Semanario de Prensa Libre • No. 03 • 25 de Julio de 2004    


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Libertad cultural, un desafío mundial
Vivir la propia identidad sin sufrir discriminación o desventajas políticas, económicas y sociales, es uno de los grandes desafíos del mundo de hoy.

Por Maite Garmendia

“Más de 5 mil grupos étnicos viven en los aproximadamente 200 países que existen hoy en el mundo. En dos de cada tres países, hay al menos un grupo minoritario considerable, ya sea étnico o religioso, que representa al 10 por ciento de la población o más”.

La diversidad abarca todo el planeta. Para quien no quiere abrir los ojos a esa realidad, están los datos del último Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que lleva por título La libertad cultural en el mundo diverso de hoy.

Esas palabras, por sí solas, ya dicen bastante y perfilan uno de los grandes desafíos del mundo contemporáneo: vivir la propia identidad sin verse enfrentado a situaciones de discriminación o desventajas.

Requisito para el desarrollo humano

El documento, presentado el 15 de julio pasado, sostiene que “la libertad cultural debe ser adoptada como uno más de los derechos humanos básicos y como un requisito para conseguir el desarrollo de las cada vez más diversas sociedades del siglo XXI”.

Las comunidades indígenas de América Latina, las minorías étnicas de los Balcanes o los miles de inmigrantes que llegan cada día a los llamados países del Norte poseen el derecho de la libertad cultural.

¿Qué implica eso? Que todo individuo tiene derecho a mantener su identidad étnica, lingüística y religiosa y que deben aplicarse políticas que reconozcan y protejan esas identidades, sostienen los autores del informe.

“Si el mundo desea lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio —relativos a educación primaria, mortalidad infantil o acceso a agua, entre otros— y erradicar definitivamente la pobreza, primero debe enfrentar con éxito el desafío de construir sociedades inclusivas y diversas en términos culturales”, señala Mark Malloch Brown, administrador del PNUD.

Con sólo echar un rápido vistazo a la realidad mundial, se constata que aún falta mucho para llegar a esas “sociedades inclusivas y diversas”.

Si bien hay casos y experiencias exitosas, no hay que olvidar que, hoy por hoy, la exclusión cultural se repite en muchos lugares de los cinco continentes. La opresión religiosa, la insistencia en que los inmigrantes abandonen sus costumbres o las desventajas de oportunidades sociales, políticas y económicas debido a la identidad cultural muestran esa realidad.

Una vez más, los números dan cuenta de todo ello. Por ejemplo, en Serbia y Montenegro, un 30 por ciento de los niños romaní nunca ha asistido a la escuela primaria; o en México, el 81 por ciento del pueblo indígena percibe ingresos por debajo de la línea de la pobreza, en comparación con el 18 por ciento correspondiente a la población en general, ejemplifica el texto del PNUD.

Democracias multiculturales

Ante el panorama descrito, la construcción de democracias multiculturales, en las que “la gente cuente con la libertad para practicar su religión en forma abierta, para hablar su lengua, para honrar su legado étnico o religioso, sin temor al ridículo, al castigo o la restricción de oportunidades”, se presenta como el gran reto.

Los Estados no sólo “deben reconocer las diferencias culturales en sus constituciones, leyes e instituciones”; también “necesitan formular políticas que garanticen que los grupos mayoritarios o dominantes no ignorarán ni anularán los intereses de grupos específicos, sean éstos minorías o bien mayorías históricamente marginadas”.

El propio informe indica que “esto no es fácil”, pero muestra enfoques innovadores para manejar la diversidad cultural, “que ha llegado para quedarse, y crecer”.

¿Qué políticas se pueden impulsar?

El documento del PNUD apunta que los “Estados deben encontrar formas de forjar la unidad nacional en medio de esta diversidad”.

Entre las políticas públicas que se han aplicado en varios países encaminadas a ello, se cita, entre otros, la educación bilingüe, los planes de discriminación positiva o los sistemas innovadores de representación proporcional y federalismo. Para ilustrar el primer caso, se presenta el ejemplo de India que ha practicado la “fórmula de la tres lenguas”, mediante la cual a los niños se les enseña en la lengua oficial de su estado, además de las dos lenguas oficiales del país: el hindi y el inglés.

Al hablar de discriminación positiva, se recoge la experiencia de Estados Unidos, donde se han reducido algunas desigualdades. En 1978, del total de jueces y abogados sólo 1.2 por ciento eran negros; pero para 2003, esa cifra se elevó al 5.1 por ciento.

Por último, están los sistemas innovadores de representación proporcional y federalismo para la construcción de Estados multiculturales estables.

Ejemplo del primer caso es Nueva Zelandia, donde la subrepresentación crónica de los maoríes fue abordada por medio de reformas electorales. “Con la introducción de la representación proporcional en lugar de la fórmula, el ganador se lo lleva todo”. La representación maorí se elevó del 3 por ciento en 1993 al 16 por ciento en las elecciones de 2002, lo que coincide con su proporción en la población total”, indica el texto.

Otra opción es el federalismo. Por ejemplo, en España, vascos, gallegos y catalanes, así como las otras 12 comunidades del país, tienen autonomía en áreas como la educación o la lengua.

Cambio en la cultura política

Echar a andar acciones similares a las anteriores, en el mundo diverso de hoy, se presenta como indispensable.

Hacerlo o no hacerlo no parece que sea la cuestión. Y es que, no impulsar políticas multiculturales o “no abordar las luchas por la identidad cultural o abordarlas en forma inadecuada” podrían transformarse en fuente de inestabilidad e, incluso, de conflicto y retroceso del desarrollo.

Pero más allá de la implementación de políticas o las modificaciones a la legislación, Malloch Brown señala que es necesario un cambio en la cultura política. Es decir “en el modo en que los ciudadanos piensan, sienten y actúan para dar genuina cabida a las necesidades y aspiraciones de los demás”.

Sin ello, agrega Malloch Brown, “el cambio nunca será real”.

Otros puntos

El informe del PNUD aborda múltiples aspectos relacionados con la libertad cultural, como la globalización y las olas de inmigrantes, y plantea opciones.

¿Cómo enfrentar las nuevas olas de migración?

Casi la mitad de la población de Los Ángeles o Toronto son inmigrantes. Con datos como ésos, el informe plantea “la necesidad de permitir que los inmigrantes se conviertan en integrantes plenos de los países que los acogen, sin que esto signifique abandonar los vínculos con su país de origen”. El reto es “forjar políticas que integren los objetivos de unidad y respeto por las diferencias”.

Bienes culturales, no sólo en manos del mercado

“Alrededor del 80 por ciento del flujo comercial cultural se origina sólo en 13 países, liderados por Estados Unidos”. Ante realidades como ésa, los bienes culturales “que transmiten ideas, símbolos y modos de vida” no se pueden dejar sólo en manos de las fuerzas de mercado, porque se reduciría la diversidad cultural. Una de las opciones es que los países den incentivos financieros, como en Brasil y Argentina, a la producción cinematográfica nacional.

Derrumbe de mitos

Durante años muchos han considerado que las políticas que reconocen las identidades culturales y favorecen la diversidad originan fragmentación, conflictos, prácticas autoritarias o reducen el ritmo del desarrollo. El informe contradice dichos mitos.

Diversidad en tiempos de globalización

Los desafíos del Estado están más allá de sus fronteras. “La globalización puede amenazar las identidades nacionales y locales. La solución no es regresar al nacionalismo aislacionista, sino diseñar políticas multiculturales que promuevan la diversidad y el pluralismo”..

 
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