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Guatemala, 28 de marzo de 2008

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Borges, el filósofo 

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Por Margarita Carrera

Para penetrar el pensamiento filosófico de Borges, nada mejor que acudir a su poesía.

Hay quienes ven su grandeza como algo puramente verbal. Si bien es verdad que existe en cuanto escribe un placer estético por excelencia, no es menos verdad que todos sus cuentos, todos sus ensayos y toda su poesía revelan a un profundo pensador, un pensador laberíntico y vertiginoso que nos conduce, indudablemente, a la angustia existencial.

Sobre todas las cosas, Borges es, más que un hombre, una compleja literatura: se ha dicho de él, como él lo dijo de Quevedo. Parece que el hombre que vive es otro, no él mismo. Que él mismo es su literatura. Su destino es la literatura. Y como escritor crea un universo simbólico, filosófico, mítico, pero, más que nada, onírico: “Hay que ser algo inocente. La creación tiene que realizarse como soñando”.

Borges se imagina a un Shakespeare que, antes de morir, pide a Dios que lo deje ser “uno y yo”; a lo cual Dios le contesta: “Yo tampoco soy yo; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estás tú, que como yo eres muchos y nadie”.

Pocos escritores como Borges tienen una formación filosófica sólida, un conocimiento inmenso de las diversas literaturas del mundo, un dominio de múltiples lenguas. ¿Dónde está el ser humano Borges más allá de su sensibilidad e intelecto, más allá de su creación literaria? Como el mismo Dios, él tampoco nos sabría responder. Él es la vida y la muerte, la vigilia y el sueño. El ayer, el hoy, el mañana. Aunque haga afirmaciones tan totalitarias como en este poema: “Ya somos en la tumba las dos fechas/ del principio y del término, la caja,/ la obscena corrupción y la mortaja,/ los ritos de la muerte y las endechas. / No soy el insensato que se aferra/ al mágico sonido de su nombre;/ pienso con esperanza en aquel hombre/ que no sabrá qué fue sobre la Tierra./ Bajo el indiferente azul del cielo./ Esta meditación es un consuelo.”

No todo escritor confiesa sus limitaciones. Él, sí: imposible leer Ulyses de James Joyce; para su lectura recomienda algún estudio. Una vez dicho por Borges, yo también confieso que traté de leerlo en mis años de juventud. No traté, lo leí, con la paciencia de la juventud que se pierde en la vejez; de todas formas, no recuerdo nada. Sobre la inmortalidad del alma, llega a estas rotundas afirmaciones: “hecho de polvo y tiempo, el hombre dura/ menos que la liviana melodía”; o bien: “el hoy es fugaz es tenue y eterno;/ otro cielo no esperes ni otro infierno”. Pero lo más doloroso para Borges fue no haber tenido descendencia. El deseo de ser padre se cumple en su vertiginoso cuento Las ruinas circulares, en el cual, como un dios, extrae de un sueño un hijo varón. Nos transmite el pánico cuando descubre que, una vez concebido el ansiado hijo, éste no es real y que tampoco él, su padre, no es sino producto de otro sueño que otro dios sueña y así hasta el infinito o hasta la nada: “No ser hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre, ¡qué humillación, qué vértigo!” Un dios tras otro dios, ¿no es una abrumadora variante del “eterno retorno” nietzscheano?

Borges, el filósofo, no llamará la atención de aquellos filósofos académicos que neciamente separan la filosofía de la poesía. Sin embargo, si su pensamiento filosófico sobrevive es porque está inmerso en la poesía.

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