Mediodía de muerte
Vibra el celular. Lo contesto y una voz me indica la dirección en la que ha ocurrido otro crimen. Hay que ir a cubrirlo.
Por Alberto Ramírez E.
Al bajarnos del vehículo en una esquina de la colonia El Milagro, Mixco, la aglomeración de curiosos es tal que está a punto de reventarse la cinta plástica amarilla que dice: “Policía. Prohibido el paso”.
Son las 11.30 de la mañana. En el suelo yace una mujer tapada con una sábana. No se necesita hacer un análisis, es lo común:otra víctima de la violencia.
Lo curioso del caso es que detrás de la cinta hay por lo menos 20 niños, entre 5 y 12 años, aún con uniformes de escuela y colegio. Hacen bromas, se ríen, se empujan y todos buscan tener la mejor visión del cadáver. No les importa el quemante sol del mediodía.
Algunas madres los acompañan y en lugar de quitarlos y llevárselos a casa, les dicen que se estén quietos, que su alboroto no les permitirá concentrarse en averiguar la identidad de la víctima.
Justo en la esquinita, está abierta una tienda y la propietaria no se alcanza para despachar un helado, una agua gaseosa, un “ricito”, cualquier cosa.
Esto es como el intermedio de una función de circo: mientras llegan los agentes del Ministerio Público a hacer el reconocimiento de la escena del crimen, deciden comer algo para entretenerse mientras continúe el espectáculo.
Lo que no saben es que cuando llegan los hombres del chaleco negro con las letras MP bordadas, ordenarán que la cinta se extienda en un perímetro de 50 metros. Habrá empujones y en algunas áreas el público no retrocederá.
El bullicio sigue y, cada vez con más ansias, la gente quiere observar. Me acerco a la tienda y pido una botella de agua pura con una segunda intención: preguntar qué vio a la señora de la tienda.
¿Pudo ver quien fue?, le pregunto. “¡No! -responde-. Estaba yo adentro, cocinando. Escuché como si fueran cohetes y cuando salí a ver: la bulla de la gente”. Entonces confirmo que es lo típico en estas colonias: no es necesario preguntar porque nadie va a hablar. Es mejor acercarse uno, callada la boca, a escuchar las conversaciones.
La gente comenta entre sí. “Fue el fulano, aquel que apodan el...” Pero pregúnteles quién es o qué más saben y le responderán: “No sabemos nada. No sé de que me habla, yo acabo de salir de mi casa a ver que pasó”. Los del MP empiezan a levantar los cascabillos, pero eso no le interesa a los chiquillos que siguen empujándose. El momento culminante, el más esperado, el que todos querían presenciar es cuando destapan el cuerpo. Nadie se pierde detalle, todos quieren ver las heridas, cómo le que quedó la cara. Incluso acompañarán el cadáver, en una desordenada valla, hasta el vehículo en el que lo llevarán a la morgue. La función termina: de todos modos, ya hay de qué platicar en la escuela. |