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Guatemala, 16 de mayo de 2008

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VENTANARita María RoeschCiudadanos de segunda

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Sabemos cuando un bebé llora por hambre.También sabemos lo que tenemos que hacer: darle comida. Me pregunto: ¿por qué no queremos escuchar los llantos de los niños con hambre? Su llanto no suena a guatemalteco, chino o africano. Su llanto es simplemente humano y como humanos deberíamos de atenderlos. ¿Pero lo hacemos?

¿Por qué elegimos cuidar sólo a nuestros hijos a pesar de que tenemos suficiente para alimentar a nuestros hijos y a otros niños también? ¿Por qué? ¿Por qué una quinta parte de la población mundial vive con hambre y está desnutrida si los recursos globales son suficientes? ¿Por qué Guatemala es el país en Latinoamérica con el índice más alto de desnutrición infantil? ¿Por qué la mitad de nuestros niños y niñas de 0 a 5 años padece de desnutrición crónica? ¿Por qué la tragedia del hambre en nuestro país y en el mundo entero, en lugar de disminuir, es una tragedia que no termina? Sé de varias respuestas a estas preguntas, pero hoy quiero comentar en voz alta la reflexión de Lynne Twist sobre esta dura realidad. Su opinión me parece muy acertada.

Lynne es una veterana activista global que ha recaudado más de US$150 millones para el Proyecto contra el Hambre en el Mundo. Hace 30 años, cuando ella empezó a recaudar fondos para el Proyecto, asumió que la tragedia de la desnutrición crónica se resolvería con darles suficiente comida a quienes les faltaba. Sin embargo, luego de vivir conmovedoras experiencias en Etiopía, Somalia, Camboya e India, su visión sobre el tema empezó a cambiar. Observó cómo las donaciones sí aliviaban la vida de las familias con hambre, pero eran inefectivas a largo plazo, porque los hijos de esas mismas familias, con los años, seguían muriéndose de desnutrición crónica.

Se crea un círculo vicioso de dar y de recibir entre las poblaciones que viven sumidas en la pobreza y las organizaciones humanitarias que las asisten. Esa relación genera dependencia y debilita la capacidad de las personas para luchar en contra de las circunstancias adversas. Les refuerza el sentimiento de impotencia, les impide reconocer que pueden llegar a ser autosuficientes en un futuro no lejano. La mano extendida para pedir las obliga a exhibir actitudes que las disminuyen como personas.

“No importan las circunstancias económicas que nos rodeen”, dice Lynne, “si nos educan con la creencia de que no hay suficiente para todos, los recursos escasean”. Ése es el mensaje cultural que hemos recibido. Manejamos creencias de escasez tan arraigadas en nuestra cultura occidental que han terminado por controlar nuestra vida.

Creer que no hay suficiente para todos nos conduce a aceptar que algunos tendrán y que otros no tendrán. Que algunos nacieron con suerte y que otros no. Nos enseñaron que “más es mejor”, y eso equivale a que quien más tiene es más inteligente y hábil. Las personas que tienen menos son menos inteligentes, menos hábiles y menos valiosas como seres humanos. “Son ciudadanos de segunda categoría”, susurró el Clarinero, “por eso nos damos el permiso para descontarlas”.

De acuerdo con Lynne, el Proyecto contra el Hambre ha retado esas creencias falsas, con el fin de erradicar el hambre en el mundo. Sus proyectos se sustentan en trabajar hombro con hombro en las comunidades que padecen hambre. Entre sus objetivos se encuentra transformar la imagen de invalidez que han asumido por una visión de posibilidades y autoconfianza. Hicieron suyas las palabras de un sabio refrán indígena que dice: “Si tú vienes para ayudarme, estás desperdiciando tu tiempo, pero si vienes porque tu liberación está unida a la mía, entonces trabajemos juntos”.

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