Semanario de Prensa Libre • No. 23 • 12 de Diciembre de 2004    


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“La prisión cambió mi vida”
Emilio Goubaud dice que siente ternura por los mareros cuando éstos rompen la máscara de dureza y poder que quieren representar, y abren su corazón y aceptan que no están en el camino adecuado.

Por Francisco Mauricio Martínez
Fotos: Carlos Sebastián

La vida de Emilio Goubaud ha estado llena de sobresaltos. De la comodidad que ofrece un despacho ministerial pasó a la incomodidad que ofrece una oscura y húmeda celda de Pavoncito y de atender los asuntos de un viceministerio de Cultura y Deportes pasó a ser confidente de jóvenes integrantes de maras.

Hubo un proceso muy largo por el cual pasé y en el que blasfemé contra Dios por amanecer vivo.

El ex ministro en tiempos de Vinicio Cerezo Arévalo y quien es acusado de defender a los integrantes de maras, dice que las políticas actuales en contra de las pandillas están agravando el problema, debido a que se están volviendo grupos clandestinos y que ya no se están tatuando.

“Aquí pueden matar a todos los mareros que no se termina el problema, mientras no se le descubra la cara al crimen organizado”, señala. A continuación el resumen de una entrevista con el director de la Alianza para la Prevención del Delito (Aprede).

¿Cómo ingresó al mundo del rescate de los integrantes de maras?

Fue por una vivencia carcelaria, ya que estuve preso durante año y medio debido a que no pude pagar una deuda. La prisión cambió radicalmente mi vida, pues ahí encontré mi verdadera vocación, ya que conocí el sentido de la necesidad, el concepto de solidaridad, la falta de acceso a las oportunidades, la marginación, la exclusión, la miseria y los conflictos tan grandes que enfrentan los jóvenes debido a la violencia intrafamiliar. Al día siguiente de salir de Pavoncito, el 4 de noviembre de 1997, me contrató el Ministerio de Justicia de El Salvador y trabajé tres años con sueldo de guardia penitenciario, como director Cultural y Deportivo de los centros penales de ese país. A finales de 1998 se efectuaron las primeras y únicas olimpiadas carcelarias que han habido en el mundo, donde participaron más de cinco mil reos de El Salvador.

¿Cómo incide la cárcel en la vida de una persona?

La prisión no propone absolutamente nada para que uno cambie o tenga una actitud diferente; más bien es el instrumento del Estado que pone en azafate una diversidad de cosas negativas para que uno adquiera un doctorado en criminalidad. Es uno el que puede ver la vida carcelaria de dos formas: acabarse ahí adentro o reflexionar, cultivarse y desarrollar su intelectualidad.

¿De qué manera afecta el ocio la salud de los reos?

El ocio genera depresiones muy fuertes, confusiones, conflictos emocionales y empieza la agresividad. Después se inicia el abandono personal, las enfermedades psicosomáticas y finalmente la locura. Si uno no sabe tratarse ahí puede ser que no salga cuerdo de la cárcel y el proceso de recuperación es muy largo. Yo me dediqué a la lectura y leí más de 150 libros y construí un proyecto que se llamaba salud mental y física, cuyo objetivo era motivar el descubrimiento de las potencialidades humanas a través de actividades que los muchachos reconozcan como válidas para ser personas útiles y productivas.

De acuerdo a su experiencia, ¿cuántos jóvenes mareros pueden rescatarse de esos grupos?

Yo diría que de 10 se rescatan 3, debido a que no hay suficientes oportunidades. Hay jóvenes que ya tienen conductas patológicas y que ningún proyecto les funciona, porque el problema ya es siquiátrico. Los muchachos que no tienen conductas adictivas arraigadas y que no han perdido el vínculo familiar salen, porque nadie quiere ser pandillero. Aquí pueden matar a todos los mareros que no se termina el problema, mientras no se le descubra la cara al crimen organizado.

¿Algunas vez se imaginó que sería protector de mareros?

Nunca se me ha ocurrido proteger mareros. Lo que yo sí creo que traigo desde niño es un sentimiento grande de sensibilidad y solidaridad. Una de las cosas que más marcaron mi niñez fue una vez que estábamos jugando béisbol en el jardín de la casa con mi papá y pasó un señor con un carreta de basura jalada por un burro y le gritó mi papá: —Adiós, chucho, y enseguida lo invitó a entrar a la casa con todo y carreta y almorzó con nosotros. Una de mis hermanas cuestionó a mi padre y él le respondió: —Es mi amigo... jugó béisbol conmigo en una finca de Olintepeque, Quetzaltenango. Luego nos dijo: —Todas las personas somos iguales... el destino lo tiene a él de esa manera y a ustedes de otra.

¿Cuántos mareros hay en el país?

En todo el país hay aproximadamente 160 mil, ya que hay pandillas en todos los cantones, aldeas y caseríos y nadie se ha tomado la molestia de inventariarlos y ahora menos, porque con las políticas que existen para ellos se están volviendo grupos clandestinos, ya no se están tatuando y están incluyendo mujeres.

¿Cuál es la clave para poder trabajar con ellos?

En primer lugar nunca les pregunto de sus vidas, ni de su pasado sino que los miro como personas que tienen necesidades, y después ellos mismos van contando todas las atrocidades que han vivido desde niños, donde no tuvieron espacios recreativos, educativos, deporte, trabajo, violencia alrededor de ellos y hasta fueron violados, lo cual les genera odios, rencores, resentimiento, agresividad. Las pandillas ya no tiene una visión como la tenían al principio, donde había una intención de decir: Pongan atención yo estoy haciendo esto porque ustedes no me atienden, hoy es una alternativa económica, y luchar contra eso es más difícil todavía, porque uno les puede conseguir un empleo por Q1,500, pero eso se lo ganan ellos en dos horas. Entonces aquí se debe trabajar con ellos a partir de que tengan ganas de cambiar.

¿Cómo manejan ellos su autoestima?

El hogar es el centro de la autoestima y ellos normalmente manejan una muy baja. Vienen, por ejemplo, con cargas emocionales muy fuertes como la deserción escolar, lo cual les provoca un sentimiento de inútiles y poco inteligentes. También el tatuaje es una carga emocional fuerte, por lo que hay que hacerles ver que éste no les quita sus potencialidades ni sus capacidades, ya que nada más es una marca que ellos se hicieron en el cuerpo porque no había un receptor válido que escuchara sus problemas... no tenían a quién contarle en ese momento de crisis de su vida.

¿Por qué se hacen tatuajes?

Los usan como una manera de expresar una etapa o un momento de su vida que les ha impactado o dolido, como por ejemplo la muerte de su madre, hermano, el mejor amigo, su primer ingreso a la cárcel o primera novia.

Usted vive en un municipio de Guatemala, donde las maras generan mucha violencia. ¿Toma sus precauciones?

Lo que pasa es que yo salgo muy temprano de mi casa y llego muy tarde. Creo que todos los guatemaltecos estamos con ese mismo sentimiento de inseguridad, por lo menos con nuestros hijos y nietos. No dejamos salir a nadie a la calle a ciertas horas. Por ejemplo, si una de mis hijas viene aquí (la oficina en la zona 3) yo no las dejo ir a la tienda, lo cual es un sentimiento desagradable, pero esto no es hacia el marero, sino contra la inseguridad, que no solamente generan las maras sino también la Policía, el crimen organizado, el narcotráficoy los grupos del poder paralelo. No es que yo quiera defender a las maras.

Byron
“Cuando iba a sacar sus papeles no sabía cómo se llamaba y no tenía apellidos. En la calle le habían puesto sólo Byron”.

“Byron, un ex pandillero, fue abandonado cuando tenía meses de nacido en el parque Centenario, por lo que fue amamantado por tres mujeres que vendían en el Portal del Comercio y que en ese tiempo estaban procreando”, relata Goubaud.

Creció en la calle y dormía en el Parque Concordia. Un día fue traído aquí por Gustavo Cifuentes, un trabajador de la Municipalidad capitalina, que también fue de la calle”, agrega.

“Byron empezó a ser beneficiario de Aprede y el año pasado logramos que la Procuraduría de Derechos Humanos nos diera 20 plazas de empleo. Una de estas fue para Byron”, relata Goubaud.

Actualmente, Byron es receptor de denuncias de la Oficina de Atención a la Víctima en la PDH.

¿Qué sentimientos le generan las maras?

En momentos, cólera... en momentos, ternura. Cólera, cuando veo que los matan y ya se habían salido de la mara y estaban haciendo un esfuerzo enorme por dejar esa vida y de todas maneras se mueren. Ternura, cuando rompen esa máscara de dureza y de poder que quieren representar y abren su corazón y aceptan que no están en el camino adecuado, es cuando se dan los derrumbes y los llantos son enormes.

¿Cuáles son sus primeras palabras al conocer un marero?

En eso soy espontáneo y no tengo formato, pero siempre les digo: “Pasá adelante, compadre”. Tengo una autoridad sobre ellos y es que a mí no me pueden “dar paja”, después de año y medio de vivir con más de tres mil de ellos. También lo hacen porque soy leal con ellos y jamás les he jugado sucio.

¿Por qué matan a los que buscan reencausar su vida?

El problema se da cuando uno de ellos se sale de la pandilla y no lo hace correctamente y piden la quebrada, como dicen ellos. Hay formas de salir sin problemas. Primero si tienen un hijo y se quieren casar, para que ese niño no viva lo mismo que él vivió con lo cual buscan romper el lazo delictivo. Esta es una salida honrosa. La segunda salida es cuando se vuelven católicos o evangélicos o de cualquier otra religión De cualquier manera su grupo le va a dar seguimiento y si ven que mintió lo matan, pero si pasa seis meses cumpliendo lo que dijo el marero sale sin problemas. Hay quienes se salen de la pandilla y no avisan o se vinculan a otra, entonces les va mal. A veces también sucede que como cometieron delitos, los tienen controlados y los empiezan a perseguir hasta darles muerte.

¿Qué le ha acarreado esta clase de trabajo?

Aparte de algunas frustraciones, no poder hacer más de lo que hago. Pero también tengo muchas satisfacciones personales.

¿Estaría dispuesto a cambiar este trabajo si tuviera oportunidad?

No. En primer lugar porque hay un compromiso con Dios. Hubo un proceso muy largo por el cual pasé y en el que blasfemé contra Dios por amanecer vivo. Al final hubo un compromiso de dedicarme el resto de mi vida a esto y gracias a Dios lo he cumplido. En ese tiempo me acostaba con dolor de brazo, de nuca y con presión en el pecho, y yo decía: me va a dar infarto, mañana no amanezco y ¡amanecía vivo!. Yo estaba viviendo una crisis emocional muy fuerte, pero al final de cuentas ni me morí y me cansé de blasfemar.

 
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