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Educación en la Selva
Un grupo de maestros se formó en las montañas cuando huían del Ejército. Usaron como pizarrón las hojas de maxán y los troncos de los árboles.

Por: Francisco Mauricio Martínez
Fotografía: Carlos Sebastián

Esa época fue dura. No teníamos pizarrones, cuadernos, ni lapiceros. Buscábamos un pedazo de tierra plano y los patojos hacían una rueda. Con los dedos escribíamos palabras y números sobre el piso. A veces era bajo los árboles. Cuando llovía, nos protegíamos con un nylon. Esto fue en 1982 y 1983”, señala el profesor Juan Pascual.


Juan Pascual educó en Ixcán y en los campamentos de México.

Dispersos entre las montañas del país, unos 600 maestros, cumplen con un oficio que aprendieron en la selva. Sus primeros pizarrones fueron la tierra, troncos y hojas de árboles, y sus alumnos los hijos de los desplazados de las Comunidades de Población en Resistencia, CPR, y los refugiados en los campamentos en México.

El conflicto armado interno obligó a miles de familias a huir a las montañas del país y a los estados del sur de México a inicios de la década de 1980. “Uno de los primeros dilemas de esas comunidades fue: ¿Qué hacemos con la educación de nuestros hijos”, señala Pascual, quien en 1982 inició su apostolado en las CPR de Ixcán.

Pascual recuerda que las familias realizaron asambleas en el corazón de las montañas, para nombrar a sus “maestros”. En éstas seleccionaron a los adultos que habían logrado mayor grado de escolaridad. Durante 1982 y 1983 enseñaron a los niños a leer y escribir, y a los que ya sabían, trataron de educarlos sin tener programas de estudio, ni pénsum definidos.


Sin nada

“Eran escuelas móviles porque íbamos de un lado a otro. Todo dependía de los movimientos del Ejército. En nuestros ratos libres compartíamos nuestras experiencias y planificábamos lo que podíamos enseñar a los niños el siguiente día. Tratábamos de recordar lo que habíamos aprendido en ese grado”, agrega Pascual.

“Se hacía lo que se podía”, dice. El envés de las hojas de maxán (que es blanco) le servía como pizarrón. En ellas escribía con un palillo con punta. Otras veces, utilizaba la corteza lisa de algunos árboles. En sus mejores días, Pascual escribió sobre las tablas que se salvaban de los ranchos incendiados y en lugar de yeso, empleaba carbón. Cuando la lección había terminado, borraba con un trapo mojado.

Nicolás Escalante Lucas fue testigo de esta historia, como padre de familia. “Fue terrible. No tenían materiales. Para matemáticas utilizaban piedras, frutas o semillas. Los maestros escribían sobre un tronco de Palo de San Juan y apuntaban con palillos. Fue hasta 1988 cuando principiaron a llegar útiles escolares”, señala.


En el sur de México

Los que se refugiaron en los campamentos de Chiapas, Quintana Roo y Campeche vivieron una experiencia similar, aunque menos dramática. El proceso para nombrar a los maestros fue el mismo que utilizaron los desplazados de las CPR.

Durante 1982 y 1983 impartieron clases sin apegarse a programas de estudios. Sin embargo, tuvieron el apoyo de varios organismos estatales mexicanos e internacionales, así como del obispo de Chiapas, monseñor Samuel Ruíz.

“De pizarrón utilizaban tablas pintadas con carbón de batería de carro y de yeso barras de cal”, dice Luis Zapata, administrador financiero de la Asociación de Maestros de Educación Rural de Guatemala, AMERG, organización que en México se conocía como Unión de Maestros Educativos Guatemaltecos Refugiados en México, UMEGREM.


Adelaida Alcántara fue educada por promotores en los campamentos de México, actualmente imparte clases en la comunidad de retornados Nuevo México, San Vicente Pacaya, Escuintla.

La cantidad de menores en edad escolar obligó a los promotores educativos a dedicarse de lleno a la enseñanza. Para poder sobrevivir, los padres de familia se organizaron y periódicamente entregaban raciones de víveres a los educadores. Otras veces, los padres trabajan las parcelas que el gobierno mexicano le había dado a los docentes.


Historia viviente

A partir de 1984 la educación fue sistematizándose. Los promotores educativos integraron sus propios contenidos. Estudios Sociales era la materia que más discusión causaba en las clases, debido a la temática. Según Pascual, en este curso se estudiaba la historia real del refugio. “Los niños se preguntaban: ¿Por qué estamos, y qué hacemos aquí?, entonces nosotros les explicábamos las masacres que vivíamos en carne propia”, relata.

En Matemática utilizaban los recursos didácticos que tenían a la mano: palillos, granos de maíz y frijol, frutas. En Ciencias Naturales se estudiaban las plantas, la reproducción humana, los sistemas y aparatos, y los climas.

En preprimaria, castellanizaban (los alumnos hablaban idiomas mayas de diferentes regiones) usando como método la música. “Les enseñábamos los cantos que sabíamos y a la vez aprendíamos los que ellos conocían”, explica Pascual.

La jornada era de 8 a 12 horas, y de 13 a 17 horas. Los grupos en cada grado eran de 70 a 130 estudiantes. A raíz de esto tuvieron que hacer dos jornadas. Después de las 17 horas se reunían para planificar nuevos contenidos. “No conocíamos métodos de enseñanza, pero estas reuniones nos ayudaron mucho”, señala.


Capacitación

La vocación docente motivó en estos educadores el interés de capacitarse. Este proceso se inició en 1984 y terminó en 1986, cuando egresó la primera promoción de Promotores de Educación. El proyecto se llevó a cabo con el apoyo de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, Comar.
Los talleres y seminarios que les impartieron los pedagogos mexicanos les dieron la oportunidad de aprender planificación, metodología y evaluación educativa. También los dotaron de libros de texto de autores guatemaltecos y mexicanos.

Por necesidad

Para atender a la población en edad escolar, las comunidades nombraron a sus propios maestros. Fue así como nacieron los promotores de educación.

• La historia de los promotores educativos tiene como punto de partida las CPR y los campamentos de refugiados en México, en 1982 y 1983, cuando estas poblaciones se organizaron para dar educación a sus hijos.

• Los educadores iniciaron su capacitación en México, con el apoyo de entidades como la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, Comar; Secretaría de Educación Pública, SEP; Instituto Nacional de Educación de Adultos, INEA; Iglesia Católica de San Cristóbal Las Casas, Chiapas y ONGs que funcionaban en México.

• En la Comisión Permanente de Educación, de la Asamblea Consultiva de Población Desarraigada, ACPD, se encuentran agremiados 1,296 maestros rurales. De ellos, solamente 500 se formaron en las montañas.

• La mayoría de los ahora maestros rurales pertenecen a las etnias q'eqchí, q'anjobal, mam, poptí, quiché, chuj, ixil; el 25 por ciento del personal docente está integrado por mujeres.

Después de varios años de gestiones, los docentes lograron obtener financiamiento de la Unión Europea, UE, para llevar a cabo el Programa de Profesionalización de Promotores de Educación. En el 2000 se graduaron los primeros 72, y el año pasado lo hicieron aproximadamente 132.

"Adicionalmente, la Fundación Rigoberta Menchú y el Programa de Desarrollo Santiago, han formado otros promotores", indica Pascual. En la actualidad, estos educadores se encuentran impartiendo clases en varios departamentos, como Huehuetenango, Quiché, Chimaltenango, Petén, Alta Verapaz, Escuintla, Suchitepéquez y San Marcos.


Semillas

El trabajo educativo de estos mentores cayó en buena tierra. Varios de sus discípulos siguieron sus pasos. Moisés Pablo es uno de ellos. Actualmente imparte sus conocimientos en la escuela de la comunidad de retornados Nuevo México, en San Vicente Pacaya, Escuintla.

No olvida a sus formadores en los campamentos de San Isidro La Laguna, Quintana Roo, México. “En segundo primaria me dio clases Juan Recinos, en tercero, Pedro Ramírez... en sexto Alberto Cristóbal. Eran promotores que no tenían título, pero nos sacaron adelante”, relata.

Adelaida Alcántara es compañera de trabajo de Pablo. Ella concluyó sus estudios primarios en 1992, en la escuela del campamento Los Laureles, Campeche, México. Cuenta que desde 1996 imparte clases. “Principié a trabajar sin tener título debido a la necesidad que existía”, dice.

Tanto Pablo como Alcántara terminaron los estudios de Nivel Básico a través del Instituto Guatemalteco de Educación Radiofónica, IGER, (educación abierta). En el 2000 ingresaron al Programa de Profesionalización y en noviembre del 2001 se graduaron.

El proyecto que se inició en México ha funcionado en las comunidades de retornados. Helmer Velásquez, coordinador del Foro de ONGs, opina que este modelo debería implementarse en otras partes del país. “Las comunidades deben elegir a sus maestros”, apunta.

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