Guatemala, 6 de octubre de 2008
La falta de información sobre el origen de la tendencia emo dificulta el proceso de toma de decisiones para abordarla.
Ruiz es orientadora de un colegio de la zona 1, y explicó que para mitigar el efecto emo en el plantel donde trabaja organizan charlas de motivación en las aulas.
Desde el primer día de clases, Amalia, de 15 años, acaparó la atención de estudiantes y maestros, por su estilo particular de vestir y comportarse. “Vestida de negro; el pelo liso, con flequillo, también negro, tapándole los ojos, y las uñas negras. Pensamos que quería ser original y llamar la atención”, afirmó una profesora que conoció el caso.
La joven se mantenía aislada y triste en algunas ocasiones, y en otras, animada y alegre. También notaron que tenía problemas de aprendizaje y no lograba asimilar conceptos, y que un grupo de compañeras se peinaban y comportaban igual que ella. “Hasta ahí todo parecía típico de la adolescencia”, añadió.
Sin embargo, corrió la voz de alarma cuando el grupo comenzó a mutilarse. “Se cortaron en los brazos y en las muñecas, como en un pacto de sangre”, contó.
Después de ese incidente, Amalia dejó de asistir a clases. Los padres, que están separados, la internaron en un hospital psiquiátrico, donde fue evaluada y dada de alta.
“Las niñas que la seguían se asustaron con lo que le pasó, y ahora se comportan de otra manera”, comentó.
Después de lo ocurrido, los maestros prestan más atención a ese tipo de conducta. “Estamos pendientes si alguien se corta o si está triste; no queremos que esto se repita”, expresó.
Rojas ofrece sus servicios como psicóloga en un establecimiento de la zona 6, y cree que la comunicación con los padres puede prevenir que los jóvenes imiten ese estilo.
Por Claudia Méndez Villaseñor Periodismo comunitario
El ciclo escolar concluye con una serie de interrogantes que maestros de escuelas y colegios no lograron responder durante los 10 meses de clases. Esas dudas comenzaron a principios del año, cuando, en forma paulatina, jóvenes de entre 11 y 18 años expresaron su interés por imitar la conducta y pensamiento de los emos, que exaltan la cultura de la tristeza, el aislamiento y el autoflagelo.
El color negro resulta obligatorio. Negro el cabello, negra la playera, negro el pantalón, negros los zapatos, negras las uñas y negro el grueso delineador que define los pliegues de los ojos. También la soledad extrema y la tristeza que asoma de una mirada triste, vacía y perdida.
De esa manera describen maestras de establecimientos públicos y privados a jóvenes que, en apariencia, imitan la manera de expresión de un fenómeno social, del cual muchos de ellos desconocen los orígenes.
“Vos sos emo”, le gritaron a Patricia, de 15 años, los muchachos de su clase, un día que la joven, en lugar de salir al recreo, se sentó en una esquina y comenzó a dibujar a una mujer que moría desangrada luego de haber recibido una puñalada en el corazón. “Anda y córtate”, se burlaron.
Profesores que observaron la escena se acercaron a la muchacha que, entre sollozos, rechazaba el señalamiento y alegaba: “No soy emo”.
Al principio, explicó Marcela Godoy, maestra de una escuela de la zona 7, creyeron que se trataba de una moda. “Por el corte de pelo y la manera de vestirse”, dijo. Pero cuando observaron episodios como el antes descrito comenzaron a preocuparse y surgieron las interrogantes, tanto en los docentes como en los estudiantes.
¿Qué es un emo y cómo ayudarlos?, se preguntaron los primeros, y ¿por qué se cortan y se visten de negro?, los segundos.
“Nosotros tratamos de entender el fenómeno para apoyar a los que tienen problemas y al resto que los imita”, expresó Juliana Molina, profesora de sexto año de bachillerato de un plantel privado. “Creo que no tenemos emos como tales, sino muchachos con problemas. Sus padres se separaron, la mamá trabaja y están deprimidos; por eso adoptaron la tendencia”, añadió.
Para el 2009, los establecimientos que enfrentan este problema esperan propiciar un ambiente amigable y motivador, para apoyar a estudiantes que, con su actitud y vestimenta, están pidiendo a gritos que alguien les pongan atención.
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