Guatemala, 10 de mayo de 2008

MACROSCOPIOPor el bien de todosHumberto Preti

EL QUINTO PATIOMadresCarolina Vásquez Araya

UCHA´XIKMadres a toda madreSam Colop

RERUM NOVARUM El deber de protegerGonzalo de Villa

CON OJOS DE MUJEREl fondo petroleroMarta Pilón

ALEPHCarolina Escobar SartiTres mujeres, un duelo
Cuando la muerte nos toca de cerca, la percepción de la propia vida cambia. Por mucho que hayamos racionalizado el tema, la muerte es el cambio de tiempo más radical para cualquier ser humano. De repente, una persona querida que acaba de vernos a los ojos ya no está más entre nosotros, y tenemos que continuar, solo porque la vida sigue. En ese instante mínimo de la muerte de alguien cercano, todas las memorias se hacen una, todas las culpas (si las hay) se convierten en una sola condena, todos los “hubiera” se traducen en una misma impotencia, todo lo entregado y amado se traduce en paz.
Si algo vamos aprendiendo de la muerte es que somos finitos, pequeños y tremendamente soberbios. Todo ese invento de la vida eterna es del tamaño de nuestras ansias de grandeza e inmortalidad, y la única trascendencia posible es a través de nuestras obras, de nuestros hijos y de cuanto hemos amado. Todo este preámbulo es solo para hablar de tres duelos particulares que se han dado en el último mes, y me tienen profundamente conmovida. Las tres muertes son de mujeres cercanas a mi vida, y las tres por cáncer, enfermedad maldita de nuestro tiempo.
A la primera la conocí cuando aún estaba en el vientre de su madre. Con el paso de los años, esa niña inquieta se convirtió en una joven hermosa de cabellos largos, fuerte temple y sonrisa amplia. Algunas confesiones de amores nos unieron más de una vez, y tuve el placer de compartir con ella muchas navidades y de observarla practicar con maestría artes marciales en el gimnasio de sus padres. Se formó arquitecta, como el padre, porque era la niña de sus ojos y se casó con un joven yugoslavo, tan hermoso como ella. Juliana, la hija menor de mi hermano, apenas pasó las tres décadas, y un cáncer cerebral se la llevó. Su muerte representó para la familia un dolor distinto, intenso, inexplicable; quizás porque uno está preparado para que los mayores partan primero, pero nunca entiende bien que los más jóvenes mueran.
A Lulú Colom la conocí desde siempre, porque su nombre, como otros de su familia, los escuché desde que era niña en boca de mis padres. Mi madre recordaba con cariño a las Colom y mi padre siempre mencionaba a Chalío, el marido de Lulú. Con los años, Lulú se convirtió en un referente para mí, porque las mujeres de este país le debemos mucho; eso motivó un homenaje que le hiciéramos hace 14 años. De ello no resta sino una foto publicada en un periódico. Lulú abrió brecha en una sociedad mojigata, conservadora e hipócrita, y se mantuvo serena siempre, incluso cuando la encontré la última vez y me contó que de nuevo le habían detectado cáncer. Guatemala está en deuda con ella, y yo resiento el no haberle hecho caso cuando me preguntaba: “¿Cuándo me llegás a ver?”.
Finalmente, Magda Eunice Sánchez, mujer queridísima que vivió siempre entre nosotros, pero en otra dimensión que no era la nuestra. Pintora de mundos concebidos por ella, de manos generosas, de caballos y gatos únicos, de mujeres danzando. Ella también fue parte de mi familia por décadas, estaba en cada cumpleaños, en las celebraciones de fin de año, en esos lunes cuando las mujeres de la familia nos reunimos, en las celebraciones especiales. Magda era libre y generosa, valor escasísimo entre los seres humanos y entre los mismos artistas. En su funeral, su hermana Marjorie me mostró las fotos del último mural que terminó el martes de la semana pasada; parejas danzando felices. Y lo ato a lo que ella dijera una vez: “Si volviera a nacer, estudiaría idiomas, canto, baile y otras muchas cosas; sin embargo, sé que mi oficio de artista plástica me fue dado como a otros se les da la habilidad para la música, la belleza y la literatura”.
Hoy hablé de la muerte, pero no aludí a ese cotidiano de violencia e inseguridad que nos ronda como ave de rapiña y nos tiene paranoicos. Hablé apenas de la muerte de tres mujeres, y de las reflexiones que esas muertes provocaron. Hablé de la trascendencia, que no es otra que lo amado y lo creado.
cescobarsarti@gmail.com
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