Semanario de Prensa Libre • No. 08 • 29 de Agosto de 2004    


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D cultura

Presto non troppo
Horror silentii
El miedo a la convivencia y al compromiso

Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com

De la misma manera en que se habla de la agorafobia -aquel pavor desmedido que algunas personas experimentan cuando se encuentran en espacios abiertos y desalojados-, así también podría hablarse del espanto que a muchos parece causarles la ausencia del sonido.

Por analogía con el término clásico que se le aplica a ese desorden psiquiátrico, (el horror vacui u horror al vacío), el horror silentii podría servir para designar la sensación de angustia que tanta gente sufre cuando enfrenta el silencio, aunque sea por un período no muy prolongado. Sencillamente, no pueden (o creen no poder) vivir sin hacerse acompañar todo el tiempo por la cháchara que emite, por ejemplo, una estación radial o un canal televisivo. Aparentemente se les vuelve insoportable la idea de “sentirse solos”, aun cuando estén rodeados de familiares, amigos, colegas, ayudantes, mascotas...

No más entran a su casa, a encender la tele. En la oficina, en el taller o en la tienda, es la radio. En el vehículo, el equipo de sonido. La ansiedad por combatir al silencio se vuelve una manía que no respeta edad ni género ni condición ni ocupación. Quien la padece se torna incapaz de pasar un largo rato sin aferrarse a alguna clase de aparato emisor de sonidos, igual si es un walkman tan diminuto que casi pasa desapercibido o los abusivos bocinales de gran tamaño que instalan los vendedores de ropa en una acera y los conjuntos evangélicos en un parque. Incluso un vigilante, a quien le pagan por supuestamente montar guardia permanente en una garita, se distrae con un televisor portátil cuando imagina que nadie lo observa...

Pero, más que una pugna con la quietud y la calma (que a la larga todos necesitamos), quizá lo que el horror silentii implica es un miedo a la convivencia y al compromiso con los demás y, en última instancia, con uno mismo. Es el miedo a tener que generar ideas e intercambios por cuenta propia, sin la “ayuda” de un locutor, de un comentarista o de un predicador, quienes sin cesar procuran empujarnos a que consumamos lo que nos ofrecen y a que adoptemos sus puntos de vista. Es tanto más fácil dejar que sean ellos quienes moldeen nuestros gustos y nuestras opiniones, que le paramos huyendo al silencio y a las singulares cualidades personales que se requieren para conversar, reposadamente, con nosotros mismos.

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