La muerte, dueña y señora de Jerusalén
Por Alexander Sequén-Mónchez
El calvario que sufren israelíes y palestinos arrasa a todos por igual. Teniendo un origen común -lengua y destino, el yugo romano- han perfeccionado el odio. En principio fue la diáspora; siglos más tarde, el Holocausto perpetrado por los nazis. Con el mundo de su parte, lograron crear su propio Estado, una pertenencia territorial según sus leyes. Y lo hicieron quedándose con Palestina.
Los judíos establecieron una realidad política basada en el poder de las armas. Habiendo sido aniquilados por una perversidad sin precedentes, fabricaron la bomba nuclear. Su inteligencia bélica tiene una mano metida en todos los conflictos internacionales. En Guatemala, se les recuerda por el comercio militar de los fusiles tipo Galil. No se entiende cómo pudieron pasar, sin remordimientos de conciencia, de víctimas a victimarios.
Es justo que los palestinos busquen liberarse. Lamentablemente, no fue difícil ir de las ideas al terror, de la ideología al fanatismo. Ni Alá, ni el Dios de los cristianos, es más grande porque un niño se enrolle al cuerpo kilos de dinamita. Deben reprocharse sus actos guerrilleros, pero la OLP planteó la posibilidad del diálogo. Yasser Arafat intercaló las propuestas con el uso de atentados, hasta que perdió el control de los más radicales. En todo caso, las negociaciones cubrieron más tiempo y cadáveres que buenos resultados.
El mérito de Arafat fue, además de manejar hábilmente la escena mundial, haberse convertido en interlocutor del poder israelí. Si a principios de la década del noventa, dio la cara a Isaac Rabin en las discusiones de Camp David, vio venir su fin con la llegada de Ariel Sharón, verdadero enemigo desde los tiempos de Shabra y Shatila.
Si Rabin abrió las puertas al diálogo con los árabes, incluida la paz con el rey Hussein de Jordania, Sharón lanzó sus tanques hasta arrinconar a Arafat en su Muqata durante los últimos tres años. Una estrategia que mermó tanto su salud como su presencia al frente de la Autoridad Nacional Palestina.
Rabin fue asesinado en Tel Aviv por los suyos, y Sharón ha pactado su control con el Partido Laborista y el Likud, sin olvidar el apoyo incondicional del extremismo sionista, que también ocupa sendas sillas en el Pentágono.
Es así que los hilos de la manipulación quedan al descubierto. Todos estos creyentes en Dios están involucrados en la industria de la guerra. No es sincera su voluntad de paz y como dirigentes políticos están lejos de representar el anhelo de sus pueblos; avivan el fuego del rencor para comerciar y expandirse. El Oriente Medio es un ejemplo detestable de las capacidades que despliegan las potencias para imponer sus intereses.
La muerte de Arafat coincide con la reelección de Bush. Y ni Al Fatah ni Hamas dan muestras de querer encauzar la lucha hacia otros derroteros que no sean las purgas internas y el terrorismo. Todo parece planeado para que Estados Unidos se enfoque militarmente contra Irán y el Líbano. Y no habrá tercera Intifada que valga si los palestinos no logran llenar el vacío y proyectar ese liderazgo en función de alianzas.
Arafat fue enterrado sin cumplir su promesa. Algunos han dicho que se equivocó al no firmar el acuerdo propiciado por un presidente Clinton ansioso de guardarse la fama. Otros, entre ellos Edward Said, lo declararon traidor al dejarse maniatar por la diplomacia occidental desplegada en Oslo.
Ángel o demonio, que arda en las llamas: podemos abominar sus métodos, pero nunca negarle el valor de asumir un tiempo en que el hebreo y el árabe fueron los idiomas de la violencia. Palestina merece su propia tierra y ese ideal se agita en terrible desventaja. Los judíos no quieren recordar que a ellos también se les negó este derecho. ¿Tendrán memoria de aquél dolor?
Unos y otros han rasgado una raya infernal entre la Biblia y el Corán. Pero sólo el gobierno israelí ha levantado el muro que avergüenza sus orígenes. ¿Es este el pueblo de Dios? |