Lemus, un poeta de los buenos
La edad en los poemas: sintaxis de una sangre caída en la cuenta de que el tiempo husmea en la vida con o sin nosotros.
Por Alexander Sequén-Mónchez
El verso de Rubén Darío “guardián de mis abismos y mis sombras” define a plenitud la poética de Juan Carlos Lemus. Empresa digna: en sus poemas parpadea una poderosa mirada y fluye, a contracorriente, la materia verbal. Su voz explora las zonas del espejo: glorias extinguidas, hartazgos y fantasmas condenados a encontrar una luz en la página. No hay autenticidad más fecunda que el fracaso y mayor lucidez que la amargura.
De la nueva poesía escrita por guatemaltecos, la presencia de este poeta destaca con claridad absoluta. Mientras a la mayoría se les traba la lengua en imposturas risibles, chabacanas, no digamos en espaldarazos tribales, Lemus —teniendo también a la ciudad como fondo— transfigura la condición humana con semblante corrosivo. Ni estridencia ni protestas lelas: palabras. Hay que leer su nuevo libro: “Un rayo desordenado de mariposas”, recién publicado en una excelente edición de Gerardo Guinea. El poeta asume la ciudad como lo que es: un infierno que sucede dentro de nuestra propia cabeza. Aletea como atmósfera pero no pontifica la calle, craso error de varios poetas que insisten en escandalizarnos con signos insuficientes y simulacros de pacha y cartón. Muy pocos poetas nacionales han combinado dos ánimos usualmente contrapuestos: el de la poesía y el de la prosa. Por lo visto, tiene el dominio de su fuerza y, desde allí, nos desafía sin importar la extensión o el propósito de la frase. De hecho, no olvido la calidad de algunos artículos suyos acerca de la guatemalidad y su caparazón urbana, dardos humorados contra una identidad tan supuesta como andrajosa.
La de Lemus es la historia de un poeta que cumple cuarenta años. O bien, como él mismo dice, la de “una rabia que data de 1964”. La edad en los poemas: sintaxis de una sangre caída en la cuenta de que el tiempo husmea en la vida con o sin nosotros, y que las encrucijadas tienen la rara cualidad de apropiarse de nuestro camino con irreversible rapidez. ¿A dónde? ¿Con quiénes? ¿Hasta cuándo? Preguntas que no disimulan las capacidades humanas del tormento. Existen la pausa y la vacilación —¿el arrepentimiento?— y son visibles en la escritura aguda y saludablemente hostil de un poeta que se arriesga a conocer algo más de su futuro manteniendo invicto el espíritu.
Los textos de “Un rayo...” interceptan lo biográfico sin develarlo y, todavía mejor, sin fingirlo. Sus municiones se dirigen a dos esferas totales: al amor perdido y a los personajes anónimos —y citadinos— que le estorban. Sólo cuando le escupe a los otros dialoga consigo mismo. Palabras más, palabras menos, prevalece la ironía sobre el lamento. Al referirse a la mujer —ausencia y latido— arden con furia lacónica la imprecación y la burla, la descolorida imagen de una pareja triturada, abandonada en los acantilados de la memoria. En algunas líneas nos iluminan el desquite, la guerra de las versiones, las intoxicaciones y cualquiera de los yerros que hallaron su sentido y su gramática. Todo con buen oído y con los ojos al cuido de las formas. Porque Lemus hace algo que muchos poetas pasan por alto: oír y ordenar lo que se escribe, afilando lo mismo la música que el matiz y el ángulo. Hasta cierto punto, esto y la emoción genuina es lo que de veras importa en la poesía.
Lemus hizo bien en rescatar, a manera de colofón, uno que otro texto de sus primeros libros: La era del Moscardón (1997) y de El mago (1998), aciertos más que balbuceos, arena promisoria que hoy se confirma. Formalmente, este es el cuarto poemario de quien debemos esperar la piedra y el silencio, la llama sagaz de los verdaderos poetas. Estoy seguro que en esas páginas posteriores, Juan Carlos Lemus vendrá a decirnos que, aunque pasen otros cuarenta años, la vida es el agua hermosa y corriente que se traga la gran boca oceánica de la muerte. Por lo tanto, he aquí nuestro único remo: un poema entre cien, una soledad que no pudiéndose salvar ella misma nos arroja una llave o una puerta. |