Semanario de Prensa Libre • No. 08 • 29 de Agosto de 2004    


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D cultura

Filibusteros y fenicios de la literatura
Hoy día, si usted quiere ser un escritor famoso sólo tiene que poseer dinero y buscarse una agencia literaria.

Por Juan Carlos Lemus

Los factores de la literatura están siendo dictados por factores económicos y no artísticos. En la actualidad, si usted tiene suficiente dinero y un poco de talento, puede llegar tan lejos como quiera, incluso puede llegar a convertirse en un renombrado escritor.

Día a día se producen tantos libros como si fueran huevos de granja. Se engorda a las gallinas y de ellas salen pollos tontos, pero galanes. La confusión y el desorden son descomunales. Los filibusteros del arte y los fenicios lo saben bien. Es por eso que han abierto sus fauces y se han tragado hacia el fondo de su gordura el negocio de la gestión editorial. Los mercaderes saben que casi nunca un creador ha servido para vender sus propias vasijas de oro, entonces hacen números y se frotan las manos. Emprenden camino hacia el saqueo de la imaginación de los artistas, pero además se dirigen hacia el pobre encéfalo de los creadores más mediocres --no de todos, sólo de aquellos mediocres con dinero-- y transforman aquel océano de letras en dólares o euros.

Es así como ha nacido, crecido y reproducido el negocio de las agencias literarias. Es ésta una carnicería en la que meten bofe, intestino, lomo ahumado y carne de puerco entre un mismo canasto. Además, carne de perro para el consumo de las masas ávidas de tragar océanos de letras.

Dicho así, pareciera que el planeta se ha convertido en una calamidad. Sin embargo, es necesario aclarar que el negocio literario no ha dado sino un paso dentro de un mundo globalizado, tal como lo ha hecho el arte, más bien, el mercado del arte durante los siglos XX y XXI.

Si usted quiere ver sus libros publicados, puede, desde su casa en Miami, Europa o Guatemala, contratar los servicios de un agente literario que le ofrecerá contactos con las casas editoras de su predilección, anuncios de prensa, presentaciones públicas y hasta un tour para firmar ejemplares.

Además de ello, si los diarios no reaccionan favorablemente ante su prodigiosa novela, poemario o libro de cuentos, las mismas agencias le ofrecen proveerlo de columnistas que gustosamente lo llenarán de elogios. Así lo promete, por ejemplo, la empresa española Phenix & Phenix, una de las más de cien que se encuentran en la Internet: “Si no tiene las recomendaciones que elogien su obra, ¡le podemos ayudar a obtenerlas!” Parece macabra broma. Pero es cierto. Se trata de una empresa que además apunta: “medimos nuestro éxito en términos de los resultados que se reflejan en los medios. (…) Nosotros nos dedicamos a promover cada libro como si fuera nuestro y, al hacer esto, no nos detenemos hasta obtener resultados que sobrepasen sus expectativas”.

“Phenix & Phenix Inc. --continúa-- ha desarrollado una base de datos que contiene más de 75 mil contactos con credenciales en los medios de información. (…) Phenix & Phenix Inc. se pondrá en contacto con aquellos miembros de los medios que representen la mejor oportunidad para los clientes de anunciarse a través de la prensa, la radio, la televisión y los medios en línea en cualquiera de las siguientes maneras:

  • "Reseñas del libro"
  • "Artículos de fondo"
  • "Entrevistas"
  • "Crítica por expertos sobre las noticias"

Es más, si usted es citado a una entrevista luego de que Phenix & Phenix Inc. haya enviado los comunicados de prensa (incluyendo a la agencia AP), esa firma le instruirá por medio de modelos de entrevistas las maneras más ingeniosas de responder.

En este siglo XXI reventamos de sorpresa al encontrar en librerías de cualquier parte del mundo los más hermosos tomos que son como caballos de carrera que prometen cruzar la meta de la imaginación con la elegancia de un corcel, pero que al final de cuentas no son más que una mole de carne. Son pollos tontos, como los reproducidos con químicos en la granja Avícola Villalobos. Libros y más libros que son galgos invertebrados. El gran mercader compra, seduce o se acuesta con librerías y medios de comunicación. El periodista pobre de espíritu y de oportunidades cede, entonces, al Gran Seductor Fenicio que dice llevar entre su portafolio el más hermoso de los poemas, la más grandiosa de las novelas o los más divinos relatos jamás escritos desde El Decameron. Y lo endulzan brutalmente con el3ogios. Le aseguran que la obra es buena porque ganó tal o cual premio o, por lo menos, quedó de finalista en algún importante concurso internacional, como si ello fuera garantía y no supiéramos que premios de gran prestigio hace 40 años hoy son instituciones incondicionales al dinero.

Y los agentes literarios arman mesas redondas y entrevistas vía satélite. Asistimos al sainete en el que se toma por magia y reliquia cualquier libro que defeque, por medio de su secretaria, Paulo Coelho, por citar un simple ejemplo.

Acaso la más fuerte adicción de los escritores sea el hambre de reconocimiento, pues son ególatras y tienen sed de elogio. Aman el sahumerio que soplan los críticos y periodistas ante su Dulce Obra. Es por eso que muchos viejos y consagrados escritores se hacen rodear de escritores jóvenes. Les encanta que se les acaricie y mencione como a nuevos sacerdotes de la literatura en los templos de su propio reino. Les complace donar la leche que fluye de sus pechos, la cual maman con voracidad los adulados periodistas, ciertos nuevos escritores que lo han nombrado Gran Pederasta Nuestro y, por supuesto, y los promotores de su obra. Los fenicios han aprendido cómo se prenden las velas dentro de esa pagoda. Conocen el camino que va del depósito bancario hacia la fama. Saben tratar con grandes escritores, con fuertes editoriales, con gerentes, y arman clubes, parrandas, recortes de prensa, alusiones en discursos; invitan a los embajadores y por fin, cuando todo ha concluido, cuando han llevado a dos y tres páginas de un diario a cualquier escritor no necesariamente bueno, se dan cuenta de lo fácil que ha sido, después de todo, llevarlo a la fama.

Por miserable que parezca, las agencias literarias anuncian cosas como ésta que anota la oficina española Proscritos:

“Cuanta más gente del sector conozcáis, mayores serán vuestras posibilidades de publicación. ¿Cómo se conoce a editores, agentes, escritores? ¿Cómo conseguir que, al menos, lean nuestras novelas, relatos o poemas? La oferta es inmensa. (…) 1.- Escribid una gran obra. (…) El dinero os permitirá invertir, invitar y esperar. (…) Os abrirán muchas puertas, pero sólo permanecerán abiertas si vuestro producto resulta rentable”. Es así como luego remata la idea de que ellos harán esa parte difícil que es conseguir los contactos que llevarán al éxito.

Parte del contrato con estos agentes incluye un sistema de rastreo por los lugares donde han mencionado su libro. Pero, antes que nada, ellos cobrarán por hacer un previo análisis de la obra y una revisión ortográfica de manera que su libro quede aceptable ante el promisorio futuro que le aguarda. Este análisis literario tiene un costo de 90 euros, si mide 50 páginas. Si pasa de esa cantidad, tiene la siguiente tabla de precios:

Análisis de la obra

  • Narrativa hasta 175 págs. 165 €
  • Narrativa hasta 250 págs. 195 €
  • Narrativa hasta 350 págs. 225 €
  • Narrativa hasta 450 págs. 255 €
  • (Mas de 450 páginas, consultar).

Por servicios de corrección ortográfica

  • Hasta 50 págs. 60 €
  • Hasta 175 págs. 140 €
  • Hasta 250 págs. 180 €
  • Hasta 350 págs. 210 €
  • Hasta 450 págs. 240 €

Como servicio complementario le sugerirán cómo dar más carácter a sus personajes, o le dirán cuál es la mejor manera de rematar los contenidos. También le venden “Presencia en la página Web”, “Tours para firmar ejemplares” y “Servicios de traducción”.

De manera que si cada vez es menos sorprendente que cualquiera escriba un libro, igual nos da que haya sido traducido al inglés, al alemán o al francés.

Vemos a través de los medios cómo los viejos gordos del mundo se abrazan y chocan sus copas, se tiran de la levita y un fulano le dice a usted que ellos son lo mejor que se está escribiendo. Muy rara vez un lector cuestiona a los Premios Nacionales de Literatura, a las Vacas Sagradas y a la joven promesa levantada en hombros. De un solo trago se mete a la cabeza la idea de que Dios ha reencarnado en el tipo al que le dedican grandes espacios en cualquier medio. Porque, además, existen periodistas --ingenuos unos, muy listos otros--, que no tienen pudor al prosternarse ante cualquiera que les muestre un juego de espejos.

Estamos, evidentemente, ante algo espantoso.

Los buenos libros venían antes por barco y eran leídos, recitados una y otra vez hasta que salía a la superficie la esencia que tenían dentro. No obstante sería absurdo resentirnos con la tecnología y pensar tercamente que todo tiempo pasado fue mejor, ¿No es, acaso, todo eso un crimen contra la literatura? Además porque, claro está, mejor es que haya gente entusiasta comprando fama y no diseñando nuevas maneras de causarle el daño al prójimo.

En el mundo siempre ha habido escritores mantenidos y mecenas, ricos y pelados, gente erudita y acomodada como Borges, soldados como Cervantes, neuróticos como Juan Ramón Jiménez o pobres como Juan Carlos Onetti. Pero eran todos ellos unos genios. Ahora hemos llegado a la Era de los Fenicios donde cualquier tonto adinerado, por muy tonto que sea, puede encaramarse al vagón de la fama.

Terminemos esta reflexión con las palabras de Ryszard Kapuscinnski:

“Actualmente el poder está en manos de quien posea un estudio de televisión, un diario, una radio. En el mundo contemporáneo, tener medios de comunicación significa tener poder. Por eso los que se sublevaron contra los regimenes antidemocráticos en Europa y Asia no trataron de tomar las sedes presidenciales o parlamentarias, sino que fueron directamente a conquistar los canales de televisión”.

¿No ha sido eso, y no otra cosa, lo que han hecho los Fenicios?

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