Literatura 

"La poesía es un perpetuo bautismo del mundo"
La palabra como herramienta para explorar la conciencia, y la religión como placebo, son algunas de las ideas que se atreve a disparar Alan Mills, joven promesa de la poesía en Guatemala.

Por: J.L. Perdomo Orellana
Fotografía: Carlos Sebastián

Hace unos días, Mario Monteforte Toledo –uno de los autores guatemaltecos que mayor esplendor ha dado al idioma español–, incluía, en “un inventario de lo bueno que tenemos”, su certeza de que en Guatemala existen “seis creadores de letras que no llegan a treinta años de edad”.

A punto de egresar de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la USAC, Alan Mills es uno de ellos y éstas son sus certidumbres alrededor de "Los nombres ocultos", su primera obra poética que será publicada en breve por Magna Terra Editores.

Alan Mills está por publicar su primer libro de poesías, "Los nombres ocultos", que será editado por Magna Terra. A pesar de su juventud, el escritor Mario Monteforte Toledo lo considera un talento de las letras.

• Los griegos de la antigüedad hablaban de "poiseis" para referirse a la poesía y la definían como “hacer que ocurra algo extraordinario”. En estos perversos proyectos de país donde abundan los que la usan como medio para ganar juegos florales cada fin de semana, algunos quetzales y una foto en el periódico, ¿cómo la define usted?

Hay que recuperar ese animal atónito que, cuando vio la chispa del primer crepitar, exclamó: ¡fuego! Ese es el poder de la poesía: la ilimitada voluntad de la palabra que establece el contacto entre lo que está en nuestras manos y lo que permanece oculto. Un perpetuo bautismo del mundo. Accesar a rincones olvidados de la conciencia humana a través de la palabra que abre la puerta a ese espacio, a esa porción de realidad perdida. Cuidado, que el “hacer que ocurra algo extraordinario” no debe servir para complacer cualquier extravagancia o ese facilismo denominado “excentricidad”. La poesía no es una tarima donde montar al poeta, la poesía prefiere el susurro al megáfono.

• Para los escoceses, el poeta es maker “el que hace” y para los griegos es el “bendito feliz”. ¿Qué es lo que debiera ser el poeta en estos rumbos plagados de aporreadores de teclas que se autoproclaman “poetas”?

Vivimos días en que la tentación del autismo por una parte y el lastre anecdótico por la otra aparecen amenazantes. La misión del poeta es quebrantar la mediocridad, desnudar el esnobismo y la simulación. Ser un leve silencio anclado en el bullicio. La importancia del poeta es en alguna medida menor a la de la poesía: a veces el poeta estorba a la poesía. Además, creo impensable un poeta que no pule sus instrumentos, que no conoce su herramienta; la formación del poeta debiera ser análoga a la de un músico de cámara.

• En “El inicio del fuego” usted describe al hombre como un “calvo simio del ensueño” y lo relaciona con “manchados paredones que pueblan los anales del mundo”. ¿Podría haber escrito esa línea de no haber nacido en esta Guatemala saturada de paredones?

La capacidad del ensueño, esa posibilidad de proyectarse en el tiempo a través de la inteligencia creadora, es la impronta más noble que el ser humano le calca al mundo. Desafortunadamente, también hay suficientes paredones para llenarnos de vergüenza y creo que igual pude haber escrito esa línea si hubiese nacido en Afganistán, Argentina, Camboya o cualquier otro sitio que haya compartido o comparta una suerte parecida a la guatemalteca.

• “Rapiña, carroña, qué más da” indica en “Al final de la montaña”. ¿Le inspiró esta línea la aglomeración de fealdad de la capital chapina?

Esta ciudad, además de ser un botadero de dientes, es un completo bodrio. Hay pocos visos de belleza y no sólo en los arrabales: las regiones más adineradas suelen poseer una fealdad lujosa. Ahora, la rapiña y la carroña podrían funcionar como imagen para representar nuestro amasijo de despojos que llamamos urbe. Sí, hay algo de eso.

• Al mostrar un simio que “fuma su propio cúmulo de derrotas”, ¿pensaba en eso que ha dado en llamarse “la izquierda guatemalteca”?

Poniéndolo en un tamiz global, sucede que la revolución industrial aquí pasó de largo y la presente revuelta tecno-informática es, para nosotros, apenas un asomo. Un país como Guatemala, donde esos graves dislates se suman al vergonzoso vacío de una opción política realmente revolucionaria, se constituye en la imagen de una verdadera derrota. Las distintas formas de derecha que nos han gobernado no han sido capaces de construir un país habitable y la izquierda pareciera preocupada por seguirle los pasos. Los pueblos excluidos del festín del desarrollo son testimonio del fracaso del sistema con el que actualmente la humanidad construye su mundo. Pero, en cuanto al verso, creo que tiene un ansia universal: la derrota humana.

• ¿Quiénes son los que persisten en “La comedia de recoger los sueños"?

Quienes resisten la constante opacidad de la existencia y se consagran a crear y producir un proyecto que materialice su anhelo vital.

• A lo largo de "Los nombres ocultos" usted escribe dios (con minúscula). ¿Precisó de estudiar en el colegio Don Bosco para arribar a tal minusculización?

“dios” (así, con minúscula) es un sustituto, un placebo. Toda persona tiene una manera bastante arbitraria para crear su dios y lo usa para repellar algunas muescas. Sin menoscabo de lo anterior, persigo cierta espiritualidad, cierto ritualismo; quizás sea el intento por estar “beyond a mortal man impassion’d”, para decirlo con Keats.

Desafíos

Te reto a que me mirés
Y que tus ojos no tiemblen
Y que no hablen
Y que no encierren

Te reto a que me soñés
Y que tu boca no tiemble
Y que no mire
Y que no alegue

Te reto a que me toqués
Y que tus manos no tiemblen
Y que no escuchen
Y que no entreguen

Te reto a que me dejés
Y que tu corazón no tiemble
Y que no vibre
Y que no ciegue

Te reto a que me olvidés
Y que tu todo no tiemble
Y que no falle
Y que no entierre

Todo nuestro miedo a la muerte, todo nuestro deseo de inmortalidad da soporte a la concepción de los dioses. La poesía siempre ha intentado rozar la eternidad, ser una respuesta a la muerte; lo podemos ver en este verso recogido de los pueblos esquimales: “¡Cómo me aterra la incesante actividad de los gusanos!”. Respondiendo a la pregunta, le debo a los salesianos el haberme mostrado lo falseante que pueden ser las religiones: me hicieron cuestionar la fe. Les debo mucho.

• Al recordarnos “la misma voz con que se maldice a un amigo”, ¿pensaba usted en las zancadillas que suelen propinarse ciertas variedades de amigos guatemaltecos?

Es muy difícil encontrar amigos. La idea de la amistad se lesiona por la lógica mercantil con que la mayoría de gente asume la vida. Maldecir a un amigo implica una palabra a la que en estos lares estamos muy acostumbrados: “traición”. Y la traición, la envidia y la alegría por la desgracia ajena lucen como sinos permanentes de las relaciones interpersonales. Las pocas posibilidades de éxito o simple bienestar económico y profesional, la precaria y viciada formación espiritual y el escaso o nulo prurito del intelecto hacen que un buen número de personas sean amargadas, recelosas y siempre dispuestas a bancarle la silla a cualquiera. No obstante, siempre existe la oportunidad de compartir con gente del mismo zodíaco, aquellos que te defienden de las injurias y tienen la desfachatez de creerte poeta.

• ¿Qué o quiénes le inspiraron la línea en la cual reunió a “cerdos rabiosos mascullando sus diminutos huesos"?

Es una imagen que pretende dar la sensación de una inocencia destrozada por la perversión y lo corrupto, tanto de los dogmas como de los poderosos. La historia está plagada de personajes que falsean y retuercen la convivencia de la especie.

• ¿Qué cabe en las “horas de murciélagos preñados, de rencores minerales cristalizados”?

Besar a la mujer amada; creer en la dignidad del ser humano y estar alerta ante los humilladores; detectar nuestras pocas potencialidades y llevarlas al límite; reconocer la huella de los y las grandes y no conformarse con la cómoda posición de epígono. Aún podemos hallar en figuras como Dylan Thomas, César Vallejo, Antonio Tabucchi o Mario Monteforte la vitalidad de la palabra y esa pasión por el vivir, hoy tan necesarias.

• “¿Para qué los oráculos? Nadie confiesa, nadie dice algo que absuelva”, reza “El cantar del esclavo”. ¿Ya encontró la respuesta?

No. Digamos que prefiero el “buscar” que el “encontrar”. De cualquier forma en ocasiones hay hallazgos que provocan grandes momentos de satisfacción, de plenitud, como cuando se lee por primera vez la “Cuarta elegía” de Rilke. A pesar de que los versos citados en la pregunta sean un tanto pesimistas, con su cuota de acritud y desesperanza, creo que sirven para decir que se puede perder la vergüenza de estar triste y accionar el lenguaje como respuesta a la podredumbre que maneja los invisibles cordeles de la humanidad.


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