Presto non troppo
La vigencia
de un repertorio
Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com
¿Cuánto perdura una obra musical... o una colección de obras... o toda la obra de un compositor... de un movimiento artístico... de una época, de un país, de una cultura?
Bajo el supuesto de que se les hubiese podido otorgar las mismas oportunidades a todas las piezas de música de todos los tiempos y de todas partes del mundo, ¿cuáles habrían persistido más, durante cuánto tiempo y... por qué?
Para poner una comparación, el canto llano del cristianismo medieval (llamado también gregoriano) comenzó a ser adoptado de forma circunstancial por la temprana iglesia europea y tuvieron que pasar más de 200 años antes de que tan siquiera se le codificara por escrito; sin embargo, estuvo en uso corriente durante más de un milenio y, aun hoy día, es objeto de estudio y de práctica por parte de congregaciones y artistas en distintos lugares del orbe. A cambio, una canción pop que es promocionada con estrategias de penetración muy bien calculadas por los mayores medios de comunicación casi instantáneamente puede alcanzar difusión mundial durante algunos meses; pero después... desaparece para siempre. ¿Cómo se entiende?
Inicialmente tendremos que despojarnos de explicaciones poco objetivas, tales como que una pieza dada es más “bonita”, más “pura” o más “emotiva” que otra. Como consecuencia, tendremos que descartar sentimentalismos que no aportan nada para la mejor comprensión del fenómeno y buscaremos aplicar criterios técnicos al momento de justificar la vigencia de una obra o de un repertorio de obras musicales.
Encontraremos entonces que, a más de sus características intrínsecas, una música surge y se desarrolla bajo condiciones determinantes para su persistencia en el imaginario colectivo. Si analizamos el ejemplo anterior descubriremos que lejos de pretender una expresión estética, el antiguo modo de cantar la liturgia cristiana le sirvió, literalmente, como un medio de intensificación sonora durante los largos siglos en que no existían micrófonos ni amplificadores y, con tal de que apoyaran eficientemente al ritual, fueron impuestas a la fuerza y sin alteración a través del tiempo hasta en los rincones más apartados de la cristiandad. Por el contrario, el 99 por ciento de las canciones que se divulgan por medio de la radio y la televisión son productos diseñados para cumplir con requisitos de masificación y enajenación. ¿Qué chance podrían tener de perdurar en la memoria de nadie?
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