Prohibido olvidar
La Hija del Puma, es un relato colectivo de la guerra guatemalteca, para las próximas generaciones.
Por Gema Palencia
Fotos Jorge Castillo
Junto a su familia, María salió de su aldea con las manos vacías, y sin mirar atrás, era julio de 1982. El temor de que les pudiera pasar lo mismo que a sus vecinos de la aldea San Francisco, en Nentón, Huehuetenango, les empujó a abandonarlo todo. Días antes los militares habían asesinado a 350 campesinos. “Escuchamos que los habían matado y salimos corriendo. Yo tenía allí a mis comadres, pero ya no fuimos a ver”.
Caminó hasta llegar a México. “Temblábamos de frío y aguantamos hambre, estuvimos dos días y una noche caminando hasta cruzar la frontera”. Pasaron muchos años: (28 para ser exactos) hasta que ella pudo regresar a Yalambojoch. Sin embargo, la historia de su sufrimiento llegó lejos. Muchos guatemaltecos aún ignoran dónde está la aldea, pero para los estudiantes de Suecia esta historia forma parte del pénsum escolar. Para ellos es de lectura obligatoria la dramática historia de estos refugiados, contada en la novela La hija del Puma, escrita por la sueca Mónica Zak.

El éxito de su novela no hace olvidar a Mónica Zak su inicial intención de denuncia social.
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La obra cobró fama internacional en 1995, al ser llevada al cine. Sin embargo no fue sino hasta 2004 que el libro sería publicado en Guatemala: 18 años después de haber sido escrito.
En un acto conmovedor, los hijos de aquellos refugiados guatemaltecos en México recibieron el libro de manos de Mónica Zak.
“¿Quién de ustedes nació en Guatemala?”, pregunta Mónica. Apenas dos niños de la escuela levantan la mano. Casi todos son mexicanos y nacieron en los campos de refugiados. A muchos la historia de sus padres les resulta ajena, lejana, pero vecinos como Pedro Lucas Jorge no quieren que lo ocurrido aquel julio de 1982 se repita y que tampoco se olvide.
Pedro recuerda con detalle lo que pasó: Estaba en Yalambojoch cuando llegaron los militares después de haber masacrado la aldea vecina. Obligaron a los hombres a cargar con las municiones hasta otra aldea. En el camino, los soldados mataron a cinco personas más. A Pedro y sus compañeros los obligaron a enterrarlos. Hace una semana comenzaron los trabajos de exhumación en busca de dichos restos.
Cuando los militares les dejaron ir, de inmediato regresaron a Yalambojoch, pero no encontraron a nadie: todos habían huido a México. Pedro se encaminó a buscar a su familia.
En un cuaderno rayado tiene apuntados sus recuerdos: “Los chiquitos no conocen, por eso hay mal respeto entre nosotros”, comenta.
Hace cinco años comenzaron a regresar al pueblo. La nostalgia no se les borró aunque hayan permanecido por más de diez años en el vecino país. A algunos les costó: María López tuvo que obligar a sus hijos a regresar. “¿Cómo vamos a ir a ese sitio donde nos has contado que matan gente?”, le decía su hija Isabel. La niña tiene ahora 12 años, los mismos que María cuando escapó de la aldea, quien aún recuerda el frío, la lluvia y el tener que dormir bajo un árbol.
Escuchar el nombre de Efraín Ríos Montt le provoca hacer un gesto de desagrado: “La gente de acá estaba preparada para regresar a México si él quedaba de presidente (en las elecciones de) el año pasado. Por él fue que nos pasó esto”, dice.
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La historia real
A algunos vecinos de Yalambojoch les sonrió la suerte en México, cuando se encontraron con un sueco, Per Andersen , quien hipotecó sus propiedades y adquirió una finca para ellos. Per y Mónica Zak se encontraron por casualidad. Ella viajó hasta el lugar, y escribió la novela basada en la experiencia de Malín Domingo, una refugiada que no volvió a Guatemala, y falleció en 2003. La ayuda siguió con la organización Colchaj Nac Luum, que significa Tierra y Libertad. La difusión del libro contribuyó a que decenas de niños tuvieran padrinos en Suecia y que llegue ayuda para mantener una escuela de párvulos y un proyecto de reforestación, entre otros programas. Parte de la finca San Francisco, escenario de la masacre, también les pertenece. La organización adquirió 225 hectáreas de ella de las cuales se ha reforestado casi la mitad.
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El retorno no fue fácil, pero estar en su tierra compensó casi todo. Los más jóvenes viven relativamente ajenos al pasado, mientras los mayores intentan que el peso de la historia no aplaste sus esperanzas.
La huida
“Súbitamente, la fila de gente se detuvo. Algo había adelante que hizo que se detuvieran los que iban a la cabeza...
...Los demás también se fueron deteniendo y un gran temor se apoderó del grupo. Aschlop presintió que algo malo había pasado. Comenzó a correr. Corrió a la orilla del sendero, rebasando a todos los que se habían detenido. Fue entonces cuando los vio justo enmedio del camino. Eran todos los que se habían ido a tierra caliente para ver si el maíz estaba seco para cosecharlo.
A las mujeres les habían disparado y a los niños los habían matado a machetazos. Había veintitrés cadáveres tirados enmedio del camino. Aschlop los conocía a todos. Ahí estába su tía y sus cinco primos pequeños; una prima mayor y su hija recién nacida al lado. No tardó en encontrar a Pascual. Estaba a la orilla del camino. Lo primero que vio fue el cuerpo, la cabeza se encontraba un poco más lejos. Se la habían cercenado de un machetazo. Era una escena irreal. La cabeza parecía la de siempre, tenía la boca entreabierta y los ojos la miraban fijamente.
Aschlop echó a correr y los demás hicieron lo mismo.
Todos corrieron, presas del pánico. Aschlop no lloraba. Corría como en una pesadilla debajo de la lluvia. Sólo quería alejarse de aquel lugar. Los adultos a su alrededor trataban de calmar a los pequeños.
Nadie debía llorar o hacer ruido porque los soldados podían estar muy cerca...”.
(Fragmento de La Hija del Puma) |