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Guatemala, 9 de mayo de 2008

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CATALEJOMario Antonio SandovalLa madre vive en el recuerdo

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MAÑANA ES EL PRIMER Día de la Madre sin mi mamá. Se fue en diciembre y será la primera vez sin poder abrazarla y besarla personalmente. Nos será difícil, sin duda, esa nueva realidad, a la cual solo gracias al tiempo podremos irnos acostumbrando. Nos queda mi padre, su compañero por la vida durante 61 años, a lo largo de los cuales se manifestó ella como esposa, madre, abuela y bisabuela. De haber estado, habría podido gozar del gusto de la graduación de médico y cirujano de uno de sus nietos. Pero pudo ver también a los nietos de sus hijos, lo cual la llenaba de alegría porque, maestra de párvulos al fin, tenía una especial predilección por los niños de corta edad, cuyas personalidades era una verdadera experta en modelar.

ESTE PRIMER DÍA DE LA Madre sin la mamá es especial. Sin importar la edad, la condición económica o la importancia del hijo o de la hija en las actividades profesionales, la madre nunca deja de ejercer esa autoridad moral, vigente aun cuando no la ejerza de manera directa. La ausencia de la madre deja un vacío verdaderamente difícil de llenar, y si bien con el tiempo se va uno acostumbrando, y si bien es posible entender la necesidad de descanso eterno, ese derecho de todo hombre y de toda mujer, siempre se siente en el más hondo rincón del alma una ausencia difícil de superar. El tiempo es la única medicina para obtener una conformidad ante la ley inexorable de la vida. Pero no por ello se puede impedir alguna lágrima furtiva.

CREO EN LA EXISTENCIA del espíritu y, por tanto, en la eternidad de este último, ya sea llamado alma, aura, o de cualquier otra manera. Por eso no tengo ningún problema en pensar en la compañía de las almas de aquellas personas a quienes he amado y ahora se encuentran en un plano superior, desconocido, al cual alguna vez llegaremos todos, de una forma u otra. Los espíritus de estas personas pueden circular libremente y sin valladar alguno por cualquier lugar dentro, alrededor y fuera de este planeta, de esta galaxia. Y se convierten en una especie de guardianes, tal vez para complementar la tarea de los ángeles de la guarda. Respecto a estos temas todos regresamos un poco al pensamiento de nuestra lejana y recordada infancia.

DEBE HABER —QUIERO CREER— un lugar donde están las madres ausentes para siempre. Allí estarán realizando sus actividades preferidas, observando a sus seres queridos, en fin, gozando del premio de sus actividades en la vida terrena. El hecho de haber creado la vida humana las hace acreedoras a una distinción especial, porque demostraron sus capacidades personales para criar a sus familias, para ser el centro del núcleo familiar, y así un largo etcétera. La bondad es una cualidad intrínseca en la madre, cuando actúa como tal. Por eso, cuando esta cualidad se rompe con acciones contrarias, de cualquier índole, el orden natural ha sido roto y alterado. Por eso sólo la acción directa de la divinidad puede poner todo como debe estar.

ME IMAGINO A MI MAMÁ, María Inés Samayoa de Sandoval, organizando donde se encuentra una escuela de párvulos entre los querubines, probablemente, de boy scouts entre los serafines. La veo, además, llamar la atención a los apóstoles y a los santos porque los milagros no sean realizados como ella quisiera. La siento preocupada porque no me he puesto un suéter, aunque el clima estuviera caluroso, y sonriente al ver sus flores begonias y sus galanes de noche. La veo también conversando con una nueva amiga preocupada porque su hijo fuma a escondidas de ella. Todos nosotros nos recordaremos de ella con una sonrisa y hablaremos de cómo era, con alegría, porque esa es la forma única para impedir la verdadera muerte: el olvido.

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