Semanario de Prensa Libre • No. 03 • 25 de Julio de 2004    


   Portada
   Editorial
   Claroscuro
   Columna invitada
   D todo un poco
   D frente
   Opinión
   D portafolio
   D mundo
   D fondo
   D cultura
   D famosos
   D viaje
   Punto final
   D archivo
   Directorio


Punto final

Grietas en la visión de los vulcanos
Los vulcanos han disminuido tanto el prestigio y el poder de Estados Unidos por haber pecado de excesos imperiales y su torpe manejo de la guerra.

PH. D. S. Grewnway*

Karl Rove, el asesor político decano de George W. Bush, tiene una presentación PowerPoint con las características personales que deben ser suficientes para que Bush sea reelegido. Entre ellas están: “líder vigoroso, acción audaz, grandes ideas, dirige un equipo fuerte”. Yo podía haber aceptado eso en los días posteriores al 11 de septiembre cuando el presidente dio nuevos ánimos a una nación temerosa. Podía haber aceptado eso cuando tomó la decisión correcta de lanzarse contra Afganistán y desarraigar a Al Qaeda. Y estaba preparado para aceptar la proposición de que, en términos generales, los republicanos habían creado mejores equipos de política exterior y seguridad nacional que los demócratas en las décadas recientes.

Pero, aunque The Rise of the Vulcans, como el escritor James Mann llama a la emergencia del Gabinete de guerra del Presidente Bush, parecía impresionante en el papel que sus miembros introdujeran una debilidad arterial en el corazón de la presidencia, que ha reducido la fuerza de Estados Unidos de América. Fue la fatal obsesión de cuando menos algunos de ellos con Irak.

“Los Vulcanos” fue el nombre que ellos mismos se dieron en honor a una estatua del dios romano que estaba en una colina de las afueras de Birmingham, Alabama, el pueblo natal de Condoleezza Rice. Su visión, tal como la describe Mann “era la de un Estados Unidos inmutable”, una potencia militar de tal magnitud que no necesitaba ya de hacer concesiones o establecer acuerdos con cualesquiera otras naciones. Aunque Mann se concentra en sólo seis de ellos -Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Colin Powell, Paul Wolfwitz, Richard Armitage y Condoleezza Rice- hay actores de reparto en este drama como Richard Perle, Douglas Feith, John Bolton, Lewis (Scooter) Libby y otros que compartían la misma visión con la devoción de los adherentes a un culto.

Recibieron su inspiración de los años de Ronald Reagan y de su disposición a desafiar al “imperio del mal” de los soviéticos y no sólo llegar a un acuerdo oficioso con él mediante la distensión. La emergencia de Europa Oriental de su posición bajo la mano muerta del comunismo y el desplome de la Unión Soviética en sí, fueron ejemplos del poder que tienen los mercados libres, la democracia y el poderío armado.
Algunos de los vulcanos tenían estrechas relaciones con el Partido Likud de Israel.

Soñaban con trasformar a Irak en una democracia amistosa con Israel en el corazón mismo del Oriente Medio, alguien que pudiera llevar a toda la región a alejarse de los dictadores y reyes con los que Estados Unidos, durante demasiado tiempo, había hecho un pacto del diablo en el nombre de la estabilidad. Esa misión estaba en el corazón de Dick Cheney, quien lamentaba haber aceptado poner fin demasiado pronto a la primera Guerra del Golfo, y del Presidente Bush, quien percibía que su padre había cometido un error al detener sus tropas antes de llegar a Bagdad... una decisión que, por cierto, se ve mejor cada hora cada día pasa.

Sabemos ahora, por Bob Woodward y Richard Clarke, que los vulcanos llevaron consigo su gran obsesión al poder y que el presidente compró el paquete completo. En el preciso día que el Pentágono y las Torres Gemelas fueron atacados, Clarke escribe: “Me di cuenta casi con un dolor agudo que Rumsfeld y Wolfowitz iban a intentar sacar ventaja de esa tragedia nacional para promover su agenda acerca de Irak”.

Los renuentes vulcanos, Powell y Armitage, trataron de advertir al Presidente Bush acerca de que las complejidades de la guerra y del Oriente Medio podrían combinarse para derrotar tan grandiosos planes. Al final, como escribe Woodward, se convirtieron en quienes “lo hicieron posibles, al proporcionar cobertura y una apariencia razonable para que Cheney y Rumsfeld impusieran su voluntad”. Es desilusionante para mí, que escribí en su tiempo que el discurso de Powell ante las Naciones Unidas acerca de los peligros de Irak me había parecido totalmente convincente, escuchar a Powell decir ahora que gran parte de ese discurso era una tontería.

Se necesitó valor personal para que Rumsfeld, en el día en que la mayoría de nuestros líderes habían huido de Washington, permaneciera en el Pentágono en llamas y declarara que era demasiado viejo para ir a una locación desconocida. Pero él mismo condenó al fracaso la operación en Irak cuando dijo a Colin Powell que la planificación de la posguerra sólo podía ser llevada a cabo por aquéllos que estuvieran totalmente comprometidos con la invasión de Irak y fueran partidarios del cambio, y no con los 75 expertos en el Oriente Medio a quienes el Departamento de Estado había reunido. Como siempre, la ideología triunfó sobre la experiencia.

Y así se desarrolló. Cuando empezó el saqueo como consecuencia de una mala planeación, el comentario de Rumsfeld fue que “las cosas pasan” y que “la libertad no es muy ordenada”, sin considerar que los historiadores pensarán que ése fue el momento en que se perdió la guerra. Cuando se reveló que los estadounidenses llevaban a cabo torturas, Rumsfeld prefirió llamarlo abusos, sin llegar al extremo -pero sí muy cerca- de Rush Limbaugh, quien dijo que era un poco más que las novatadas que se acostumbran en algunas fraternidades estudiantiles.

Bush cometió un acto de libelo contra sus críticos al afirmar que aquéllos que dudaban de que el Oriente Medio estaba listo para la democracia eran racistas. Nunca se trató de que los árabes no pudieran ser demócratas. Era más bien que la democracia no podía ser impuesta por el poderío estadounidense en una región que no estaba lista para ella.

Hoy día, sin embargo, los vulcanos han disminuido tanto el prestigio y el poder de Estados Unidos, por haber pecado de excesos imperiales y su torpe manejo de la guerra, que Estados Unidos es menos capaz de influir en otros países que antes de Irak y es menos ahora un motor para el cambio democrático. El Presidente George W. Bush como el “poderoso líder” de “acción audaz y grandes ideas” distrajo a la nación de la guerra contra el terrorismo y nos hizo a los estadounidenses más vulnerables. En cuanto al “equipo fuerte”, los vulcanos y su obsesión con Irak nos han hecho más débiles, no más fuertes. Y, además, Mann nos dice que la estatua de Vulcano ha sido retirada para reparar sus fallas estructurales.

*Columnista de The Boston Globe
Distribuido por The New York Times News Service

 
© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
revistad@prensalibre.com.gt
www.prensalibre.com