Semanario de Prensa Libre • No. 13 • 3 de Octubre de 2004    


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Claroscuro

Secretos de un tribunal
Dolor de la víctima, pericia o torpeza del abogado, o mirada del acusado, crean la atmósfera.

Por: Lorena Seijo

La tensión crece en la sala cuando la víctima se acerca a declarar. El ambiente es frío y hostil, sobre todo cuando las FEP rodean la sala y los acusados esconden la cabeza.

Con paso firme se sienta en la pequeña silla y apoya sus codos en la mesa. Mano levantada y juramento dan inicio al show.

Disculpen que lo califique de show, pues para víctima y acusado es muy serio, no tanto para fiscales y abogados. Rememorar una experiencia traumática como un secuestro o una violación, frente a los supuestos culpables, es un trago amargo y muchas veces infructuoso.

En algunos casos, como sucedió en el secuestro de Lizardo Sosa, no había podido rememorar su calvario ni en el seno familiar.

Pero la justicia llamó a su puerta y la víctima dijo: ¡si no queda más remedio!

“Si no fuera funcionario público, abría dejado pasar el asunto”, comentó Sosa de forma sincera al Tribunal.

Y uno entiende el porqué rápidamente. Empieza el interrogatorio. Dos años y medio después la víctima tiene que bajar libros y comenzar a recordar cada detalle, pues un fallo en la memoria puede suponer la libertad de los acusados.

Ante la duda de si se tratará de ellos o no, pues Sosa nunca logró identificar a sus captores, prefiere desviar la mirada de los ojos de los acusados. Estos también disimulan su aflicción, platican entre ellos como buen matrimonio. Ella se mira las uñas pintadas, gira las pulseras, se baja la falda... como si no supiera que hallar qué hacer ante semejante trance. Él, muy serio, permanece de brazos cruzados y mira al cielo. Ni una sola palabra cruzan con su abogado, que a veces parece evadirse, lejos del juicio.

Mientras, la víctima recorre su propio camino del horror. Como quien lleva pensando durante horas en su discurso, relata detalle por detalle su secuestro. Los olores, los objetos, las voces, los tiempos... algo que resulta increíble tantos minutos, horas, días, meses después. "Mi vida se divide entre antes y después del secuestro" es la afirmación que justifica su prodigiosa memoria.

En cambio, el fiscal parece no tener también aprendida su tarea. Después de una declaración de hora y media, toca el turno al Ministerio Público. Lo primero es repreguntar, por si al acusado no le hubiera costado lo suficiente contarlo una vez. Lo segundo titubear y lo tercero mostrar las evidencias. La mitad de ellas no reconocidas por la víctima.

Cierto temblor pareció percibirse en el paciente Sosa cuando se abrió el primer sobre. No, estas gafas oscuras no son las que le impidieron orientarse y ver a sus agresores durante 70 horas. Le siguieron 20 sobres más. El edredón en el que se dormía, mientras rezaba rosarios, olía a perro... olfateó la prenda por si acaso aún conservara la fragancia. "Sí, este puede ser, señaló", pero ya no hedía.

Fotos y más fotos de lugares y objetos, “¡pero si él tenía los ojos inútiles!”, se desesperan los reporteros. “Siempre hacen igual, ni siquiera preparan los debates”, se lamentan.

Llega la parte más penosa para la víctima: la intervención del abogado defensor. "Bueno la mayoría de mis preguntas ya se las ha hecho el fiscal", comentó.

¿Será que para acusar y defender se utiliza la misma estrategia y argumentos?. Alguna amenaza velada ante la incapacidad de retórica. Sosa sólo se seca los ojos.

¿Serán los acusados culpables?, ¿valdrá de algo mi declaración?

El mal trago ya ha pasado.

 
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