Vida silvestre

Un paraíso para las aves
La mayor reserva de aves de Guatemala, un 50% del total, se concentra en Cerro San Gil, Izabal.

Por: Ana Julieta Cárdenas
Fotografía: Fundaeco

Como si se tratara de una de las páginas escritas por Virgilio Rodríguez Macal, en La mansión del pájaro serpiente, o El mundo del misterio verde, el Cerro San Gil es el paraíso de las aves en Guatemala, cuya belleza se complementa con un paisaje lleno de biodiversidad.

El Cerro San Gil es el hogar de familias completas de pájaros carpinteros, tucanes, chipes, tapacaminos y mosqueros, así como de tinamos, trogones, chupaflores, oropéndolas y loros.

Chipe de garganta anaranjada
visible en mayo.

En 1995 los biólogos estadounidenses Jack Bucklin y Daniel Weber realizaron estudios en la zona, los cuales coincidieron con estudios previos de los biólogos de la Fundación para el Desarrollo y la Conservación (Fundaeco), en cuanto a la riqueza de aves que habita el Cerro San Gil.

Después de 13 años de investigaciones, un monitoreo estadístico reveló que en esa reserva natural habitan más de 400 especies de aves, de las 9,000 que existen en el planeta. De ellas, el 75 por ciento es residente; las migratorias constituyen un 15 por ciento, mientras que las transitorias conforman un 10 por ciento.

Un lugar privilegiado

Las condiciones geográficas y climáticas de esta reserva, con bosques húmedos tropicales, la hacen única en Centroamérica. El Cerro San Gil descansa sobre 30 mil hectáreas, bañadas por más de 27 fuentes de agua dulce que surten a 37 comunidades. El cerro tiene 1276 metros de altura y está rodeado por las cadenas montañosas de El Merendón, Sierra de las Minas y Sierra de Santa Cruz.

Estudios geológicos han comprobado que constituye una barrera natural contra huracanes y evita la sedimentación de la bahía de Amatique. Por todas estas características, la conservación de aves se transformó en un poderoso argumento para declarar al Cerro San Gil como reserva natural, mediante decreto, en 1996.

El refugio ideal

Las especies migratorias provienen, por lo general, de Estados Unidos, y han encontrado en los bosques tropicales de Guatemala un refugio para octubre y noviembre. Seis meses después alzan el vuelo y emprenden su retorno al norte.

“La aves son dignas de admiración, por sus plumajes y cantos. Pero en especial porque son dispersoras de semillas e indicadoras del grado de conservación del bosque”, indica Miguel Ramírez, de Fundaeco.

Ramírez nació en esta región y ha estudiado desde niño el comportamiento de las aves del Cerro San Gil, de las cuales dice comprender su lenguaje y, sobre todo, la importancia de su conservación. Su experiencia también ha sido aprovechada por las organizaciones internacionales que protegen a las aves y que colaboran con el trabajo de Fundaeco, entidad que tiene a su cargo el Centro de Investigación de Vida Silvestre, que efectuó el monitoreo.

Como resultado de esta observación, fueron registradas cerca de 35 especies de aves rapaces, residentes y migratorias. Además, Fundaeco organiza talleres de capacitación y le ha dado entrenamiento a más de 40 estudiantes universitarios y guardabosques.

Espacio para todas

Las aves se distribuyen de acuerdo con las condiciones climáticas y los recursos que cada especie requiere.

La avifauna de la Costa del Caribe de Guatemala es la más rica y diversa del país. 50% del total de especies
están en Cerro San Gil.

Algunas son propias de las orillas del mar o ríos; otras prefieren los sitios poblados o las ciudades, y también las hay que buscan los campos de cultivo. Algunas habitan en los bordes de las montañas, mientras que un grupo selecto prefiere bosques vírgenes, como la reserva del Cerro San Gil.

Entre éstas se encuentran las rapaces, como buitres, águilas, ratonero, accípitres y milanos. También abundan los halcones. Además de enriquecer el bosque, cada especie cumple con una función. Los gavilanes y tecolotes, por ejemplo, se encargan de eliminar las plagas de ratas, culebras, lagartijas y otros animales dañinos.

Los loros y los tucanes, además de aportar su colorido, dispersan las semillas que hacen que el bosque se regenere. Raudos y veloces, los colibríes o chupaflores riegan el polen de algunas plantas, lo cual permite que se expandan los jardines naturales.

Sin duda, los mosqueros constituyen una singularidad del Cerro San Gil, pues se alimentan de insectos y regulan las plagas de mosquitos y zancudos. La rica fauna del mencionado cerro ha hecho de esta reserva natural un auténtico paraíso para las muchas aves que habitan el continente americano.

Mas apoyo

Una de las preocupaciones de Fundaeco es apoyar a las 37 comunidades que habitan en el Cerro San Gil, en busca de opciones de siembra y concientizar a los campesinos sobre las aves que habitan en el lugar. Por ello, existe un proyecto “pimienta” para exportación y otros cultivos simiilares.


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