Guatemala, 2 de julio de 2009
Por Juan Carlos Lemus
14:58 | 26/06/2009
Una vez más, el Auditorio Juan Bautista Gutiérrez prendió en su centro la llama de una descarga espiritual. Recibió en su escenario a Domenico Codispoti.
Sentado al piano Bosendorfer Imperial, el músico mundialmente aclamado ofreció lo que denominó El legado de Chopin.
La sala, prácticamente llena, tuvo sin duda alguna un encuentro con la eternidad. Si las palabras, como dicen algunas filosofías orientales, son seres vivos que vagan entre el universo, la música es la energía que las custodia.
Y asistir al nacimiento de la música en manos de Domenico Codispoti es tomar contacto con el infinito de posibilidades musicales.
Hablamos de un pianista de gran presencia, de un talento desbordante y de visible madurez interpretativa.
La crítica ha sabido elogiar y descifrar toda su puntualidad técnica, sus quiebres y giros de grandioso académico; en tanto, los asistentes podemos vibrar con la intensidad que brota de tal puntualidad.
Su rotunda interpretación de La Polonaise-Fantasie, Op. 61, y los vaivenes de la Barcarolle, Op. 60, ambas de Chopin, trajeron y llevaron los barcos anclados en las butacas por los espacios graves y agudos del viaje.
Antes del intermedio, un canto a la descripción, casi narrada: de Debussy, Estampas, Pagodas, La Soirée dans Grénade y Jardines bajo la lluvia; y de Granados, El Amor y la Muerte. Esta última es un contrapunto bello y terrible. Es como si fuera un diálogo entre Eros y Tánatos, esa oscilación blanca y oscura que asciende al privilegiado monte de Venus, que desciende a las profundas cavernas del ser; es un retorno a las orillas blancas y negras que Codispoti, como un alquimista, creó de sus probetas con sigilo y estruendosa dulzura.
La ovación y las muestras de reconocimiento al músico extraordinario fueron abundantes.
Luego del intermedio, abrió con Dos Poemas, Op. 32, de Skryabin.
Y vino, entonces, para los incrédulos, para los conversos, para el piso y para el techo del auditorio, para los cuerpos tensos y los relajados, su gloriosa interpretación de la Sonata No. 2 de Rachmaninov: arquitectura descomunal; aliento de niebla en la montaña; mar que se abre y se raja al sonido de un pedal; tormenta de granizo que hinchada cabalga sobre los tejados del teclado; golpes y torbellinos apaciguados, de pronto, al trazo de notas bien domadas, mansas, sometidas a los dedos del pianista italiano que hacía caer sus dedos encima, en el punto exacto, y los recorría a lo largo del teclado, y sofrenando de nuevo las notas, haciendo saltar sus dedos. La sala se puso de pie. La ovación duró largo tiempo.
Domenico Codispoti (Catanzaro, 1975) ofreció El legado de Chopin el miércoles 24 de junio último. De él dijo en una oportunidad uno de los más grandes compositores de música de cámara que tuvo el siglo XX, György Sándor: “Es uno de los mejores pianistas jóvenes que conozco. Una técnica superior, sensibilidad excepcional y una gran y madura interpretación”.
Esas palabras, quizá, son las que mejor explican los miles de elogios que caen como aplausos sobre Codispoti: sabe unir a su estructura académica una sensibilidad que, inevitablemente, lleva hacia la empatía.
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