Guatemala, 4 de noviembre de 2009

CATALEJO
Algunos conceptos políticos en crisisMario Antonio Sandoval

UCHA’XIKCunénSam Colop

PUNTOS SOBRE PAPELReinventando la derechaJulio Ligorría Carballido

ECLIPSELos nuevos magistradosIleana Alamilla

CARA PARENSDiálogo interculturalLucía Verdugo De Lima

A CONTRALUZHaroldo ShetemulLa cloaca
SOLO ERA CUESTIÓN DE TIEMPO para que el Lago de Atitlán se convirtiera en una cloaca. Los responsables somos todos, por la acción directa o por la omisión, hemos hecho de ese cuerpo de agua un enorme vertedero de porquería que ha comenzado a evidenciar las dimensiones del crimen. De sus otrora cristalinas aguas ahora emerge esa especie de nata verde de la cianobacteria que cubre la inmundicia que se aloja en su interior, producto de las heces y meados de las poblaciones, hoteles y chalés que van a dar al lago, así como restos de fertilizantes. Por ello, de qué nos asombramos si durante años hemos convertido no solo a Atitlán, sino al país entero en un inmenso basurero.
ME PRODUCE una tremenda tristeza ver cómo hemos destruido nuestro entorno natural. El primero en convertirse en casi un pantano fue el Lago de Amatitlán, y ahora le sigue el de Atitlán, del que supuestamente nos enorgullecíamos por su belleza. Tanto las autoridades nacionales y locales, así como los empresarios turísticos y agrícolas, comerciantes y los guatemaltecos de a pie hemos contribuido a esa ruina, que afecta directamente a los 200 mil habitantes que viven en sus orillas. Lo mismo ha ocurrido con otros lagos y ríos del país que están llenos de porquería, pero como no se ha hecho mucha bulla están muriéndose en silencio.
DESDE 1976, los científicos encontraron en Atitlán concentraciones de cianobacteria, pero las autoridades no le prestaron atención. Ese microorganismo ha sido favorecido por los altos niveles de fósforo de fertilizantes que han ido a parar al lago. Tampoco nadie se preocupó de monitorear el uso de esos químicos en las plantaciones cercanas. A ello también contribuye que el 95 por ciento de viviendas, comercios, industrias, hoteles y chalés canalicen sus aguas servidas hacia el lago. Ya se imaginarán, estimados lectores, la cantidad de inmundicia que segundo tras segundo va a parar al lago, porque nunca se ha tomado en serio la construcción de fosas sépticas y plantas de tratamiento.
PARA DARNOS CUENTA de la irresponsabilidad de las autoridades baste decir que alrededor del lago hay seis plantas de tratamiento de agua, pero de ellas solo dos funcionan. El Ministerio de Ambiente señala que de esas dos, una está mal diseñada y la otra mal ubicada. Los jefes ediles de la zona no han reparado en el grave daño que significa el hecho de que la porquería vaya directamente a ese cuerpo de agua, pues han estado más preocupados en construir salones sociales y canchas deportivas, porque eso les significa votos para la próxima elección. Otro tanto ocurrió con la introducción de la lobina y la carpa en las aguas de Atitlán porque son especies tóxicas que alteraron la cadena alimentaria y, por consiguiente, contribuyeron también a la expansión de la cianobacteria.
EL MAL ESTÁ HECHO. Es posible que las acciones urgentes que se puedan tomar ayuden a reducir el impacto negativo que ese microorganismo ha producido en Atitlán, pero la realidad es terrible. Tenemos que ir acostumbrándonos a comprender que ese lago está en proceso de muerte; quizá se logre limpiar esa nata verde, pero será difícil que la inmundicia deje de fluir a sus aguas y, por lo mismo, su destrucción es un hecho a largo plazo. Lo único que podría cambiar el destino de ese cuerpo de agua sería que tuviéramos autoridades que tomen medidas enérgicas para detener el deterioro, lo cual es casi imposible.
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