Guatemala, 15 de julio de 2009
millones de hectáreas de tierra obtuvo la coreana Daewoo Logistics para producir aceite de palma, en Madagascar.
18:18 | 13/07/2009
Nairobi. ¿Neocolonialismo agrario u ocasión de desarrollo para África? Los especialistas están divididos ante la conveniencia de la inversión masiva en tierras arables del continente africano, a menudo en forma de contratos opacos y desventajosos para la población local.
“Potencialmente, estas adquisiciones de tierras pueden inyectar inversiones necesarias en la agricultura y las zonas rurales de países pobres en vías de desarrollo”, explica el Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI), en un informe publicado en abril.
Sin embargo, también “suscitan temores respecto a su impacto en las poblaciones locales, que se arriesgan a perder el control o la posibilidad de acceder a unas tierras de las que dependen”, añade el IPFRI.
“La tierra es en sí una cuestión política en el mundo. La entrada de un actor suplementario (un tercer país, una sociedad agroalimentaria) que aspira a este recurso escaso y disputado puede añadirse a la inestabilidad socioeconómica de países en desarrollo”, advierte el IFPRI.
Por ejemplo, la cólera surgida en Madagascar por un inmenso proyecto agrícola, cerrado entre el régimen del presidente depuesto Marc Ravalomanana y la sociedad surcoreana Daewoo Logistics, alimentó el resentimiento de una parte de la población y contribuyó a la caída del mandatario.
Daewoo Logistics debía obtener, según el contrato, 1.3 millones de hectáreas de tierra no cultivada para producir aceite de palma y maíz. En contrapartida, se comprometía a construir infraestructura y a crear 70 mil empleos. Por el momento, la crisis política desatada en la isla ha echado por tierra el proyecto.
En Kenia, la presidencia cerró un acuerdo de principio con Qatar en diciembre del 2008 para ceder 40 mil hectáreas con fines agrícolas, a cambio de la construcción de infraestructuras.
“Es una forma de hegemonía. Qatar nunca cedería a Kenia participaciones en sus campos petrolíferos”, critica el abogado keniano Evans Monari.
Pocas semanas más tarde, el presidente keniano Mwai Kibaki declaró el estado de catástrofe nacional, al haber 10 millones de personas víctimas de la penuria por la sequía y la incapacidad de ese país de asegurar un abastecimiento suficiente de alimentos.
“Probablemente, es una buena cosa para esos países (que adquieran las tierras), pero es terrible para las naciones africanas, porque es como abrir una sucursal de un país en otro”, explica Pedro Sánchez, del Instituto de la Tierra, en la universidad neoyorquina de Columbia.
Sin embargo, como el economista nigeriano Jonas Chianu, otros expertos consideran que el intercambio de tierras por infraestructuras ausentes o deficientes en muchos países del continente puede estimular su crecimiento.
“En lugar de dejar esos recursos sin explotar, es mejor comprometerse en acuerdos de arrendamiento de tierras”, dice.
Además del impacto en las poblaciones locales, estos proyectos de agricultura intensiva, y a veces de monocultivo, generan temores medioambientales. Este es el caso de Kenia, donde varios proyectos de biocarburantes amenazan seriamente el ecosistema frágil y rico del delta del principal río del país, el Tana.
AFP
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