Terror sobre ruedas
El nerviosismo de los pasajeros es notorio. Nadie habla... sólo miradas inquisidoras.
Por Francisco Mauricio Martínez
Las risas, la música y el sonido que producen las botellas de cerveza cuando las chocan para brindar, dominan el ambiente. El ruido del motor del autobús casi no se oye. Sólo un anciano de barba y cabello blanco parece ignorar el alboroto, y dormita.
El nerviosismo de los pasajeros es notorio. Nadie habla. A veces sólo se cruzan miradas entre sí y otras se dirigen a examinar a cada pasajero que sube. Los ojos están fijos en cada movimiento que realizan los cuatro “brochas”. “Esa güisa está tuanis, mi rey”, dice uno que viste una playera negra que le llega hasta las rodillas.
Son las 21.10 horas y el autobús de la ruta 51 se detiene en la pasarela de El Guarda. “¡Villa Hermosa! ¡Villa Hermosa!”, grita uno de los “brochas”. Un joven de suéter negro y otro de camisa blanca abordan el autobús. Antes de que las tres monedas del pasaje caigan en las manos del piloto, los ojos de los nuevos pasajeros recorren el bus y se quedan clavados en los sillones de atrás. Luego dan el siguiente paso.
Los pasajeros también examinan de pies a cabeza a los dos jóvenes. La apariencia de ellos da un poco de tranquilidad. “No son asaltantes”, parece ser el veredicto interno. “Aquí siempre se la juega uno”, dice un joven, como queriendo que todos lo oigan. Un estruendo en la parte de atrás del autobús hace saltar de sus asientos a los pasajeros más desprevenidos. El corazón de los noctámbulos palpita aceleradamente mientras vuelven la vista hacia atrás para ver qué sucede.
“¡Baaajan!”, grita un hombre, mientras continúa golpeando la puerta de atrás. “Tocá el timbre, vos...”, grita uno de los “brochas”.
Los brindis continúan. “Voy”, dice a cada cuadra uno de los “brochas”, mientras por la ventanilla del piloto estrella los envases de cerveza en el pavimento. “Y qué pu...”, exclama como adivinando el pensamiento de los pasajeros que parecen haber perdido todos los sentidos.
El rechinido de las llantas de un autobús rompe los brindis. “¡Tu madre!”, grita el “brocha” del otro bus de la ruta 51, mientras rebasa velozmente. Se inicia la carrera a muerte entre las dos unidades. El pasajero que quiera bajar debe casi saltar.
Al ingresar al bulevar de Villa Hermosa los últimos pasajeros principian a bajar. Un respiro profundo aflojar la tensión de los músculos. Son las 21.55. Mañana... la mortal incertidumbre transitará de nuevo. |