Semanario de Prensa Libre • No. 03 • 25 de Julio de 2004    


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Arnoldo Ramírez Amaya:
Con tinta en la sangre
“Yo creo, sin falsa modestia, que soy un virtuoso, y con eso me agarro a la gente”. “Pasé una semana en el bote. Mi tiro era entrevistar al hermano de Marioco”.

Por: Ingrid Roldán
Fotografía: Carlos Sebastián

Hace dos semanas, Arnoldo Ramírez Amaya estaba preso en el Preventivo de la zona 18. “Tenía un miedo terrible, pero hice algunos bocetos que me van a servir”, dice el pintor, quien se ha mantenido alejado del medio artístico, pero no del arte, desde hace años.

A fines de 2003 se salvó de morir en el incendio del hotel Bilbao, en la zona 1, donde vivía. Desde la puerta de su apartamento actual se ve el techo quemado del referido hotel. Cuenta que ese 22 de diciembre perdió 800 dibujos de su colección personal.


"El futuro es hoy, el pasado es mañana y el presente no existe".

Ahora trabaja en la obra que expondrá en galería Caos, el 29 de julio. Parece que su sobrenombre Tecolote está bien puesto: con sábanas y cartones ha tapado las ventanas. La luz de la tarde parece que le lastima los ojos...


¿Cómo fue lo del incendio?

Dicen que empezó en mi cuarto. Pero el 22 de diciembre hizo demasiado viento. Toda la noche estuve oyendo alambres estrellarse contra las láminas. Pienso que se pegaron e hicieron cortocircuito. Mire cómo quedó el techo (señala hacia el edificio). Se fue en dos minutos. Logré sacar a la (señora) de la limpieza y al recepcionista. Yo me estaba bañando. Oí que tronaban cohetes y cuando salí, todo estaba en llamas. Yo sólo me quedé con una chumpa y en pelota, en la calle. Me quedé hasta sin calzoncillo. Era 22 de diciembre, los bomberos se tardaron en llegar, por las ventas. En ese momento no sabía que el dueño de este hotel (en el que vive ahora) era un mi compañero de clase. Me dio el cuarto y yo le pago con dibujos.


Dicen que el incendio fue provocado.

Eso dice el dueño. Todo el mundo busca chivos expiatorios en sus errores. Yo creo que el responsable de esto es Turismo, porque no controla si tienen extinguidores, si las instalaciones están bien. Eso le da la idea de con qué facilidad me echan la culpa: como era el único huésped...

¿En qué se basa su obra reciente?

Hago un poco de antología de lo que se quemó. Era obra que había guardado para mí. Repito mis mejores dibujos, los que recuerdo, porque eran tantos...

¿Cuántos son?

Esperamos hacer unos 20 para la exposición, porque Sergio (Chávez) tiene una buena colección mía. Ellos querían hacerme un homenaje, pero eso de homenaje suena a cadáver (ríe).

¿Le da miedo la muerte?

No. Pero no me gusta la idea.

¿Recuerda toda la obra que se quemó?

Toda no, pero hay ideas que no se pierden, porque siempre las he revisado. Tenía unos dibujos que eran una mano con una mariposita. De eso evolucionó a un homenaje al calcetín roto. De eso estoy haciendo variaciones. Es otra cosa. Por ahí voy. El Quijote éste (señala un dibujo pegado en la pared), es una copia, nunca había trabajado sobre El Quijote porque me parecía un tema cursi.

¿Y por qué lo empezó a trabajar ahora?

El dueño de (el restaurante) La Mezquita es mi amigo y me encargó que le hiciera quijotes. La verdad es que no había pensado nunca en eso, pero me retó. Ayer se llevaron un autorretrato mío como El Quijote. Sólo la cabeza. Está un poco más gordo que yo.

¿Hace autorretratos?

Sí. Siempre he hecho autorretratos, es más, dejé de hacerlos un buen tiempo.

¿Por qué?

Ya me dio miedo el espejo. Si para algo soy bueno es para hacer retrato, generalmente de calle. Pero hay viejas feas que quieren que uno las pinte jóvenes y bonitas. Eso mejor que lo haga Manolo Gallardo (ríe). Hacer eso no es nada emocionante. Es muy bien pagado, sí.

¿No extraña el medio artístico en el que se movía antes?

No. Al contrario, les huyo. Esa es una fauna intelectual. Los aguanta uno de patojo un ratito, por inmadurez, pero yo, de donde sea, salgo desesperado corriendo para mi cuchitril. Me gusta estar aislado.

¿Por qué se alejó de ellos?

Porque me hicieron demasiadas cabronadas. En el 66, un ministro ganaba, por ejemplo, 300 pesos, y yo, 600. Tenía carro nuevo, era estudiante de la Escuela de Artes Plásticas. (Marco Augusto) Quiroa o (Roberto) Cabrera llamaban de las cantinas para que yo pagara sus cuentas. Fui a pagar hospitales de alcohólicos, fui a pagar cuentas, de pura buena nota, ¿me entiende? Pero llegó un momento en que fue demasiado. El peor era Quiroa, al punto que le puse de apodo el Cerdo que vuela. Quiroa siempre fue así. Entre tartajo y tartajo no se medía hablando mal de uno. Vino El Gato (Andrés) Padilla que es representante de Guatemala en las Naciones Unidas, o sea, no es cualquier gato. Viene El Gato y le compra un trabajo a Quiroa y le preguntó qué pensaba de Ramírez Amaya. La respuesta de Quiroa fue: “Ese cuate ya está muerto, sólo que él aún no lo sabe”. Imagínese: ¡Mis amigos! ¡No entiendo!

Cazador de gorilas

En 1976, Gabriel García Márquez escribió: “El arte de Ramírez Amaya es una trampa infalible para cazar gorilas... pasen señoras y señores; entren a reconocerlos en este jardín zoológico de la fauna militar”. Por su parte, Luis Cardoza y Aragón dijo de El Tecolote: “Su dibujo es incisivo, elocuente y escueto”.

¿Hay alguna época que recuerde de forma particular?

El futuro. El futuro es hoy, el pasado es mañana y el presente no existe.

Usted, ¿en qué época está viviendo?

Yo estoy en el futuro. Un filósofo decía que nadie se baña dos veces en las aguas del mismo río. Yo digo que todo mundo se baña en las aguas del mismo río. El cínico, Diógenes, vivía en un tonel. Llega Alejandro Magno y le dice: “Diógenes pídeme lo que quieras, me molesta pensar que vives en un tonel”. Le dice Diógenes: “¿sabes qué? no me quites lo que no me puedes dar”. “¿Y qué te puedo quitar yo que no te puedo dar?”, le contestó Alejandro Magno. El filósofo le dijo: “Me tapas el sol”. El cinismo sólo lo puede aplicar aquel que es muy inteligente.

¿Y la ironía?

Caminan juntos. Y creo que no hay irónico que no sea cínico ni cínico que no sea irónico. Poder aplicar esto, no al lenguaje, sino en el dibujo es mi mero rollo.

¿Quiénes encabezan su crítica?

Los gobiernos. Siempre. En el incendio se me quemaron dos libros, uno sobre el narcotráfico y drogadicción, que tenían 10 años de trabajo, pero acabo de hacer algo: hice que me arrestaran.

¿Cuándo?

Hace menos de un mes. Pasé una semana en el “bote”. Mi tiro era entrevistar al hermano de Marioco, a Guayo Weymann y a los Lima.

¿Tuvo acceso a ellos?

No pude porque la cosa se me dio vuelta. Hay un periodista mexicano que está haciendo un documental sobre mi trabajo y mi tiro era hacer un reportaje en prisión, pero no era algo de pedir permiso.

Perfil

“Arnoldo Ramírez Amaya ha permanecido alejado del ambiente artístico, pero sin abandonar su obra plástica.

- Nació el 26 de noviembre de 1944. Su obra ha sido expuesta en América y Europa.

- Fue expulsado de la Escuela Politécnica, en 1963.

- Estudió un año en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Abandonó los estudios de Arquitectura en 1967.

- Estuvo encarcelado en 1969. Su obra fue censurada en la XII Bienal de Sao Paulo, en 1973.

- Fue cofundador de la revista Alero. Ha participado en bienales de Grabado en Lieja, Bélgica; en el XXX Salón de Mayo; en el Museo de Arte Moderno de la Ville de París, entre otras.

- Ha publicado El cantar del Tecolote, El pájaro sobreviviente, obra de poesía gráfica, Palic Chirachic y Memorias de un aprendiz de asesino.

¿Cómo hizo para que lo arrestaran?

Me pasee por todo el Gallito con unas bolsitas de cocaína y ¡agárrenme!, ¡agárrenme!, hasta que me agarraron. Cuando me consignaron, ni siquiera era la misma droga que yo llevaba. ¡Era mucho mejor! Pero ya adentro, me metieron una pencaceada.

¿Los presos?

No, los policías. Me robaron el dinero y los anteojos. Pero me sorprendió que en el Preventivo de la zona 18 no hay hediondera a patas shucas. Lo que hay es una peste criminal espantosa. Oí a cuatro tipos que se pasaron toda la noche golpeando a otro.

¿Qué hizo estando preso?

Dibujar, porque lo que quería hacer es el reportaje. En eso estoy.

¿Pasó muchas incomodidades?

No tanto. Por ejemplo, usted no se imagina lo delicioso de la comida del bote. Antes, la comida de la prisión era incomible, salían colas de rata o cucarachas. Me contaron que la comida la ponía Los Cebollines. Yo no sé si sea verdad, pero es de calidad. Ya no es aquello de comer en bolsas de plástico, ¡no! Ahora le dan vasos limpios, en platos limpios. Si usted quiere repite la comida, tortillas bien hechas, plátanos fritos, tamalitos de chipilín, frijoles, crema, queso. ¡Viera qué comida! Ah, pero los Salvatrucha...

¿Qué le hicieron?

Que hicieron no, ¡qué hacen! Esos no entran a los sectores como todo mundo, se van a la intemperie y no hablan con nadie. Viven con rigor y disciplina militar que ojalá tuvieran los soldados.

¿No le dio miedo?

¡Cómo no!, todo el tiempo. Tuve la suerte de caer en uno de los sectores más tranquilos. O suerte, o la gente la escoge uno porque de repente empezamos a oír los gritos de alguien que pedía auxilio. Allí lo desnudan a uno a cada ratito para registrarlo todo. Sin embargo, hay celulares y microondas por todos lados. El director llega en la noche preguntando quiénes quieren cocaína. ¡El director! Entiendo que es preferible que estén hasta el gorro y tranquilos, que sanos y agresivos.

¿Ha valido la pena dedicarse al arte?

Por supuesto. No podría haber hecho otra cosa. Yo quería ser militar, jamás pensé que iba a ser un artista. Es una vocación que no escogí. El destino me la puso y la tengo que asumir con obligación y con apostolado. Algo se queda mascullando entre dientes El Tecolote al terminar la entrevista. Sale al corredor y la luz le hace entrecerrar los ojos. Quizá se está acordando de otro de los dibujos que se quemaron.

 
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