Guatemala, 11 de mayo de 2008
Madre de Íngrid Betancourt y quien fuera embajadora de Colombia en Guatemala de 1991 a 1993, pide al presidente Álvaro Colom su respaldo en el movimiento para lograr la liberación de su hija, quien lleva seis años secuestrada
César Carrillo tiene 23 años de trabajar como piloto y agente de seguridad en la Embajada de Colombia en Guatemala. Cuenta que guarda muy buenos recuerdos de la estadía de Yolanda Pulecio en el país, entre 1991 y 1993.
Durante esos años, la embajadora fue visitada por sus dos hijas, Ástrid e Íngrid Betancourt Pulecio, a quienes Carrillo tuvo la oportunidad de conocer.
“La doctora Íngrid siempre me traía regalos de sus viajes; ella pasaba varios días con sus hijos en el país”, recordó.
Carrillo es uno de los guatemaltecos que, junto a decenas de colombianos residentes en Guatemala, participaron en una marcha de apoyo para la liberación de la hija de Pulecio, que permanece secuestrada por las FARC desde el 2002.
“Se necesita un apoyo muy grande de los gobiernos”.
Por Alejandra Álvarez
En conversación telefónica con Prensa Libre, desde Bogotá, Colombia, Yolanda Pulecio, madre de la ex candidata presidencial Íngrid Betancourt, recuerda los años que vivió en Guatemala como una de las mejores etapas de su vida.
Afectada por los pocos avances para lograr la liberación de su hija, en poder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) desde el 2002, asegura que tiene el apoyo total del alcalde Álvaro Arzú, quien era canciller durante la gestión de ella. Asimismo, espera que el presidente Álvaro Colom se sume al respaldo de otros países que claman por la liberación de los secuestrados, pues, a criterio de Pulecio, el gobernante de Colombia, Álvaro Uribe, podría escuchar al de Guatemala, ya que este país logró un proceso de paz exitoso.
Yo viví en Guatemala en una de las épocas más felices de mi vida; viví con mi mamá en la embajada, y fueron los últimos años que pasé con ella.
Encontré que la sociedad de Guatemala era muy amable, muy querida; tuve varios amigos que no se me olvidan. De Guatemala tengo un recuerdo bellísimo.
El alcalde Arzú canta muy lindo. Recuerdo que cantó Venecia sin ti, en una velada. Tiene una voz muy bella y toca guitarra también.
Yo era muy amiga de todo el grupo diplomático. Recuerdo haber ido con el nuncio apostólico al Palacio Nacional (de la Cultura), para que el presidente dejara el poder, que se fuera, y bueno, fue un momento histórico muy importante. Recuerdo que el nuncio y yo atravesamos la plaza, por en medio de cantidades de gente, para tranquilizar los ánimos en medio de todo lo que estaba pasando en el país en ese momento.
No tuve momentos difíciles en Guatemala. Traté de ayudar en todo lo del proceso de paz. Estuve muy contenta cuando vi la voluntad política que había para lograr la paz. Estuve en varias reuniones que fueron muy importantes para mí, pero faltó apoyo de la ministra de Relaciones Exteriores de mi país, que era Noemí Sanin, una mujer muy difícil, con la cual no me entendí.
Apoyo en muchos sentidos, especialmente porque a ella le daban celos que yo estuviera en el proceso de paz y que hiciera alguna cosa que pudiera, a la vez, darme algún protagonismo político. Pero a mí no me importaba el protagonismo, lo que me importaba era ayudar. Ella quería ser la única protagonista.
Pues había voluntad política de parte y parte, lo que no sucede en Colombia. Políticamente, el país deseaba la paz.
¡Dios los libre!... Que no lleguen a una situación como es en la actualidad en Colombia. Desde que hay compradores, esa es la desgracia para nuestros países.
En Guatemala, no creo que haya una situación similar a la mía. Aquí también hay gente que está secuestrada por intereses económicos, pero eso en muchos casos tiene una solución. Si la gente logra pagar lo que les piden, liberan a sus seres queridos, mientras que en el caso de Íngrid, lamentablemente la única solución es un acuerdo entre la guerrilla y el presidente Uribe, que no quiere acceder. Es una situación demasiado dura, es la cosa más dura que le puede pasar a una madre.
Agradezco infinitamente esa solidaridad de los colombianos en Guatemala. Es importantísimo y es urgente. Aquí (Colombia) a veces se tiene el apoyo de la sociedad, pero a veces no.
Se necesita un apoyo muy grande de los gobiernos. Yo le pido al señor presidente de Guatemala que nos dé su apoyo. Hoy llamé a la embajada porque pensé que él iba a venir a Colombia, y quería tener la oportunidad de hablarle y pedirle apoyo para que se manifieste en torno de la liberación de mi hija. Tal vez el presidente Uribe lo oiga a él. Pido apoyo a Colom.
Lo vi en Argentina, en la toma de posesión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pero fue muy rápidamente; no tuve la oportunidad de hablar con él.
Mis dos hijas, Íngrid y Ástrid, fueron en varias oportunidades a Guatemala, mientras yo vivía allá.
Recuerdo a los niños de Íngrid en la casa; ella me los dejaba, porque nos encantaba el clima de Guatemala, y teníamos un jardín grande. Los niños eran felices allí. Y tengo un recuerdo muy lindo de Íngrid, pues fuimos a Tikal; hicimos varios paseos con ella. Quiero decir que adoro a Guatemala.
Yo estoy solamente dedicada a mi hija, a ver cómo hago para lograr su liberación. He sufrido mucho, he llorado mucho.
Tengo, afortunadamente, el apoyo del presidente Hugo Chávez, que ha sido muy solidario. Estuve en una reunión con intelectuales de América Latina, en Caracas, hace poco, y sentí un apoyo muy grande de ellos. Eso me dio esperanza. Pero, claro, hay que convencer a la guerrilla de la liberación de mi hija, y buscar que el presidente Uribe ayude, pero es muy difícil, desgraciadamente. Sería un milagro. Y no hago otra cosa más que rezar. Tengo mucha fe en Dios, y eso es lo que me ha ayudado a seguir viviendo.
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