesidades del menor, quien, a parte de ser asmático, tenía problemas de crecimiento y aprendizaje. “Yashua ya va para 4 años y aún no puede hablar”, comenta Wislay.

En julio del 2007, la joven iba saliendo de una fábrica de ropa donde laboraba, cuando unos “supuestos” agentes de Migración la detuvieron junto con cuatro empleadas más. Sin mediar palabra, las introdujeron en un autobús y luego las mandaron a Tijuana.

“Hasta este momento no sé si era la Migración, porque nunca nos tomaron huellas y nos abandonaron en Tijuana”, dice Wislay, y confiesa que sospecha que pudieron ser los dueños de la fábrica, porque se negaban a pagarles horas extra.

Con la mirada perdida, Wislay cuenta que ese fue el último día que vio a sus hijos, pues ni siquiera tuvo tiempo de despedirse de ellos. El padre intentó quedarse a cargo, pero la Corte Suprema de California le quitó la custodia al notar que no era lo suficientemente responsable.

La angustia que envuelve a esta madre es que la Corte le ha exigido que se presente si desea pelear la custodia de sus hijos, para que explique por qué los abandonó. “Yo no los abandoné; a mí me deportaron y no he podido regresar a las citas, porque no me dejan entrar en EE. UU. Ni siquiera he podido pasar de México”, lamentó Wislay, y expuso que lo que realmente la angustia es que si en tres meses no se presenta a la Corte, sus hijos serán dados en adopción.

Según la madre, el juez está enfadado porque han pospuesto la citación desde noviembre del 2007.

Entre intentos y abusos

Wislay ha intentado, por todos los medios que conoce, volver a EE. UU. por sus niños. “Me han negado la visa mexicana muchas veces, y no sé cómo pedir la visa estadounidense”, asegura.

Así que decidió “agarrar coyote” en las fronteras de Guatemala y México. Todas las veces ha tenido pésimas experiencias. Cuenta que los coyotes le han robado hasta US$2 mil 500 y la han dejado abandonada en Tapachula.

Señala, además, que las autoridades mexicanas son groseras y abusivas. “Cada guardia nos exige pagarle Q1 mil, y son alrededor de 15 estaciones”, se queja.

Agrega que los agentes les pegan y se burlan. Los migrantes siempre escuchan comentarios como “aquí los esperamos mañana” o “¿cuándo lo vas a volver a intentar?”

“La última vez que lo intenté, el coyote nos abandonó”, explica la madre, con una expresión de desasosiego.

Con esto, las esperanzas para Wislay se tornan cada vez más complicadas, y con lágrimas en los ojos expresa: “Yo no estoy pidiendo dinero, solo quiero un permiso de 15 días para presentarme en la Corte y traer a mis hijos. Ellos necesitan de mí, principalmente mi pequeño; estoy desesperada y no sé qué hacer”.

Agrega que tiene mucho temor de volver a intentar cruzar la frontera con los coyotes, pero se siente sin salida.

La madre de Wislay le comentó por teléfono que sus hijos están muy afectados psicológicamente. Y cada vez que hablan con ella le preguntan dónde está y que si ya va a volver.

“No quiero perderlos para siempre”, comenta Wislay, con un nudo en la garganta al finalizar la entrevista.

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