Por: J.L. Perdomo Orellana
Fotografía: Jorge Castillo
Unas cuantas horas antes de sobrevolar de nuevo la zona
1 rumbo a España, este ingeniero industrial que hizo a un lado
el título obtenido en Estados Unidos, retomó el hilo que
no se detuvo en Esto no es una pipa, Saturno (Alfaguara) y De cabo roto
(Littera Books).
¿Qué lo llevó a la ruta transitada por
José Batres Montúfar, Musil y Jorge Ibargüengoitia?
Aunque tendemos a distanciarlas, literatura e ingeniería
vienen a ser la misma cosa: son sistemas para comprender el mundo. El
fenómeno del ingeniero convertido en escritor es muy común.
Ahí también está Dostoievski. Hay un pequeño
paso entre ambas profesiones. Tanto el ingeniero como el escritor tratan
de ordenar lo desordenado en un mundo caótico, ya sea a través
de un sistema de palabras o de números. Hay mucha afinidad. Pero
no sé qué o quién me llevó a dar ese pequeño
brinco. Inconformidad, supongo.
|

Eduardo Halfon, finalista del multitudinario
Premio Herralde de Novela 2003.
|
¿Ya logró "insertarse"
en el desorden de esta orilla del quinto infierno?
No, todavía me siento como un extranjero. No logro
encajar con ciertas nociones guatemaltecas, como la impuntualidad y
el cangrejismo, por ejemplo. Sigo viendo las cosas desde afuera, como
un exiliado. Soy judío pero no soy judío, soy árabe
pero no soy árabe, soy guatemalteco pero no lo soy. Un escritor
nunca llega a ser parte de donde vive; habita en otra parte. Yo me he
mantenido al margen de todas las tradiciones nacionales. Hasta el momento
no sé lo que es un fiambre: ¿cómo puede alguien
así considerarse guatemalteco?
¿Es cierto que por la zona 1 sólo
pasa cuando va en avión?
Y a veces, dependiendo del viento, ni así. Pero
es cierto, yo no conozco muy bien la zona 1 ni el resto del territorio
del país. Vengo de un submundo guatemalteco que no pasa por esas
regiones. Ni siquiera en eso encajo. Tampoco logro encajar en el mundo
estadounidense o en el europeo. Nací exiliado y vivo exiliado.
Es lo mismo que menciona Camus: la condición de ver desde afuera,
para ser literato. Somos extranjeros y escribimos como tales.
De la ingeniería a la literatura, ¿cuál
salió ganando y cuál perdió?
En ambas también soy un extranjero. Aunque tengo
el título, no me considero un ingeniero. Pero tampoco me considero
un literato. Me siento como un invitado a una fiesta en la que en cualquier
momento apagan la luz y quitan la música. Siento que estoy a
un paso de ya no ser escritor y todo por esa condición extranjera.
Soy un huésped que sabe que los expulsados del mundo de la literatura
abundan. Por eso, cuando consigo obsesionarme con una idea, escribo
muy de prisa, sin salir de casa y sin dormir mucho; sin hablar con nadie,
porque siento que la idea se me va. También en la literatura
soy un exiliado. No soy un escritor permanente, en cualquier momento
me voy.
Ibargüengoitia abandonó la Ingeniería
el día que diseñó unos mingitorios que quedaron
a la altura del cuello de los usuarios: ¿cuándo la abandonó
usted?
Salí de la Ingeniería desde que entré.
Nunca estuve contento estudiándola; continué por falta
de valor, de coraje, de decisión. Se trata de un período
nebuloso en el que, por falta de mejores opciones, continué en
ella, pero nunca estuve realmente en esa profesión. Eso sí,
mi atracción por las matemáticas continúa invicta.
Usted, que no acostumbra dedicar sus libros,
dedicó El ángel literario a Joe y Masha. ¿Por
qué?
Ellos son mis padres. El libro trata de influencias literarias
y qué mayor influencia que los padres. Ésa es una de las
razones. Hay otras, pero secretas.
Su nuevo libro tiene un epígrafe general
de Oscar Wilde, que dice: Todo retrato pintado con sentimiento
es un retrato del artista, no del modelo. ¿Por qué
escogió esas líneas?
Porque es la idea que atraviesa todo el libro. Con los
retratos que incluí en sus páginas, al mismo tiempo esbocé
un autorretrato. Llegué a ese epígrafe de último.
La novela ya estaba concluida. Esas líneas cayeron en el libro
como un rayo y se incluyeron a sí mismas.
En el capítulo II las líneas invitadas
fueron de Carver: Influencias son fuerzas, circunstancias, personalidades,
irresistibles como la marea. ¿Por qué alguien tan
abstemio como usted cita a un ex borracho total?
Soy un gran admirador de Carver. Su retrato fue el primero
que escribí para el libro. De él me sigue llamando la
atención que su mayor influencia aceptada hayan sido sus hijos,
no otros autores, no otros libros. Sus hijos. Si uno lee su obra se
da cuenta que es cierto, los hijos están presentes en todo Carver.
Cuenta él una escena que le sucedió en una lavandería
de Iowa City, mientras secaba la ropa de sus hijos, deseando con fervor
un poco de tiempo para ponerse a escribir. Es chejoviano el asunto.
Partí de esas líneas para escribir todo su retrato.
Es extraño oírle a un hijo sin
hijos repetir tanto la palabra hijos...
Por el momento, no tengo la menor intención de
tenerlos. Cuando los tenga, seguramente cambiará mi perspectiva
de los padres. En efecto, escribo como un hijo que no tiene hijos. Sin
duda, la escritura de alguien que ya los tiene es distinta. Es algo
difícil a mi edad, en un país empecinado en saturar el
mundo. Nada en mi vida ha sido convencional. Como tampoco fue convencional
mi llegada tardía y en picado a la literatura.
De Hemingway seleccionó: Lo único
que debes hacer es escribir una oración verdadera.. ¿A
cuento de qué?
Es un homenaje a Hemingway y a las oraciones verdaderas.
A la frase corta, concisa, seca, que golpea de frente. Creo que algo
tiene mi narrativa de esto. Lo único que Hemingway deseaba era
escribir una oración verdadera. Por eso aparece en dos de mis
libros. La génesis literaria de Hemingway se remonta a París
y hasta allá lo seguí.
¿Y la turbamulta de palabras de Asturias
y García Márquez no le dice nada?
Podríamos decir que ambos vienen de Faulkner.
De hecho, García Márquez lo recalcó al recibir
el Nobel. La escritura de ellos es preciosa, florida, me gusta, pero
me seduce más lo opuesto a ellos. La brevedad. Me gusta la obra
de Asturias, pero tengo que aceptar que huyo a Asturias tanto como huyo
a Guatemala. Es un misterio que prefiero dejar insondable.
En el último capítulo no aparece
ningún epígrafe. ¿Tan pronto los agotó?
En ese capítulo ya no cayó ningún
rayo y el retratista se volvió su propio modelo. Ahí aparecen
plasmadas mis dudas y frustraciones. Ahí no cupo ningún
epígrafe porque el capítulo en sí es el epígrafe.
No cualquiera publica en Anagrama. Con anterioridad,
en su catálogo de 361 títulos sólo había
sido incluido un guatemalteco. Las buenas lenguas, escasas en Guatemala,
ven en El ángel literario un buen augurio, y autores
sabios como Méndez Vides incluso lo celebran. En las pasarelas
del mercado editorial, las sobrepobladas malas lenguas, por su parte,
viborean acerca de una confabulación judío-masónica,
un eficaz agente literario a sueldo y una amistad oportuna con Enrique
Vila-Matas. ¿Qué ve en todo esto?
Por supuesto que Vila-Matas me ayudó, le pagué
lo suficiente para que lo hiciera. Así funcionamos los judíos.
Con pisto, no talento. Además, no sé si usted lo sabía,
pero las editoriales españolas siempre prefieren que sus escritores
tengan penes circuncidados. Por higiene. Ahora bien, ese rumor del agente
literario sí me ofende, me duele, porque ésa no es su
labor, es decir, al agente literario no le corresponde conseguir publicaciones
ni ayudar al escritor, sino únicamente entorpecerlo. No entiendo
esos rumores, ni voy a perder el tiempo tratando de entender el sesgado
zancadillerismo aldeano, para el cual de seguro Anagrama me publicó
por ser un producto exótico hecho en Guatemala. Pero sí
siento respeto por la opinión literaria nacional o, al menos,
parte de ella.
|

El ángel literario, la nueva metaobra
de Eduardo Halfon.
|
En esta carrera de galgos que la majada sedicentemente
literaria ha hecho de los sagrados templos de la literatura, ¿no
ha empezado a sentir algo así como la soledad del corredor de
fondo?
Sí, pero no importa. Mientras más pública
es una obra, más a contracorriente se debe ir. Esa soledad es
cierta, y cada día tengo menos ganas de pertenecer a cualquier
tipo de gremio. Con todo, a esa soledad siempre tienen acceso los escasos
buenos amigos. Es en esta soledad donde se les conoce mejor, como también
se reconocen los mejores enemigos, esos que tiene el desplazamiento
pausado de los cangrejos que siguen pernoctando en esta olla de país.
Puesto a escoger entre los elogios, las mentadas,
el silencio y la soledad del corredor de fondo, ¿con qué
prefiere quedarse?
Por supuesto que me quedo con la soledad. Vivo solo,
vivo lejos. Y así voy a seguir. No tengo pensado cambiar. No
quiero que me inviten a cocteles ni a fiestas. Cultivo la soledad, pues
la considero esencial para quien escribe. Rilke lo menciona muy claramente
en sus Cartas a un joven poeta. De modo que voy a persistir en el alejamiento
que me da el saberme extranjero en cualquier país del mundo.
¿Sigue escuchando las alas del ángel?
¿Es éste más rápido que su sombra?
Sí. Es un ángel desgastante que, a veces,
se vuelve demonio. Sus alas duelen. Cuando termino un libro, yo también
estoy terminado, enfermo, vacío. El proceso creativo es, hasta
cierto punto, una maldición. El ángel pasa, te señala
y luego se va. Pero la sombra siempre queda, uno se mantiene en esa
sombra, uno se queda viviendo en esa sombra porque la obra queda. Es
una sombra fría, sorda, en la cual uno está condenado
a vivir. Muchos no la soportan y entonces abandonan el mundo o, con
suerte, sólo abandonan el mundo literario. Luego de tres libros
publicados, si de algo estoy seguro es de que todos están a punto
de volverse escritores. Todos tienen la palabra en la punta de la lengua.
Pero todo escritor también está a punto de dejar de serlo.
Entre las oraciones y las páginas verdaderas
y los años que vendrán o no, ¿hay una línea
donde lo esté esperando el autoservicio del suicidio?
El suicidio me sigue interesando mucho como tema. Siento
que ese libro aún no lo he concluido, que aún hay un capítulo
por narrar. De momento me reservo, sin embargo, su contenido. Creo que
no hay mejor cierre que ése.