“¿Cuántas... cuántas?”
“Antes, hasta me dejaban ingresar al estadio a vender. Ahora, por vieja, ya no me dejan entrar”.
Por Francisco Mauricio Martínez
¿Cuántas... cuántas?, es la frase que se escucha en forma incesante en las calles aledañas al estadio Mateo Flores. Algunos automovilistas se sorprenden cuando de pronto ven cómo uno o dos individuos se les prenden de la portezuela del vehículo y gritan: “¿Cuántas... cuántas?”.
Son las 16 horas del 17 de noviembre y el momento del encuentro entre Guatemala y Canadá (20:15 horas) se acerca cada vez más. Los aficionados principian a llegar y ansiosamente esperan que se abran las puertas.
Los revendedores se esfuerzan por vender las entradas que obtuvieron en los días anteriores al partido. La competencia es fuerte, debido a que el juego, al parecer, no despertó el mismo interés que los anteriores.
“¿Cuántas... cuántas?”, gritan mientras agitan el gran paquete de boletos para tribuna y general que aún no han logrado vender. Sus esfuerzos parecen vanos, debido a que nadie muestra interés.
Entre el grupo se distingue una anciana que, silenciosamente, se mueve de un lugar a otro en la 8a. avenida y 20 calle de la zona 1. De su boca sin dientes no salen gritos, únicamente balbuceos que, de lejos, no se oyen ni entienden.
“Cómpreme una” dice, en voz baja, Josefina López, de 65 años, originaria de Soloma, Huehuetenango, quien dice que desde los 17 se dedica a revender entradas en los encuentros de fútbol.
Su rostro muestra el cansancio y la angustia de no haber vendido casi nada de lo previsto. “¡Si no las vendo pierdo lo que gasté!”, expresa mientras nuevamente insiste: “¡Cómpreme una!”.
Ella dice que los encuentros de la Selección son los que más ganancias dejan, pero este encuentro parece que será la excepción. “No he vendido nada, ya voy a principiar a venderlas al precio que las compré” expresa, mientras se aleja en forma apresurada para ofrecer a otro posible cliente.
En poco tiempo estará pidiendo Q50 por las generales, por las que ahora pide Q75, y Q100 por las preferencias, que ha estado vendiendo a Q150.
Mientras ella camina de un lado a otro, los demás revendedores siguen gritando “¿cuántas... cuántas?”. Algunas veces se introducen las manos a los bolsillos para dar el cambio.
Con las ganancias del mercado negro, la anciana espera pagarse las horas que tuvo que hacer cola en los bancos para poder obtener los boletos.
“En una agencia de la zona 4 compré cinco entradas y en otra de la zona 4 otras cinco, sólo tenía que presentar mi cédula”, cuenta López, quien también vende playeras con leyendas que anuncian el Mundial de Alemania 2006.
“Siempre he vivido del fútbol. Antes hasta me dejaban entrar al estadio a vender. Ahora, por vieja, ya no me dejan entrar”, dice la anciana, quien afirma que ya se siente cansada de estar haciendo este trabajo.
“Imagínese que ya ni ganas de preguntarle a la gente ¿cuántas... cuántas? me quedan”, expresa. |