Mercaderes de tesoros
Paralela a la historia de la arqueología discurre otra, también repleta de aventuras e ídolos, pero escondida tras el manto de la ilegalidad. Es la historia de los saqueadores.
Por: Liliana Pellicer
Fotos: Carlos Sebastián
Hace unos 50 años, “Chorro de Humo” llegó a Wakná, un sitio arqueológico aún inexplorado en la selva petenera. Tras horas de trabajo bajo el sol, desenterró de una tumba maya 24 libras de jade tallado que vendió al mejor postor. La historia del hallazgo y venta de esas joyas es hoy una leyenda, y el hombre que las descubrió, un héroe entre los saqueadores. Se dice que era beliceño y que, durante décadas, dejó la huella de su piocha por todo Petén. Toda la fortuna que consiguió con la venta ilegal de las piezas que halló terminó convertida en alcohol y llevándole finalmente a la muerte. “ Chorro de Humo” es uno más entre los cientos de personas que, aún hoy, agujerean las tierras de Petén en busca de fabulosos tesoros. Son saqueadores, pero algunos arqueólogos los llaman el cáncer del Patrimonio de Guatemala.

Los saqueadores hacen agujeros en las estructuras para encontrar tesoros. |
“Tengo 65 años y puedo decir que mi vida ha sido aventurosa (sic). Con 17 años empecé a trabajar el chicle, pero cuando terminaba la temporada me dedicaba al hueche”. La mirada de Gustavo* recorre las aguas del lago Petén Itzá mientras recuerda sus años de saqueador o huechero, como ellos mismos se denominan.
“Lo primero que descubrí fue una tumba. Me fui solo y, con un machete y un palo, encontré seis piezas. Como no sabía qué hacer con ellas, las envolví con un cartón y las enterré. Allí estuvieron cinco meses, hasta que encontré comprador. Cuando las saqué estaban muy estropeadas y sólo me pagaron Q90 por el lote. Entonces era todo un mula y no sabía qué había qué hacer. Poco a poco fui agarrando más práctica. Entre lo que aprendí por mi cuenta y lo que te enseñaban los compañeros con más experiencia o que habían trabajado con arqueólogos, mejoré mi técnica”, recuerda Gustavo.
La fiebre del saqueo
Siempre ha existido la depredación de antigüedades mayas; no obstante, el apogeo de los saqueos en Guatemala comienza en los años 60, provocado por los propios arqueólogos, tal y como explica Miguel Orrego, director del sitio Tak’alik Ab’aj: “En aquella época contratábamos a gente de las comunidades que al terminar su trabajo ya tenían conocimientos especializados que les ayudaban a depredar. Se puede decir que nosotros les dijimos cómo había que saquear”, se lamenta.
“Los primeros huecheros iban casi a ciegas, encontraban los templos por casualidad, mientras trabajaban el chicle o el xate. Luego llegó una segunda oleada, los verdaderos expertos, que habían aprendido en sitios arqueológicos”, analiza Pedro*, que comenzó con la depredación a los siete años. “Para los niños era como un juego, una gran aventura. Era una forma de ganar dinero fácilmente y de pasar el rato. Lo hacíamos casi por deporte”, recuerda.
Cuando comenzó el despojo de bienes arqueológicos, los huecheros trabajaban en solitario o en grupos de dos o tres personas. Sin embargo, cuando la depredación alcanzó su apogeo, se creaban cuadrillas de hasta 50. “En los primeros años éramos unos 500, pero con los años fuimos miles, ¡hasta mujeres se echaban al hueche! Aquello fue como la fiebre del oro de Estados Unidos”, comenta Gustavo.
En ocasiones los compradores de arte maya organizaban expediciones para los saqueadores, a los que mantenían junto con sus familias durante los meses que duraran las excavaciones. Estos campamentos recibían la protección de la Guardia de Hacienda e, incluso, del Ejército. “Aquí mismo, enfrente de mi casa, aterrizaban las avionetas donde cargaban las piezas arqueológicas. He visto pasar delante mío maravillas y cómo se las llevaban los militares, el gobernador y el propio gobierno”, recuerda una habitante de Uaxactún.
La organización era tan compleja e involucraba a tanta gente, que parecía que se realizaba una actividad legal. “Éramos tantos que parecían campamentos de chicle. Era como legal. La policía ¡qué iba a hacer! ¡si eran sus jefes los organizadores y ellos mismos huecheaban si tenían la oportunidad!”, explica Pedro.
Un cáncer todavía activo
Actualmente ha disminuido la cantidad de saqueadores y de depredaciones debido a la existencia de fuentes alternativas de trabajo como el ecoturismo y a la mayor vigilancia de los sitios arqueológicos. “Ya no es tan fácil. Hoy el comercio está más restringido por la existencia de convenios internacionales”, analiza José Rodolfo Sánchez Morales, director del Parque Nacional Tikal.

Pican el montículo con una piocha. |
También acciones concretas de algunos sitios arqueológicos han reducido el número de depredaciones. El Mirador, una de las zonas más afectadas, es un ejemplo en este aspecto gracias a la iniciativa de su director, Richard Hansen. “Richard contrató a los huecheros porque entendió que lo hacían por pura hambre. Además, nos ha explicado que tenemos que respetar la historia y que él la cuida para nosotros, porque es nuestra”, analiza una habitante de Carmelitas.
A estas razones, Gustavo añade otra: “Se hace menos porque la mayoría de los huecheros se tiraron a otros trabajos como la mariguana”. A pesar de esta disminución, las depredaciones no se han acabado. En el noroeste de Petén, por ejemplo, se registraron 289 nuevos saqueos en 2003. “Yo ya no me dedico sólo al hueche, pero no soy un mula, si me encuentro con algo, ¡pues lo intento vender!”, reconoce Pedro.
Las piezas más valoradas entre los saqueadores son las mismas que hace 50 años. A pesar de que las estelas están bien pagadas, la dificultad para su transporte hace más interesantes para los huecheros las piezas de jade o las cerámicas con dibujos. “Nos pagan según el número de indios que hay pintados. Si hay dos o tres, el precio no baja de Q40 mil o Q50 mil. Lo importante es la comunicación entre los personajes. Por eso, cuanto más personajes, más caro se vende”, razona Pepe*. Las vasijas más preciadas son las mejor conservadas y con el trazo más fino, conocidas entre los saqueadores como “pinturas de pelo”, y los vasos códice exclusivos de la zona de El Mirador.
“Este tipo de cerámica es la que alcanza precios más elevados en el mercado internacional de obras de arte maya y es original de esta zona de Guatemala”, explica Édgar Suyuc, subdirector del sitio El Mirador. “Existen cientos de vasos códice en el mundo y sólo tres están registrados legalmente; el resto permanecen en colecciones ilícitas”, agrega.
Por estas obras de arte los saqueadores reciben unos cuantos miles de quetzales, que no se corresponden con el valor final de la pieza. El pasado 12 de noviembre, un colgante de jade, un cinturón maya del siglo V de los que sólo existen tres en el mundo, alcanzó un valor de US$1 millón 400 mil en una subasta en Christie’s en Nueva York. Por esta joya, perteneciente al período Clásico Temprano, el saqueador ganaría aproximadamente US$2 mil 500 (unos Q20 mil) Por supuesto, los huecheros no llevan sus piezas a Christie’s y deben conformarse con menores beneficios.
No todas las “agarradas” (como los saqueadores llaman a su botín) son tan valiosas. Las cerámicas escasamente decoradas son, a menudo, depreciadas en el curso de las depredaciones. Sin embargo, estas piezas, de menor valor, también pueden tener sus compradores. “Mire, estas tres vasijas las trajeron hace cuatro meses para que las vendiera. Están en mal estado, por eso pedimos Q300 ó Q400”, muestra Pepe. “Este lote lo comprarán los turistas”, conjetura.
¿Quién compra arte maya?
“Cuando se tiene una buena agarrada se vende en la capital. Antes compraba gente de Flores, pero ahora aquí se paga muy mal”, explica Gustavo. “Es fácil saber quién compra las piezas más valiosas de arte maya: los ricos y los políticos”, subraya.
“Hace poco tiempo vino uno de Guate, le llevé a un sitio arqueológico donde compró varias cerámicas. Me dijo que le consiguiera una estela. Yo le contesté que era muy difícil transportarla hasta la ciudad y que no quería correr ese riesgo. Él me dijo que no me preocupara, que me mandaría un helicóptero del Ejército”, comenta Pepe. “Ahora se la estoy buscando porque es buena plata”, refiere.

El marcador de juego de pelota recuperado se encuentra actualmente en el Museo Nacional de Arqueología e Historia. |
Constantemente se escuchan rumores de antiguos miembros del gobierno que compraron piezas arqueológicas. “Una vez vino el viceministro de Cultura del anterior gobierno (Virgilio Alvarado) y me dijo que era coleccionista de arte maya y que estaba interesado en comprar piezas. Para que le avisara me dejó su tarjeta”, recuerda Pedro. Por aparte, el antiguo funcionario niega este encuentro. “Aunque soy amante de la arqueología, nunca he coleccionado obras de arte, mucho menos de carácter ilegal. A la gente le gusta difundir rumores y perjudicar a personas conocidas. Mis tarjetas circulan por todas partes; eso no prueba nada”, aduce Alvarado.
En Guatemala existen 169 colecciones particulares de arte prehispánico y 14 mil 17 piezas registradas. “La procedencia de todas estas obras de arte es dudosa, pero en el momento del registro los propietarios siempre aducen que son parte de una herencia o un regalo”, explica Fernando Paniagua, director del Registro de Bienes Culturales del Instituto de Antropología e Historia (IDAEH). “Si se demuestra que no están en la lista de piezas robadas, se formaliza el registro. Al Estado le merece la pena tener controladas estas obras, aún a sabiendas de que su adquisición ha sido ilícita, a no saber nada de ellas y no poder estudiarlas”, añade.
Según la Ley de Patrimonio Cultural, comete un delito quien exporte, intercambie o comercie con bienes arqueológicos. Sin embargo, el mayor delito contra el arte maya es su destrucción. “Lo negativo de las depredaciones no es sólo el robo, sino también el destrozo que se ocasiona”, comenta Óscar Quintana, director del Parque Nacional Yaxhá. A esto añade Miguel Orrego: “Cada excavación que se hace es un libro abierto. Cuando se practica un saqueo, se destruye una página, no sólo de la cultura maya y de la historia de Guatemala, sino una página de la historia de la humanidad”.
Mientras los arqueólogos se quejan de los destrozos ocasionados por los saqueadores, éstos consideran que sus conocimientos son mayores, ya que pueden ubicar las tumbas con mayor rapidez. “Saqueadores somos todos; lo que pasa es que a ellos les dan licencia”, reflexiona Pedro. “La verdad es que mientras ellos tienen la teoría, nosotros tenemos la práctica, y ellos lo saben. Muchos saqueadores ahora trabajamos para los sitios arqueológicos y hemos aprendido que nuestros objetivos son diferentes. Nosotros queríamos dinero y ellos, conocimientos. Fíjese lo que le digo, aunque hubiéramos encontrado un maya bien vivo, no nos habríamos impresionado. Nosotros buscábamos dinero”, bromea.
Dinero también era lo que buscaban los aventureros del siglo XIX que comenzaron a saquear la cultura maya. También lo que perseguía “Chorro de Humo” cuando recorría la selva petenera y lo que deseaban los miles de huecheros que han depredado el legado de sus hijos.
Hoy, según lo que dijo en el Simposio de Arqueología de 1996 el arqueólogo Frederick J. Bove, el contenido del Museo Nacional de Arqueología e Historia es patético comparado con las obras de arte maya que adornan los estantes de colecciones privadas en todo el mundo. Estas estanterías siguen actualmente rellenándose a pesar de que el número de depredadores ha disminuido.
Cuentan los saqueadores que esta disminución se debe a que todos los huecheros terminan muriendo de problemas respiratorios o del “chupe” y, bajando el tono de voz, susurran: “Parece que nos persigue la maldición maya”.
Un caso histórico
Tan sólo un delito de saqueo ha llegado a debate en los tribunales
En octubre de 2001, el huracán Iris visitó Guatemala. A su paso por el proyecto Cancuén derribó un árbol de Ramón que alojaba entre sus raíces una pieza arqueológica. Los dos trabajadores del sitio que la descubrieron no pudieron resistir la tentación y decidieron robar la reliquia. Era un marcador de pelota del Clásico Tardío que pretendían vender por Q50 mil.
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Historia antigua
La depredación arqueológica no es nueva.
Siglo XVII en Europa: Comienza, según el historiador B. Trigger, el coleccionismo de antigüedades griegas y romanas.
1848 en Guatemala: El coronel Modesto Méndez, gobernador de Petén, dio orden de saquear Tikal.
1928: Se difunde el mito de que el Templo del Tesoro está en Guatemala, a través de un libro de Gann y una monografía del Ministerio de Educación Pública. Esta leyenda atrajo a numerosos investigadores y aventureros.
1960-1990: La depredación se convierte en el eje central de la economía de numerosas comunidades en Petén. |
Durante una temporada buscaron un comprador, pero éste no llegaba. Finalmente, lo encontraron en Fray Bartolomé de las Casas. “A nosotros nos avisaron de la comunidad. Allí saben lo importante que es la arqueología para el turismo y que es beneficioso para ellos”, recuerda Arthur Demarest, director del proyecto. “Facilitamos la información a la Policía de dónde estaba la pieza, pero no querían ir. Tenían miedo”, añade.
Finalmente, Ciriaco Coy Cabnal, Publio Paac Coc y Miguel Salvador Coy Bol fueron detenidos, pero la obra de arte no aparecía.
“Gracias a la colaboración de una fuente anónima, que creemos podía ser el comprador, supimos que el marcador de pelota estaba enterrado en un pedregal”, explica Hugo Morales, auxiliar de la Fiscalía de Delitos Contra el Patrimonio. “Lo habían abandonado porque se sabía que la justicia estaba cerca y que no tardaríamos en encontrarlo”, añade.
El 3 de junio de este año, la sentencia declaró a los acusados culpables de hurto de bienes arqueológicos y se les impuso una pena de dos años y ocho meses de prisión. Esta sentencia no es firme ya que los abogados de la defensa han presentado un recurso de amparo que se encuentra pendiente de resolución.
Este juicio es histórico en Guatemala porque es el primer caso de saqueo arqueológico que llega a debate y cuya pieza robada es recuperada.
Apoyo comunitario
“No habríamos podido recuperar el marcador de pelota sin la colaboración de la gente. En la protección del Patrimonio lo más importante es tener apoyo desde abajo”, dice Arthur Demarest.
“A pesar de tener buenas intenciones, el presidente de la República no va a pararse con una pistola para proteger tu sitio. Las órdenes presidenciales son sólo un papel que no sirve para nada en la vida real”, afirma.
Un saqueador en Guatemala puede cometer el delito de depredación de bienes culturales, de exportación ilícita, de excavación ilícita y de hurto, robo y tráfico. Por otro lado, el comprador recibiría una acusación de encubrimiento, sin embargo, una acusación de esta índole no se ha dado nunca. La pregunta es: ¿se darían los saqueos si no existieran compradores? |