Semanario de Prensa Libre • No. 19 • 14 de Noviembre de 2004    


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D mundo

El poder de las empresas
Las multinacionales reunen, en muchas ocasiones, un poder económico tan fuerte que influye en la política de muchos países

Por Liliana Pellicer

Mitsubishi, la empresa más rica del mundo, tiene un capital siete veces superior al Producto Interior Bruto (PIB) de Guatemala. Al igual que esta multinacional, otros gigantes empresariales del mundo poseen un valor muy superior al PIB de muchos países, reuniendo, por ello, un poder que llega en ocasiones a influir en políticas nacionales. ¿Es exagerado afirmar que el devenir económico del planeta está en manos de unas cuantas empresas? Los datos hablan solos.

Sede de General Motors, una
de las empresas más ricas
del mundo.

Las 200 empresas más ricas del mundo tienen una cantidad de negocio anual que supone la cuarta parte (26,3 por ciento) de la producción mundial, crece el doble de rápido que el Producto Interior Bruto de los 29 países industrializados que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y supera la producción total de los 182 países que no forman parte de la OCDE.

Las cifras que manejan estas multinacionales son millonarias. Según la revista Capital, las ventas de General Motors, por ejemplo, han superado la producción nacional de cerca de 200 países; el valor de las acciones de la empresa de sistemas de Internet Cisco Systems sólo era superado por la producción nacional de 10 Estados en todo el mundo hasta marzo de 2003; los beneficios repartidos entre los accionistas de General Electric en 1997 superaron la producción anual de los 40 millones de habitantes de la República Democrática del Congo; y el número de empleados de la General Motors superan a las fuerzas armadas de muchos Estados del mundo.

¿Quienes son?

La lista de estos 200 gigantes está siempre en movimiento por las constantes fusiones y absorciones que se producen entre ellas. Las 10 más importantes son Mitsubishi, Mitsui, Itochu, General Motors, Sumitomo, Marubeni, Ford Motor, Toyota Motor, Exxon y Royal Dutch/Shell Group.

Detrás de estas poderosas empresas hay personas todavía más poderosas: sus propietarios. Entre los más ricos están apellidos como Guinness, Ford, Philip, Merck, Ferrero, Henkel, Peugeot, Bosch, Dassault, Michelin, Heineken o Barilla. Son sus mayores accionistas. Sin embargo, también hay nombres mucho más conocidos, como Billy Gates (Microsoft) cuya fortuna, según la revista Forbes, está valorada en $46 mil 600 millones o Warren Buffet (inversionista), con $42 mil 900 millones en su haber. En total, si se suman las fortunas personales de los 225 multimillonarios más importantes, el resultado es superior a los ingresos anuales de 2 mil 500 millones de personas, las más pobres del planeta.

Estas empresas, aunque extendidas por todo el mundo, tienen patria: la de sus propietarios mayoritarios. Las 200 mayores tienen sus sedes en tan sólo 17 países de los 211 Estados independientes de la tierra. De ellas, 176 están radicadas en 6 potencias y más de una tercera parte (74) son norteamericanas.

Después de Estados Unidos, el país donde hay más multinacionales es Japón, con 152 de las 500 mayores no estadounidenses; hay 75 inglesas, 47 francesas, 42 alemanas, 22 canadienses, y 15 italianas, por lo que el Grupo de los Siete (el G-7) representa el 80 por ciento de las multinacionales. Fuera de este grupo, Suiza, Corea, Suecia, Australia, y Holanda pasan de la docena.

El poder real de los gobiernos

¿Puede un Estado luchar contra estos gigantes? A la vista de todos estos datos parece lógico afirmar que el poder político de la inmensa mayoría de los países hoy existentes nada o casi nada puede frente a empresas de dimensiones superiores a los Estados. La política fiscal, el precio de los terrenos, la calidad y la programación de las infraestructuras, la legislación laboral, la negociación con los sindicatos, la venalidad de los políticos y de la justicia, y otros muchos factores entran en juego cuando una multinacional trata con un gobierno.

En la mayoría de las ocasiones se tiende a satisfacer los deseos de las multinacionales ya que el cierre de una planta, por ejemplo, puede ocasionar un desequilibrio en la economía nacional, pérdidas fiscales, miles de despidos… Por ello, en algunos países se crean las llamadas “zonas francas”, descritas por Naomi Klein en su libro No Logo. Los gobiernos impulsan estas zonas industriales para atraer inversiones extranjeras y, para ello, ofrecen privilegios económicos: no pagan impuestos, no deben cumplir legislación sindical ni medioambiental, pueden sacar el dinero del país fácilmente y además el gobierno mantiene una estructura de empresas de servicios para las propias multinacionales.

Esta influencia en la política de los países se ha materializado a lo largo de la historia en episodios cruciales. Guatemala, en 1944, fue escenario de uno de ellos. La Revolución de Octubre había acabado con el régimen del general Jorge Ubico e instaurado, tras las primeras elecciones libres, un régimen democrático presidido por Árbenz en 1951. Afectada la United Fruit (UFCO) por la reforma agraria arbencista de 1952, que repartió tierras y $18 millones a 500 mil campesinos, Estados Unidos buscó en la tendencia de izquierdas del nuevo gobierno la excusa perfecta para orquestar un golpe de Estado que terminó con el exilio de Jacobo Árbenz. Esto sucedió hace 60 años, ¿han cambiado las cosas desde entonces?

 
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