Semanario de Prensa Libre • No. 19 • 14 de Noviembre de 2004    


   Portada
   Editorial
   Opinión
   Cartas
   D todo un poco
   D frente
   Claroscuro
   Columna invitada
   D portafolio
   D mundo
   D fondo
   D cultura
   D famosos
   D viaje
   Punto final
   D archivo
   Directorio


Claroscuro

Celebrar la vida
El 1 de noviembre no es momento para lágrimas en Santiago Sacatepéquez.

Por Francisco Mauricio Martínez

Diminutos puntos de luz te nublan la vista, mientras intentas componerte el cabello, enredado por dedos invisibles. El sol brilla entre los enormes barriletes mecidos por el viento de Santiago Sacatepéquez.

“¡Foto, foto!”, los muchachos muestran su cometa orgullosos a los turistas mientras recorren la calle que les lleva al cementerio como cada 1 de noviembre. Allí, cientos de montículos de tierra esperan a los visitantes.

Tumbas anónimas, eterno descanso de quienes no pudieron pagar una lápida, son pisoteadas con indiferencia por barrileteros y visitantes. Con la mirada dirigida hacia el cielo es difícil ver donde se ponen los pies.

Clin, clin, la campanilla del heladero se aleja. Dos niñas, felices por haber conseguido Q2 de una turista gringa, se relamen. La mañana está soleada y el delicioso helado se escurre entre sus dedos salpicando el camposanto. Sentadas sobre una tumba, siguen los esfuerzos de los muchachos que, en vano, tratan de elevar un enorme barrilete. Una voz en estéreo les alienta y recuerda a los presentes el sentido de la celebración.

La tradición dice que los barriletes llevan mensajes a los espíritus de los difuntos, que comunican a las familias separadas por lo inevitable. Sin embargo, hoy nadie parece pensar en los muertos. Ha costado dos meses hacer las cometas y es el momento de elevarlas, de ver si el delicado papel de china resiste los embates de la brisa, de sembrar el cielo de color.

Un día al año, cada año desde hace 105, los fallecidos se convierten en protagonistas y testigos, en suelo que sostiene y techo que cubre, en recordados y recordatorios. Este año, jirones del sedoso papel cubrirán el suelo antes del mediodía, pasarán de vestir el cielo a abrigar la tierra, pero nadie perderá la ilusión ya que, aunque la muerte repose bajo los pies, su espíritu no se encuentra en el ambiente. Risas y parloteos envuelven las lápidas, acostumbradas a un año de silencio.

¿Vida y muerte se unieron en Santiago Sacatepéquez el 1 de noviembre? No, por que lo cierto es que siempre van de la mano. Ese niño que intenta escalar la cruz de una sepultura como si fuera la cumbre de un volcán, lo dice. Esa anciana parada sobre un montículo de tierra removida y flores, lo dice. Esa pareja besándose a la sombra de un mausoleo, lo dice. Los cientos de cometas que decoran el cielo, también lo dicen. La muerte es algo natural, parte de la vida y no hay que darle la espalda. De nada sirve.

Mientras en otros países la muerte es una tragedia o un acto heroico y el día de Todos los Santos, momento de derramar lágrimas o de realizar actos solemnes, en Guatemala la gente pasa el día de los muertos entre risas y papeles de colores. Encuentran en esta jornada una excusa más para celebrar la vida.

 
© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
revistad@prensalibre.com.gt
www.prensalibre.com