A las amas de casa
No alcanza el tiempo...
Por Ronald Flores
Sé que en medio de las mil tareas del hogar, repartidas entre las idas a traer y a dejar a los niños al colegio, los mandados, las compras en el súper, atender al esposo, llamar a mamá, preparar la comida, asegurarse que la casa esté limpia y demás, es difícil encontrar un rato para detenerse a leer el periódico. No alcanza el tiempo. De acuerdo. Pero también sé que de las pocas personas que en efecto le dedican unos minutos a los diarios son las amas de casa, tal vez durante la calma chica que sigue a la tormenta de la mañana, cuando los niños se acaban de ir al colegio o cuando ha caído la noche y los niños duermen ya en sus respectivas habitaciones y la casa se queda en una calma añorante, en un silencio cobijado, en la breve soledad del hogar.
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Pues bien, estas letras son para ustedes, siempre dispuestas a sacrificar el tiempo que sea necesario para servir a los hijos y al esposo. Hace poco leí un libro del filósofo y psicoanalista Slavoj Zizek. Entre otros temas, me llamó la atención el apartado que le dedica a las madres que son capaces de sacrificar todo menos el sacrificio mismo, esas madres que se niegan a sí mismas con tal de servir a los suyos, pero lo hacen de tal manera que en el olvido mismo que hacen de sus necesidades se instala un hondo sufrimiento, un padecimiento silencioso por no poder gozar de un poco de tiempo libre, un poco de tiempo para sí mismas, un poco de tiempo para divertirse como lo hacen los demás.
Que son abnegadas, lo son. De eso no hay duda. Pero también para el resto de los habitantes del hogar comienza a ser algo esperado que este tipo de madres estén siempre dispuestas a renunciar a sus gustos, sus descansos, sus propias cosas, con tal de satisfacer a los demás. Se espera todo de ellas, pero se les concede poca consideración a sus necesidades y rara vez los hijos y el esposo están dispuestos a cometer por ella los sacrificios que realiza la madre a diario por ellos. Por ejemplo, servirle un café, prepararle el desayuno o irla a dejar a clases.
También, por ejemplo, está esa clase de madre abnegada, digna de loas, que lleva a sus hijos a practicar algún deporte, digamos natación. Lo hace por el bien de sus hijos, que quede claro, para que ellos estén sanos. Pero la mayor parte de veces, la madre pasa el tiempo viéndolos entrenar, sin tomarse ella misma ese tiempo para hacer un poco de deporte, meterse a la piscina, dar algunas vueltas. Lo mismo puede decirse de quien ayuda a los hijos con las tareas del colegio, una labor fundamental para el desarrollo de los niños, pero que se queda corta si no ven que su madre también tiene tareas que cumplir, si no la ven a ella en un esfuerzo similar.
Hay madres que durante años dicen, añoran, se entristecen, por no haber podido ir a la universidad, por no haber podido tener tiempo para practicar un deporte, para llevar a cabo alguna carrera profesional o un hobby. Están contentas con dedicarse a sus hijos, eso está claro y es fundamental, pero les hubiera gustado estudiar algo más, tener tiempo para salir a trotar, sacar una carrera académica o profesional, no quedarse ahí.
Eventualmente los hijos crecen y abandonan el nido. Entonces, las madres abnegadas sufren de una honda melancolía, de pequeñas desesperaciones, de una recurrente frustración. Entonces, la crisis de la edad media es con frecuencia severa y conlleva depresiones. A veces las ayuda hacerse cargo de los nietos, otras veces ni eso.
Las casas son cuatro paredes y algunas ventanas. La vida pasa a una velocidad extrema. Siempre hay pequeñas cosas que quedaron por hacerse, esfuerzos por emprender, oportunidades que hay que darse para renovar la vida. El primer paso es sencillo: tener el valor de sacrificar el sacrificio. Salir a caminar por las mañanas, regresar a la “U”, pensar un poco en sí misma… |