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Guatemala, 11 de mayo de 2008

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ESCENARIO DE VIDAVida Amor de Paz Hay respuestas en Cancuén

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Me encuentro escri- biendo para mis queridos lectores desde la ciudad arqueológica de Cancuén, conocida en idioma maya como “Nido de Serpientes”, localizada al sur de Petén, a la cual llegué tomando la ruta de las Verapaces hacia el municipio de Raxruhá, pasando la aldea La Unión y navegando por el río La Pasión. Esa ciudad tuvo su apogeo en las últimas décadas, en vísperas del colapso de la civilización clásica maya.

El reinado de Cancuén controló el comercio de los mayas, pues eran la “cabeza de la navegación” por donde transportaban su jade, piedras preciosas, pieles, concha y otros bienes exóticos. La sed de poder y excesos de sus gobernantes les llevó a la guerra y a la excesiva deforestación, terminando con una de las más grandes civilizaciones del continente americano.

Al llegar al laboratorio “vivo” del arqueólogo doctor Arthur Demarest, me alegré de encontrar una selva exuberante, en contraste con los potreros y cientos de caballerías deforestadas muy cerca de allí, que ahora han sido sembradas con palma africana.

Amanecí dentro de una carpa, con el sonido del cántico de los pájaros que volaban alegremente entre mariposas y animalillos y la exótica selva, en medio de una maravillosa gama de verdes que parecían pintados en un amanecer donde el sol nace al rojo vivo. Entre ese gran deleite, no podía imaginar personas dispuestas a enmudecer a inocentes pájaros, monos saraguates y a la gran biodiversidad que aún nos quedaba, pues inconsciente o conscientemente, lo hacían con la deforestación. No podía imaginar a quienes no comprendían que con el cambio de uso de suelo, ante el calentamiento global, nuestras posibilidades de subsistencia disminuían.

El principal mérito del proyecto Cancuén fue el haber creado un nuevo modelo de investigación de agricultura sostenible, con la producción orgánica de cacao, chocolate, vainilla y chiles, a favor de las comunidades cercanas al proyecto. El doctor Arthur Demarest, en vez de solo excavar y llevarse la gloria de su descubrimiento, trabaja con los comunitarios en ecoturismo y reforestando en lo que antes eran pastos de ganado.

Una vez más, tecleando gracias a una planta eléctrica a mi disposición, pero con el corazón empuñado entre el bullicio de millones de insectos, imploro a quienes hoy le hacen daño a nuestro querido Petén, pues se lo hacen a ellos mismos. ¿Será que aceptaremos convertirlo en un gran potrero? ¿Podrá más la estupidez que la razón? ¿O haremos algo por proteger los preciados bosques que aún nos quedan? Cancuén es un claro ejemplo de que se puede conservar el bosque dentro de un proyecto arqueológico, mientras las comunidades salen beneficiadas económicamente.

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