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Guatemala, 12 de marzo de 2008

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UCHA´XIKSam ColopTierra, tierra, tierra

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No escribo sobre el dere- cho a tener una maceta en el patio de la casa después de haberla pavimentado de cemento. Me refiero a la tierra con olor, color y sabor como la que describe Filóchofo, mejor conocido en el bajo mundo como él mismo se reconoce, José Manuel Chacón. El título de esta columna hace referencia a su último libro, que conforma una trilogía con La otra historia y La canción del grillo.

Por supuesto que Filo ha escrito otros documentos, como Las dos iglesias, que fue comentado en este espacio, ¿pero quién es Filóchofo? Nadie mejor que él para decirlo: “Es un tipo de muy mala reputación… presume de ser ecologista”, y aquí agrego yo que es uno de los responsables de que por defender el derecho a la tierra se le acusa de izquierdista, como si ese calificativo fuera un delito.

Ahora que estamos en semana santa, a los que defienden la propiedad privada se les olvida aquel dicho que dice: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Para ellos, la propiedad privada es sagrada —obtenida en, muchos casos, ilegítimamente—, sabiendo que en polvo terminarán, conforme a su creencia religiosa.

Pues bien, Filóchofo, que ha sido expulsado de dos medios de comunicación por dibujar y escribir lo que piensa, nos presenta este nuevo libro con su acostumbrado estilo. Parte de la época prehispánica hasta la actual. Se podrá estar o no de acuerdo con el rigor histórico, pero el tema es la tenencia de la tierra, y aquí hay que reiterar que desde los gobiernos empresariales, entre otros, el de Justo el rufián Barrios, se repartieron tierras comunales y en tierra se volvieron, pero sus congéneres han vuelto.

Las comunidades mayas tienen razón de exigir tierra porque dependemos de ella, y eso de que la propiedad privada prevalece es un artificio legal para justificar expropiaciones históricas.

Pregúntese usted a quién pertenecían las tierras donde ahora se plantan cañaverales y sobre eso se asumen beneficiarios del país. ¡No!, si entre descendientes de asaltantes de tierras y criminales, no hay mucho cambio, y de ahí se deriva la herencia “gloriosa” de tanto vividor que existe en el país.

Una caricatura con mucho filo es que cuando viene Cristóbal Colón, sus socios gritan que quieren oro —aló, Álvaro Colom—, y el tal Filo pregunta: “¿Disculpe, don Colom… por casualidad usted trabaja en la minera Montana?”. El libro se presenta esta tarde en el antiguo Paraninfo de la Universidad de San Carlos, ubicado en la zona 1, a las 18 horas.

De repente nos veamos por ahí, y como Filo ahora también escribe en idiomas mayas: wene’ ba kaqil kib!

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