Semanario de Prensa Libre • No. 21 • 28 de Noviembre de 2004    


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Punto final

La saga de la guerra
Mientras más novelas, testimonios y ensayos se publiquen sobre la guerra, mayor será el conocimiento de la sociedad sobre sí misma.

Por: Edgar Ruano Najarro *

Quizá algunos de los pasajes más conmovedores del libro Mujeres en la Alborada, de Yolanda Colom, son aquellos que se refieren a su decisión de separarse de su pequeño hijo para así dedicarse de lleno a la militancia revolucionaria.

Por supuesto, no fue la única mujer que optó por abandonar a su hijo para dedicarse a la lucha. Fueron muchísimas. Ya en los años sesenta “La Canche”, militante de las Fuerzas Armadas Rebeldes, dejó a su hijito al cuidado de su madre y muy de cuando en cuando, al bajar de la sierra, pasaba frente a la casa familiar para ver desde un automóvil a su pequeño jugar en la acera. Así lo vio crecer.

Otras tomaron la opción de cargar con ellos, de casa en casa, a salto de mata, burlando la persecución policial. “Rosamaría”, por su lado, llevó al suyo por los vericuetos y senderos de los bosques guatemaltecos, algunas veces bajo el fuego de los helicópteros y la artillería.

Cada uno de estos dramas personales forma parte de la historia, la gran historia de la guerra revolucionaria que se llevó a cabo en este país por más de treinta años y que lo cambió más rápidamente que varios de los siglos anteriores. El legado de tres décadas de guerra es, asimismo, parte importante de las glorias y las miserias que cotidianamente se viven en Guatemala.

Pero, ¿cómo abordar esa gran historia? Como ha sucedido en muchos países que pasaron por grandes conmociones sociales, los primeros intentos de fijar en la memoria histórica los acontecimientos provienen de los mismos protagonistas y testigos, algunas veces en forma de testimonios, autobiografías, memorias, y otras convertidas en literatura de ficción. ¿Cómo olvidar Los de Abajo, de Mariano Azuela, la primera novela de la revolución mexicana, que abrió puertas y caminos para su posterior estudio?

Así, pues, entre literatura, autobiografía y testimonio, surge la primera visión retrospectiva del enfrentamiento armado guatemalteco en espera, más adelante, del ensayo histórico con detenimiento de corte académico.

Es indudable que el iniciador de este género literario en Guatemala es Marco Antonio Flores con su novela Los Compañeros, para continuar con En el Filo, en las que narra y retrata episodios y personajes de la guerrilla de los años 1960 en la primera, y de los 1980 en la segunda.

Está también La Llama Sangrante, de Miguel Ángel Vásquez, que es un homenaje novelado a su hijo del mismo nombre, guerrillero de años de 1960, muerto en ésa época. Luego, Edmundo Urrutia, con Naufragio de las Palabras, narración que también se sitúa en los años sesenta y así, hasta llegar a Relatos de la Muerte, de Adalberto Jiménez, que aunque no es una novela estrictamente del conflicto armado, se puede ubicar en este género, ya que en parte recoge episodios de la historia del Partido Guatemalteco del Trabajo, PGT.

En el género autobiográfico se destacan Epitafio para César Montes, de Julio César Macías, que constituye una serie de imágenes de su experiencia en la militancia revolucionaria; el ya mencionado Mujeres en la Alborada, de Yolanda Colom; La Resistencia, de Miguel Ángel Sandoval, que narra la historia de los comandos urbanos de la guerrilla de la década de 1960. De gran interés para esa década es La Guerra de los 36 años, de la “Chiqui” Ramírez.

Mención especial merecen en este género los libros Los Días de la Selva y Trueno en la Ciudad, de Mario Payeras, que son relatos de dos procesos de la guerra, como son la implantación inicial de la guerrilla del Ejército Guerrillero de los Pobres, el primero, y las operaciones guerrilleras en la ciudad cuando dicha organización había alcanzado un notable grado de desarrollo.

También se encuentra Los que se fueron por la libre, de Mario Roberto Morales, que en realidad fue publicado inicialmente por entregas del diario Siglo Veintiuno y luego en forma de libro. Se trata de una narración cuyo propósito es denunciar arbitrariedades, crímenes, métodos y procedimientos autoritarios para con su propia militancia por parte de las organizaciones guerrilleras.

El último libro de este tipo es el de Santiago Santacruz, Insurgentes, uno de cuyos méritos es ofrecer una visión más amplia de la antigua Organización del Pueblo en Armas (ORPA), ya que dicho grupo guerrillero es quizá de los menos conocidos en sus interioridades e historia, dada la ausencia de escritos que las narren.

Como se puede colegir, la enorme mayoría de estos relatos, novelados o autobiográficos, son de autores que fueron militantes en la izquierda revolucionaria o simpatizantes de ella. Hay una notoria ausencia de obras similares entre la derecha política y en particular de autores de las filas del Ejército de Guatemala. Por lo mismo, es notable un libro autobiográfico de una mujer, Rosaura Martínez Luna, quien publicó Vivencias de Antaño de una Mujer Soldado, en el que escribe su experiencia en el Ejército en la zona de Petén, a la sazón uno de los principales escenarios de la guerra en los años de 1980.

El género que sigue en esta producción bibliográfica es de las historias de vida. Se trata de obras en las que el autor es un investigador que recoge el relato del testigo o informante. El mismo investigador sitúa la obra en el tiempo, dirige la entrevista, ayuda a esclarecer recuerdos oscuros, fechas y acontecimientos y, finalmente, da forma a la exposición, es decir, redacta el libro, respetando hasta donde sea posible la narración del personaje para así no perder la frescura de la misma.

El objetivo del investigador en este caso puede ser explicar un proceso histórico a través de la vida de un personaje, o cualquier otro, siempre dentro del ámbito del conocimiento científico social.

En la línea de la guerra revolucionaria, el más conocido de este género es el de Elizabeth Burgos, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, cuya exclusiva autoría por parte de la Burgos es objeto de discusión, pero en todo caso se trata del libro testimonial guatemalteco de la guerra de más circulación y ediciones en el mundo. Luego, se tiene Fortuny: un comunista guatemalteco, de Marco Antonio Flores y Paz Tejada, militar y Revolucionario, de Carlos Figueroa Ibarra.

Por supuesto, los trabajos no se agotan con este listado. Quedan muchísimos fuera de este texto y la única razón de esto es la falta de espacio. Solamente se ha querido ofrecer un panorama general de la saga de la guerra guatemalteca, pues existe la convicción de que mientras más novelas, autobiografías, historias de vida, testimonios, y finalmente ensayos, sobre la guerra guatemalteca se escriban y publiquen, mayor será el conocimiento de esta sociedad sobre sí misma y con ello más pronto alcanzará el sosiego y la paz espiritual, tan necesarios para emprender los grandes proyectos nacionales.

* Sociólogo guatemalteco.

 
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