Semanario de Prensa Libre • No. 19 • 14 de Noviembre de 2004    


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Opinión

El tributo a la democracia anticiudadana
El triunfo de los republicanos se debe a que manipularon el pánico de los indecisos con la reaparición trucada de Osama Bin Laden.

Por: Alexander Sequén-Mónchez

Con los ojos desorbitados y la boca a medio cerrar, George W. Bush exhibe a la cámara sus gestos de robot. Celebra un resultado que lo aloja cuatro años más en la Casa Blanca. ¿Quién gana y quién pierde? En principio, el ahora dos veces presidente de Estados Unidos ha logrado legitimar, mal que bien y por ajustadísimo margen, una victoria que obtuvo años atrás mediante jugarretas de último minuto. En efecto, Ohio no es Florida, pero tampoco Bush es el gobernante de todos los norteamericanos. El país ha quedado partido en dos mitades irreconciliables.

El triunfo de los republicanos se debe a que manipularon el pánico de los indecisos con la reaparición trucada de Osama Bin Laden -el gran socio de la familia Bush- pocas horas antes de las elecciones. Habría que preguntarse por qué esa porción votante de Estados Unidos no se ha percatado de que esa guerra psicológica flamea sólo en la locura de su propio presidente. El imaginario colectivo norteamericano admite que el enemigo pueda estar en casa, toda vez tenga barba y un trapo amarrado a la cabeza. También caben en el estereotipo el negro y el hispano, el inmigrante que consiguió su green card nadando. En fin, las minorías contra las que se movilizó electoralmente la ultra derecha.

La afección patriótica de Estados Unidos insufla la estrechez racista y está muy ligada al sadomasoquismo: quieren sufrir para tener el placer de levantarse nuevamente. El trabajo redime; y hacer la guerra también es trabajar. Quieren ser el ejemplo único. Y Bush los complace convenciéndolos de que, en esta infame película de la vida, sólo los demás son malos. Haber construido un liderazgo histórico sobre los cimientos del puritanismo y del progreso obsesivo, ha traído consigo una profunda enfermedad moral y psicológica. Los padres de la violencia están muertos de miedo ante monstruos que no son sino su reflejo.

La debilidad por la que atraviesa el partido opositor fue gran aliada en la contienda. Ni Al Gore ni John Kerry, siendo intelectualmente superiores, pudieron despacharse a un texano intrascendente. La situación no habría cambiado gran cosa con un gobierno demócrata; ambos forman parte de los intereses corporativistas, aunque no en la misma proporción. Posiblemente, la ventaja que ofrecía Kerry era suspender esa farsa que se lleva a cabo contra el pueblo iraquí. De hoy al 2008, nos enteraremos de nuevos blancos de guerra en el Oriente Medio. Esta cruzada religioso-petrolera es irrefrenable. Tampoco hay que descartar que a Donald Rumsfeld se le pueda ocurrir que, de la noche a la mañana, en alguna parte de Latinoamérica se construyen armas de destrucción masiva. ¿Será el fin del derecho internacional? En este sentido, Bush vendió al electorado la promesa de una superioridad etnocéntrica y de un mandato que busca proteger de plagas imaginarias, no a la Nación: al mundo. Pero lo que no les dijo es que nadie puede ni podrá protegerlos de sí mismos.

La victoria republicana emerge apoyada en una falsa democracia. ¿Puede una mayoría saber y, en consecuencia, escoger lo que es justo? El modelo democrático de Estados Unidos está fundado en una corrompida sociedad de masas, por tanto, ¿debe permitirse a alguien gobernar porque así lo dispuso una combinación estadística? Bush acumuló buena parte de su poder en un porcentaje de personas sugestionadas. Esto requiere un examen más detenido; urge en la medida en que Washington siga imponiendo “democracias” como si de expedir comida rápida se tratara. Qué puede esperarse de un tipo de gobierno que obliga a ejercer exclusivamente el voto, pero no la autonomía política del disenso. Así, la democracia ha quedado reducida al mero consumo del icono y de su discurso. ¿Cuánta libertad dicen que tenemos y cuánta podemos practicar sin restricciones de ninguna clase? En Estados Unidos se decidió el futuro de países como el nuestro. Asistimos al imperio en que un César republicano pretende forjar, en pleno siglo XXI, un poder mundial basado en el despliegue de tropa y en la economía de guerra.

 
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