Quetzalteco especial
Editor de libros en un país con bajo índice de lectura, Oscar de León Castillo cree que aún es tiempo de recuperar los ideales de educación que impulsaron los gobiernos revolucionarios de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz.
Texto: Gustavo Adolfo Montenegro
Fotos: Emerson Díaz
Un día, cuando Oscar estaba en cuarto grado de primaria, salió de la escuela y vio a un grupo de niños de sexto grado que le habían arrebatado la gorra a un niño pequeño. “El niño lloraba. Los patojos más grandes se tiraban la gorra y se reían. A mí siempre me han caído mal los abusadores y me metí a quitarles la gorra y se la dí al niño. Andate le dije. Uno me dijo: hoy sí te cae por metiche…”.

Junto a su padre, Oscar De León Palacios, cuando fundaron su primera imprenta con un mimeógrafo manual.
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En esas andanzas por Coatepeque, Quetzaltenango, su tierra natal, transcurrieron los primeros 11 años de Oscar de León Castillo, actual director de la editorial Oscar de León Palacios, que lleva el nombre de su padre, maestro rural y autor de numerosos textos escolares. De León ha editado también numerosas obras literarias, entre poesía, narrativa, ensayo e historia. Y con cada libro se hace una pregunta ¿será que la gente va a leerlo?
¿Es difícil publicar literatura en Guatemala?
El mercado es muy pobre dado al analfabetismo funcional. Porque no sólo es el no saber descifrar, unir unas letritas con otras, sino la falta de una cultura de lectura. La escuela no nos enseña a leer.
¿Cómo podría cambiarse esto?
En la editorial llevamos unos 10 años de estar investigando eso. Estamos publicando a los autores nacionales, buenos autores, pero ¿por qué no se vende?, ¿por qué no los leen? Empezamos a investigar en las escuela y encontramos que a los niños no les gusta leer. Y es que la escuela ha confundido la gramática con la lectura, que son dos cosas diferentes. Por otro lado, el hábito de leer sólo se cultiva con la lectura recreativa, pero en la escuela sólo se estimula la lectura informativa o bien se le dan textos que no son adecuados. Por ejemplo, a un patojo de primer año lo ponen a leer El Señor Presidente ¡lo aturden! O le ponen La tentativa del león y el éxito de su empresa (fábula de fray Matías de Córdova) y el maestro ni siquiera se la explica porque tampoco él lo sabe. Pero igual le rempujan el libro. Hemos encontrado, casos en que El Señor Presidente lo leen en grupos, repartiéndose capítulos.
Y quizá el maestro ni lo ha leído
Es que hay profesores que no saben leer en voz alta, tartamudean. Por eso ahora estamos haciendo un programa de lectura, en forma de folletitos. Son 20 libritos, pequeños para no asustar a los alumnos, con pequeños consejos para leer. Son textos breves y bonitos.
Hacer esto es como se debió comenzar hace 30 años…
¡Hace 50 años! Porque hay que seguir la línea que habían trazado los gobiernos de la revolución, pero el problema es que, creo yo muy personalmente, que ni a los gobiernos ni a los que gobiernan les conviene que el pueblo se culturice y se eduque, porque le daría lugar a reflexionar. Y además de eso, la deficiencia en los graduandos no la descubrió la ministra. Eso ya lo sabíamos nosotros.
¿Cómo entró a la industria editorial?
Yo soy tipógrafo. Así empecé. Mi papá era maestro empírico. Se graduó, cuando tenía como 40 años, de la escuela La Alameda, de Chimaltenango. Yo aprendí tipografía por un tío que tenía una imprentita. El era de los que estaban luchando por la fundación del partido comunista. Mi papá era escritor de libros de texto y yo me incliné por la tipografía porque él quería que hicieramos la dupleta perfecta.
¿Dónde creció usted? Yo soy de Coatepeque, el único municipio que tiene embajada y La Embajada es una casa de putas. Por eso si uno se está peleando con la mujer se asila inmediatamente y a la mujer no la dejan pasar a dos cuadras a la redonda.
O sea que usted es quezalteco, quezalteco especial, aunque había oído decir que era originario de Chimaltenango.
Es que vivimos mucho tiempo en Chimaltenango, pero yo soy quetzalteco. De la costa. Así que aparte son los chivos. Yo soy vaca.

En los últimos cinco años, la Editorial ha publicado obras de más de 50 autores guatemaltecos.
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¿Y cuánto vivió en Coatepeque?
Vine a la capital a los 11 años. A mi papá lo quitan de director de la escuela de allá y lo quita la Revolución porque como ya tenía 15 años de estar allá, lo consideraban ubiquista.
¿Qué edad tiene usted, pues?
Yo tengo 70, nací en 1934.
Pues no se le notan.
Sí, así me han dicho. Quizá porque para mí el trabajo siempre ha sido algo que he disfrutado. Mi abuelo era arriero y me hacía trabajar igual que todos los peones, me crió a lo bandido. No vayas a venir llorando, quejándote de que te golpeó alguno porque te chicoteo. Y su máxima era: Vos no busqués pelea, pero si te buscan que te encuentren. Entonces en la escuela me daba (de golpes) con cualquiera, aunque me penquearan.
Así que también fue un arriero...
En ese tiempo el trabajo de mi abuelo era transportista. Porque los camiones eran así como los ovnis: era raro ver uno. Sacábamos el café y el maíz de las fincas hasta la estación del tren. ¿Sabía que los caballos se atascan? Así les pregunto a mis nietos y no me creen pero yo sí lo ví. En tiempo de invierno se van hundiendo en el lodo, como si fueran arenas movedizas. Para sacarlos no se les puede jalar. Se les mete un palo en la panza y hay que sacarlos levantando los extremos del palo. Imagínese 200 caballos o mulas en fila...
Era usted como Martín Fierro (arriero gaucho, personaje creado por el argentino José Hernández).
Pues sí. Y don Segundo Sombra (personaje de Ricardo Güiraldes) era mi abuelo. Cuando yo vine a Guatemala ¡puches! en la escuela se extrañaban de mí porque me fajaba con cualquiera. Vine a la escuela 20 de octubre, que quedaba frente a la iglesia San José.
¿Y donde vivían?
Vivíamos por Matamoros (Cuartel General del Ejército). La casa donde yo vivía era un palomar que existe todavía, igualito. Allí llegué a vivir con mi tío Pedro Hernández Palacios, el que después firmaría para fundar el partido comunista. En mi cuarto, sobre mi cama hacían sesiones, antes de la fundación. Ese mi tío era sindicalista y me andaba llevando a todos lados cuando (el presidente Juan José) Arévalo fundó las Misiones Ambulantes de Cultura Inicial. Mi tío iba a las fincas a inducir que organizaran sindicatos. Yo oí tocar a la Orquesta Sinfónica en las fincas, al coro nacional, al ballet Guatemala. Antes de comenzar el concierto explicaban y los campesinos, muy humildes, eran atentos, respetuosos y escuchaban.
Que bueno sería que se retomaran esas misiones en las fincas…
De último se echaban un popurrí con el son del Mishito, mi bella Guatemala…. y los campesinos, asombrados pero muy sensibles al arte.
¿Cuándo empezó su papá a hacer libros?
Como desde 1948. El los trabajaba y eran impresos en Cuba por la Editorial Cultural. Pero dejaron de venir los libros cuando entró Fidel Castro, porque una vez decomisaron un envío y en el último capítulo de los libros habían puesto la historia y triunfo de la revolucion. Entonces el presidente Ydígoras los mandó a prohibir.
Bueno, ¿y finalmente llegaron a ser la dupleta con su papá?
Pues con la caída de (el presidente Jacobo) Arbenz (1954), yo me quedo sin trabajo y entonces quise emigrar pero no para los Estados Unidos, como muchos lo hacen ahora, sino para Honduras, porque tenía un mi amigo y el me ofreció trabajo. El era topógrafo y me contrató para ir apuntando las mediciones y hacer los cálculos de área de los terrenos. En una de esas mi papá me dijo, mejor pongamos una editorial.
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También dijo...
“Al decir ciertas palabras, así respondió Óscar de León C.:
Literatura: Escribir bonito.
Lucas García: Malos recuerdos.
Ministerio de Educación: Ojalá haga algo.
Óscar de León Palacios: El mejor padre del mundo.
Tipografía : Mi juventud.
Selección nacional: Ojalá lleguemos.
Portillo: Buen cuate pero mal presidente.
El Momento más feliz: El nacimiento de mis hijos.
El Momento mas difícil: La muerte de mi mamá: ella murió cuando yo tenía 5 años.
¿Qué lugar le gustaría conocer?Ñ Macchu Picchu.
¿A donde le gustaría volver?: A mi tierra, Coatepeque, aunque esté irreconocible. |
¿Y cómo empezaron?
Comenzamos con un mimeógrafo y su máquina de escribir. Se llamaba Mimeoprenta. Cuando muere mi papá (1966) todavía la empresa no jalaba.
¿Y no se fundió el mimeografo?
Pues nos aguantó bastante. Y es que nosotros siempre dirigimos nuestras cuestiones a la escuela pública, no a los colegios privados, pues es la escuela pública la que necesita más materiales buenos y económicos.
¿Cuánto se usan hoy los libros escolares de Oscar de León?
Los libros de mi papá todavía circulan en Guatemala. Algunos están desactualizados y así circulan, pero este año los vamos a componer. Es el nuevo proyecto. Yo abandoné mucho el área escolar por meterme a publicar literatura.
Si un escritor quiere que Oscar de León le publique un libro, ¿qué necesita?
Ahorita nos hemos vuelto un poco exigentes. Ya no publicamos cualquier cosa. Al principio sí. Porque no teníamos experiencia. Hoy necesitamos que esté bien escrita y para eso tengo lectores organizados de tres en tres: dos escritores especializados y un lector común y corriente. A lo mejor éste dice: Mirá vos que bonito está me entusiasmó y vienen los otros, pero está muy mal escrito. Hay que corregirlo. Al final me dicen: el que decide sos vos porque es tu pisto…
Aquí termina esta historia
En un mueble de metal están apiladas docenas de borradores de libros de cuento y poesía, en fólderes y sobres amarillos. Algunos ya están leídos y esperan su turno de aprobación. Otros, apenas empiezan el camino a los ojos de los jueces lectores.
Antes de terminar, Oscar cuenta en qué paró el lío de cuarto grado: “Hubo puñetazos y hubo sangre de los dos lados. Cuando llegué a la casa, ya estaba la mamá del niño de sexto echándole queja a mi abuelo. Mi abuelo nos llamó a los dos y nos puso a la par. Mire señora, le dijo. ¿Quién es más pequeño? Pues su nieto, le dijo ella. Entonces... ¡Váyase de aquí antes de que le volvamos a pegar entre los dos! y me guiñó el ojo mi abuelo. Más tarde, cuando yo estaba durmiendo, he inventado un final para el cuento: mi abuelo, tan rudo, tan recio, entra a mi cuarto y me da un beso en la frente”.
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