De la violencia
y los discursos fantasmagóricos
Por Alexander Sequén-Monchez
En Guatemala ya es común que no tengamos control de nuestras palabras. Basta contar más mujeres que hombres entre los cuerpos hallados en escampados o en el fondo de un tonel, para asegurar que se trata de un feminicidio. Luego, a perder el tiempo abultando estadísticas, comparando nuestra situación con la de Ciudad Juárez, convocando a marchas empecinadas en rescatar la victimización simbólica como única protesta válida. En fin, una solidaridad fugaz y sadomasoquista, sin ideas, sin los pies en la tierra.
¿Existe tal cosa como el feminicidio? Si es así, esto implica forzosamente que la población masculina ha declarado la guerra contra la mujer. Al menos es la situación falsa que promueven varias organizaciones de la cada vez más ficticia sociedad civil. La debilidad por la polarización -en este caso hombres contra mujeres- fabrica estigmas y anula las claves que permitirían explicar en qué consiste y hacia dónde se encamina este fenómeno. El escándalo sexista sólo echa a perder cualquier intento de comprensión, no digamos de acción.
Utilizar esas muertes como bandera sexual es infructuoso. ¿Acaso la muerte de esas mujeres ha sido provocada únicamente por hombres? Por lo visto, no han investigado acerca de las adolescentes que participan -con más saña incluso- en varios de los crímenes que, fingidamente, han levantado la indignación política. En realidad, estamos presenciando cómo el país se viene abajo, y nosotros con él, y nos importa apenas adaptarnos y que lo peor suceda en terceros: mujeres, hombres, ancianos, pobres. Qué más da.
Con afirmar que el llevado y traído feminicidio es una realidad no hacemos más que favorecer el dominio de la mentira y de la ignorancia. Un asesinato es un asesinato, independientemente de quién sea la víctima. ¿Por qué ha de ser más repudiable la crueldad contra una mujer que contra un hombre o contra un niño? ¿Y la trillada equidad de género? El feminicidio es un abuso verbal y el colmo de la irresponsabilidad.
Si bien es cierto que la mujer es un blanco de violencia reiterada, no es verdad que sea la única víctima del caos bien organizado en que ha devenido la conflictividad social. Y digo bien organizado, porque esa miseria humana va más allá de las maras y de la ineficacia de las autoridades. Hay demasiada ineptitud e impunidad como para suponer que matar continúa siendo una de las tareas más fáciles, protegidas y mejor pagadas.
En todas las épocas nunca han faltado los cadáveres troceados. Todos disponemos de una capacidad de perversión inimaginable. Para subsistir, las sociedades han establecido amenazas y castigos hasta más o menos anestesiar esos impulsos. Sin embargo, el doble exceso de la modernidad y de la tecnología incubó un mal paralelo: el desprecio de la vida. Esa contradicción entre bienestar colectivo e insatisfacción individual está presente en los países desarrollados: inventaron la máquina, las vacunas, la Internet y, por supuesto, han creado el veneno moral que salpica los crímenes más salvajes, del genocidio al asesinato pasional.
Los espejismos confortables que otorga el exceso de la riqueza les ha permitido enfrentar o invisibilizar -depende de los intereses vigentes- la violencia. Esto es impensable para sociedades infernales, como las latinoamericanas que sólo afirman su identidad en los desperdicios éticos y tecnológicos de una modernidad desconocida. Aquí es de donde deberíamos partir para entender porqué se encuentra el cuerpo de una mujer -o de un niño- entre la basura, lo mismo en Guatemala que en Estados Unidos.
Una muchacha metida en un costal, vejada en todo el sentido de la palabra, no está allí porque los hombres sean malos. Está allí porque la sociedad ha preparado su sacrifico desde hace tiempo.
Cuántos fantasmas amodorrados se ponen de pie en el momento en que un guatemalteco tiene la oportunidad de hacer daño. Ese cadáver seguirá estando allí hasta que entendamos que primero es lo primero: recuperar la dignidad y el derecho a la vida sin importar quiénes somos o cuánto tengamos.
El Aleph
(Fragmento)
“En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos..., vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”
Jorge Luis Borges
(Argentina, 1899-1986) |