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Guatemala, 12 de marzo de 2008

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CATALEJOMario Antonio SandovalHora sin cambios

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EL GOBIERNO ANUNCIÓ AYER su decisión de no realizar un cambio en la hora oficial del país, práctica común en lugares donde las diferencias entre las estaciones del año justifican una medida de ese tipo. La medida había sido realizada hace un par de años, y fue justificada como una manera adecuada de ahorrar en los combustibles necesarios para la generación de energía eléctrica nacional. Ésta descansa en el empleo de derivados del petróleo, cuyos precios están llegando a unas alturas exorbitantes, sin precedente alguno y con el agravante de la imposibilidad de los países no productores, de alterar en manera alguna ni de impedir o retrasar siquiera esos aumentos.

SI ESTO ES ASÍ, LA pregunta respecto de por qué no tomar la medida anunciada hace pocas semanas por el Gobierno se debe responder sin tomar en cuanta con exclusividad el factor económico. En primer lugar, es necesario saber en realidad cuánto hubiera sido el ahorro, para decidir si habría valido la pena someter a la población a los sacrificios de ese cambio de hora. Por un lado, muy buena parte de la disminución del consumo se ve compensado con la necesidad de utilizar luz eléctrica en los hogares. Y por aparte, es un asunto cultural, porque en un porcentaje alto de la población no se comprende el concepto de cambiar la abstracción intelectual del tiempo.

SIN EMBARGO, LA RAZÓN de mayor peso para no justificar el cambio de la hora está en realidad relacionada con el mayor problema actual de la sociedad guatemalteca: la inseguridad. Caminar por los suburbios citadinos cuando no ha amanecido, aumenta la posibilidad para los guatemaltecos de ser víctimas de las acciones de los delincuentes. Como es imposible impedir la oscuridad nocturna, el efecto práctico de la decisión sería incrementar los hechos delictivos y todos los problemas relacionados con éstos. El cambio de la hora es otra de las acciones imposibles de decidir en un país con los lamentables indicadores económicos y sociales presentes en Guatemala.

LA FOTO DEL RÍO COYOLATE, prácticamente sin agua, es un claro pero también lamentable ejemplo del irrespeto a la naturaleza, prevaleciente en los guatemaltecos en general. Alguna vez fue una vía de agua importante y ahora se encuentra en el mismo grupo de los grandes ríos nacionales, incluidos el Motagua, el Cahabón y el Usumacinta. Las razones son variadas: tala de árboles río arriba, abuso en la utilización del agua con propósitos agrícolas, aumento de la población. Mientras, quienes no tienen la capacidad de entender la gravedad de la situación y consideran al derecho individual como el único válido, acusan de ecohistéricos a cualquier persona preocupada.

TAN ABSURDA COMO impedir la totalidad de cambios al medio ambiente es la posición de justificar la destrucción sin límite alguno de la naturaleza. En los últimos años, en Guatemala han sido destruidos cerros, bosques, y nadie parece comprender una verdad muy simple: ese tipo de cambios, a nivel mundial, son los responsables de los cambios de clima y de problemas tan evidentes como el aumento de huracanes, cambios de la temperatura y otros ya también presentes en este país. Durante mi vida he visto una reducción alarmante de la masa verde, y aunque no tengo conocimientos específicos del tema, la lógica simple me indica estar en un camino equivocado.

LOS RÍOS AGONIZANTES del país tendrán efecto en temas tan aparentemente poco relacionados como el de la producción de energía eléctrica. Guatemala es un país con las condiciones debidas para la generación hidroeléctrica; ésta podría llegar muy pronto a dejar de ser una posibilidad práctica. Esta tragedia tiene también dos orígenes no siempre comprendidos: por un lado, la falta de educación en todos los niveles sociales, y por el otro, la exagerada adoración a los derechos individuales en detrimento de los comunitarios. Es un problema de falta de responsabilidad, y cuando sea adoptada por quienes ahora la desdeñan, será ya demasiado tarde.

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