Guatemala, 2 de julio de 2009
“Tampoco se puede plantear el caso como si la historia en Honduras se comenzó a escribir el domingo. Los antecedentes son fundamentales en la construcción y recuperación de dicho país”.
Por tomás rosada
Opinión
16:14 | 30/06/2009
Centroamérica está de nuevo en boca del mundo, en menos de dos meses. Esta vez Honduras ocupa los titulares de los principales medios de comunicación, con la separación del cargo del presidente Manuel Zelaya.
No detallaré la cronología de los hechos, primero, porque se ha dicho mucho sobre lo sucedido en Tegucigalpa el domingo por la madrugada y el lunes siguiente.
También porque creo que es útil en este momento interpretar lo más reciente. Una crisis política interna adquirió en pocas horas dimensión centroamericana, y en dos días, se ha convertido en una cruzada por la democracia, que abandera el mundo entero.
Lo primero que resaltaría, porque me parece admirable y digna de todo reconocimiento, es la capacidad de reacción —casi inmediata— de la burocracia internacional. Sobretodo, cuando se la contrasta con la parsimonia e incluso parálisis que manifiesta ante otros problemas estructurales y explosivos de la región. Esa determinación y capacidad de movilización política y económica “a paso de gacela” nos sería de muchísima utilidad en Centroamérica sobre temas como el crimen organizado y el tráfico de drogas, por ejemplo (¡enano de otro cuento!).
El segundo dato interesante es la respuesta bicéfala ante la coyuntura que atraviesa el país. Por una parte, tenemos a la burocracia internacional alineada, con un discurso claro, ágil y coherente, por medio de declaraciones de la OEA, la Unión Europea, el SICA, el ALBA, el Grupo de Río y organismos financieros multilaterales. Todos condenan los hechos de la madrugada del domingo y los ulteriores.
Por la otra, tenemos una sociedad hondureña que, al menos en apariencia, ofrece apoyo a las medidas tomadas para separar del cargo al mandatario Zelaya. Fotos de la manifestación del martes por la tarde en el parque central de Tegucigalpa son quizá el ejemplo más gráfico. Por supuesto, salvo los hondureños, los demás no tenemos completa certeza sobre la magnitud, legitimidad y representatividad del referido apoyo.
En tercer lugar, la presión internacional ha llegado a tal punto que lo más probable es que se encuentren los mecanismos para que el gobernante Zelaya regrese a su país y reasuma sus funciones, y así complete el período constitucional para el que fue popular y democráticamente electo. Así debe ser, bajo el entendido que no se puede permitir una transgresión en el orden constitucional, venga de quien venga. Hacerlo sentaría un precedente nefasto en una región que ya ha debido hacer sacrificios importantes para dejar atrás el recurso de regresiones autoritarias.
Sin embargo, dicho retorno no puede ignorar dos variables fundamentales en la ecuación: una es el sentir y pensar de la sociedad hondureña, resumida en el principio fundamental de libre determinación de los pueblos; otra, tampoco se puede plantear el caso como si la historia en Honduras se comenzó a escribir el domingo por la madrugada. En otras palabras, los antecedentes de esta debacle son pieza fundamental en la construcción y recuperación de los equilibrios políticos de esa nación.
No ganamos mucho con lamernos las heridas y autoflagelarnos con que la crisis pudo haberse evitado. ¡A lo hecho pecho! Pero sí debe quedar registrado en el inconsciente colectivo tanto del pueblo hondureño como de la burocracia internacional, que la génesis está en la intolerancia, y en haber desoído las señales enviadas por diferentes instituciones del sistema político.
Con la misma prestancia con que hemos alzado la voz para condenar medidas inconstitucionales, con esa misma prestancia debemos estar dispuestos a caminar al lado del pueblo hondureño, de forma respetuosa. Para garantizar que una reinstalación de las autoridades popularmente electas no se convierta en un hecho formal, que al final desemboque en caos, ingobernabilidad y un eventual retroceso en los logros que el país ha alcanzado durante los últimos años en distintos campos de su desarrollo.
Tres ideas me quedan dando vueltas al terminar esta columna. Primero, la soledad es definitivamente una mala consejera, y en un sistema presidencialista esto ha quedado en evidencia. Segundo, la solidaridad internacional no puede tener nombre y apellido, sino debe ser de aplicación universal. Y tercero, una vez más nos damos cuenta de que Maquiavelo se equivocó: Honduras es un ejemplo más de cuando el fin no justifica los medios.
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