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Guatemala, 9 de mayo de 2008

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COLABORACIONJosé Miguel ArguetaMadre

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No hay guatemalteco que du- rante estos días que van del año no haya atravesado una emergencia espiritual. Las circunstancias de Guatemala no son las mejores. Puede que sean emergencias de carácter económico, social, familiar o personal; todos los chapines sufrimos circunstancias adversas que nos hunden en la desesperanza. La primera persona en atender esa necesidad espiritual es una madre.

Todo niño, niña, adulto, anciano, buscan el calor de un hogar, de una familia. Todos ansiamos ternura y afecto. Hay la unión fundamental, desde el nacimiento, entre la hija o el hijo con la madre, que condicionará para siempre el éxito o fracaso. Lo vital de la participación de la madre es que, con su amor, su cuidado y las caricias sobre su hijo, hija, retoño, heredero, propiciará que desarrolle y potencie su capacidad de sentir y expresar afecto y la seguridad sobre sí.

Por otra parte, la falta de la madre suscita en el niño o niña inseguridad, incapacidad de expresar afecto, dificultad para interrelacionarse con los demás. La triste realidad de tantos niños abandonados en orfanatos, deambulando en las calles, sufriendo las miserias de la desintegración familiar, solo ha potenciado el caos de la pérdida de valores de nuestra bella y amada patria.

Esto me lleva a una conclusión: como pueblo, como nación, como país, nuestra gente, nuestro pueblo, nuestro terruño, nuestra casa necesita de la acción y fortaleza de una madre. Es admirable la enorme capacidad que tiene la madre latinoamericana al hacer frente a una realidad tan absurda y sumida en la barbarie, crueldad, brutalidad, salvajismo, atraso e incultura para formar y transmitir a sus hijos e hijas todo el espíritu de la vida para que puedan ser personas de bien.

La palabra madre es tan bella y rica en significado que la usamos para referirnos a la prodigalidad de la madre tierra que, a pesar de sus agonías, permite la vida de tanta diversidad. La usamos siempre para ejemplificar el sustento y el coraje de actuar siempre frente a la adversidad.

Estas líneas van dedicadas a las madres de todos. De los más afortunados y de los menos afortunados de mi Guatemala. De aquellos que celebran su éxito profesional y de aquellos que luchan en la desgracia, el infortunio, fatalidad, reveses de la vida, contrariedades e infelicidad. Reconozco el amor de la madre que con sus anhelos y penas siempre cree en sus hijos y los apoya incondicionalmente. La madre se entrega por entero, renuncia por entero a todos por brindar pródigamente, generosamente, profusamente, con su gran corazón, esa esplendidez de amor y vitalidad.

Hay muchas madres que este día se sentirán solas, abandonadas. Es increíble el crecimiento de las familias monoparentales por tantos factores. Porque el esposo está lejos, trabajando en una tierra extraña, para traer el pan. Porque no tiene el apoyo por tantas consecuencias sociales como la violencia, la brutalidad, la falta de responsabilidad o sencillamente el abandono de que han sido objeto.

Sin embargo, la madre da su mejor esfuerzo por mantener estabilidad a este país que se ha olvidado de querer, de sentir afecto, de ser responsable con los niños y los más vulnerables. La felicidad de un hogar gravita siempre alrededor de la madre. El hogar estando ella se convierte en el paraíso de los hijos.

Desde mi corazón, mi espíritu, mi ánimo, quiero desear el mejor día a tantas madrecitas que hoy disfrutaran al lado de sus hijos en un modesto acto en su escuela, colegio, que mañana disfrutaran al lado de sus hijos. Para todas, en todo lugar, ¡feliz día!

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