Libia: Sabor a fruta prohibida
Libia fue una frontera prácticamente vedada al mundo durante 23 años. Para el 2010 promete ser un llamativo destino turístico, un oasis en el desierto del norte de África.
Extracto de la crónica
de Peter Wilkinson, NYT
Parece difícil encontrar en este tiempo un viaje en el que se pueda ser pionero. Pero existe: Libia, la agitada y enigmática nación del norte africano, que durante 23 años permaneció cerrada a muchos visitantes occidentales. Aún es difícil conseguir una visa, pero no imposible.

Granero comunal en Ghadames, una milenaria ciudad en el medio del desierto libio. |
Cuando aterrizamos en Trípoli, la capital esperábamos ver lo descrito por viajeros anteriores: sujetos sospechosos espiándonos desde las sombras o bien comida marginal en los ruinosos hoteles.
Tony Horwitz escribió alguna vez un depresivo paisaje de muerte: una tierra petrolífera de la cual se había marchado la vida, llena de calles desiertas.
Sin embargo, encontramos una aduana amigable y un rápido trámite de entrada. Como en cualquier ciudad estadounidense, una camioneta del hotel nos esperaba para llevar nuestras maletas.
Nos registramos en el recién inaugurado Corinthia Bab Africa, de 299 habitaciones: la punta de lanza de un ambicioso programa de turismo impulsado por el gobierno de Muammar Khadaffi, el líder socialista que alguna vez fue prácticamente satanizado por los Estados Unidos.
Lejos de lo que pudiéramos esperar, las calles estaban limpias, con tránsito ordenado. No hay mendigos ni vendedores ambulantes y los grupos de turistas reciben una escolta policial permanente. Cruzamos calles donde no hay pasos de cebra ni rótulos de alto pero donde todos los conductores se manejan respetuosamente.
Al sur de la capital
Viajamos a Ghat, una antigua ciudad en donde sin falta se escucha el llamado a la oración en las mezquitas.
Estamos aquí para unirnos a una travesía por el desierto junto a los tuareg.
Una vez allí, tras un recorrido de tres horas en un vehículo todoterreno llegamos al campamento de Ghadames donde nos esperaban los guías tuareg con una caravana de 14 camellos.
Caminamos la mayor parte del día aunque nos detuvimos a ver fósiles y rocas. Bebimos con avidez la reserva de agua que llevábamos. Cenamos arroz y un guiso de cabra con khadije, un condimento libio que combina pimienta y cardamomo.
Es un recorrido que pone a prueba la resistencia del cuerpo. Aprendimos que si un tuareg dice que uno tardará una hora en llegar a determinado punto, hay que calcular tres horas de agotador viaje bajo el ardiente sol. - Texto y fotos: NYT.
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