Voces
Servir para vivir
Por Ivette González
Hay experiencias que marcan toda la vida. Algunas pueden durar meses pero también pueden ser sólo instantes. Para los jóvenes que visitaron durante algunos días las comunidades de la parte alta de San José Pinula fueron abundantes las experiencias de éstas últimas, cortas, pero que permanecerán en sus corazones.
Un grupo de jóvenes misioneros viajó a las comunidades sumergidas en las montañas, con la idea de ir a prestar cualquier tipo de ayuda y servicio voluntario. Se prepararon para llevar algunos talleres de capacitación tales como liderazgo, primeros auxilios o atención a enfermos, como una forma de involucrarse en las vidas de estas personas. Sin embargo, para lo que muchos no íbamos preparados era para la gran lección que estas personas nos dieron, porque en medio de sus limitaciones económicas, nos atendieron extremadamente bien.
Cada miembro de las comunidades nos abrió las puertas de su corazón y casa. Fueron necesarias prolongadas caminatas entre montañas, bajo el sol del mediodía o copiosas lluvias. Llegábamos con el cansancio en los pies pero la sonrisa en el rostro.
Para ellos es algo cotidiano, a tal punto que bromean cuando nosotros nos sorprendemos de sus penalidades. Un maestro del instituto de El Colorado, una de las comunidades, llevó a sus alumnos a una actividad y decía: “Me da mucha risa cada vez que a nosotros nos dicen que por qué no les impartimos educación física a los patojos”: Ellos habían caminado por más de una hora para llegar.¨
Todo el esfuerzo de estas personas que se levantan de madrugada para ir a trabajar en el campo o para tomar uno de los únicos dos autobuses que salen antes que el sol, que viven con entusiasmo, dispuestos a colaborar dentro de sus penas y escasez, son un ejemplo para aquellos que todo lo tienen, o por lo menos nunca les ha faltado nada. La gran lección es que no es suficiente sobrevivir, sino hay que vivir y servir.
Quienes los visitamos regresamos sintiéndonos un poco ladrones porque trajimos mucho más de lo que les llegamos a dar: un pedacito de cada voluntario se quedó allá lejos, vagando en las montañas de San José Pinula, entre la gente, sonriendo con jóvenes y pequeños dueños de ojos encendidos de esperanza.
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