Semanario de Prensa Libre • No. 13 • 3 de Octubre de 2004    


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Punto final

José Joaquín Palma
y su himno nacional
Entre una inocente trampa y rodeado de dictadores, tuvo su origen el himno nacional guatemalteco.

Por: Edgar Ruano Najarro

Los liberales, victoriosos en la revolución de 1871, se dieron a la tarea de sentar las bases de la nación y del Estado nacional guatemaltecos, de acuerdo con su particular visión de la modernidad, entendida por ellos como el progreso que traería el fomento de la agricultura de exportación, la liquidación de los obstáculos al libre comercio y a la libre circulación de las tierras en el mercado y la supresión de la Iglesia Católica como un factor de poder político, acusada a la vez del atraso secular del país.

En consonancia con ello, dieron forma al Estado guatemalteco y crearon una nación concebida solamente en los términos del horizonte de visibilidad de la elite de los mestizos, encabezada ésta por los terratenientes cafetaleros y los comerciantes.

En el terreno ideológico, fueron también creadores de la emblemática nacional: la bandera, el escudo y el himno, que habrían de constituirse en símbolos de la identidad de lo guatemalteco, para citar solamente los íconos oficiales, dejando por un lado la sacralización de la marimba, de los trajes y telas típicos (sin sus portadores), de los vestigios de la civilización maya clásica (sin sus creadores) y de ciertos platillos de la culinaria tradicional convertida en nacional, etcétera.

La construcción y elaboración en la conciencia colectiva de tragedias nacionales también forma parte de la identidad nacional, como el caso de la pérdida de Belice a manos de la pérfida Albión (como decía un jefe de la Fuerza Aérea en tiempos del general Laugeurd García) o la división centroamericana que dio lugar a los conocidos cinco países hermanos que, por más esfuerzos que se hagan, no logran volver a unirse.

Pues bien, alrededor de ese proceso de producción de lo guatemalteco existe una pequeña historia relacionada precisamente con el himno nacional. Como se sabe, uno de los presidentes liberales, el general José María Reina Barrios, convocó a un concurso en julio de 1896 con el fin de escoger la letra definitiva del himno nacional. Cerrado en octubre de ese año, el concurso fue ganado por un autor que había firmado Anónimo.

José Joaquín Palma se llevó a la tumba el secreto de la razón de por qué tardó cerca de catorce años para revelar que había sido el autor de la letra del himno nacional ganadora en aquel certamen, aunque la documentación existente en el Archivo General de Centro América sugiere una hipótesis.

El jurado que dictaminó sobre las doce composiciones presentadas al concurso, estuvo integrado por José Leonardo, una persona de apellido Castañeda y nada menos que por don José Joaquín Palma, quienes presentaron su dictamen al ministro de Instrucción Pública, Manuel Cabral, en oficio de fecha 27 de octubre de 1896.

Así, pues, José Joaquín Palma fue juez y parte en el asunto de la letra del himno nacional y ese pecadillo suyo no le permitió presentar la letra compuesta calzada con su nombre. Por eso prefirió la firma de Anónimo, aunque ello no le impidió ceñir en su cabeza la corona de laurel que le fue impuesta en un gran homenaje, que el siguiente dictador, Manuel Estrada Cabrera, le rindió en 1911 cuando fue revelada la identidad del autor de la letra del himno nacional.

Muchos años después, es probable que el dictador liberal de turno, el general Jorge Ubico, no fuera capaz de controlar uno que otro tic nervioso cuando escuchaba cantar el himno nacional, pues tenía demasiadas y combativas alusiones a la lucha por la libertad. Por ello, habría encargado en 1934 al profesor José María Bonilla Ruano la modificación de algunos versos (casi todos en realidad) de la letra del himno y así dejarlo más acorde con el espíritu pacifista de los guatemaltecos (!!!).

Fue así cómo, entre una inocente trampa y rodeado de dictadores, tuvo su origen el himno nacional guatemalteco, aquel del que las maestras de escuela de antaño repetían a sus pequeños alumnos que era el más bello, el más hermoso del mundo, después, por supuesto, de La Marsellesa.

Sin embargo, a poco más de 100 años de aquel episodio del concurso, quizá ya no tenga importancia recordarlo, pues al final de cuentas no es el autor de la letra de un himno, ni la letra del mismo, lo que sirve de base para la construcción de una nación.

La identidad nacional, las bases constitutivas de lo guatemalteco, hay que buscarlas en el proceso de afirmación y solidificación de los grupos y clases sociales, que la historia los ha colocado en un origen común y que por lo mismo comparten su producción social y cultural, y en consecuencia van tras un destino común.

Pero esa afirmación, y en especial la búsqueda del destino común, pasa por largos procesos de luchas sociales y políticas y en esas luchas se legitima y construye la identidad, que se vuelve nacional cuando se vuelve abarcadora de la totalidad social.

Por ejemplo, la reciente guerra civil, eufemísticamente llamada “conflicto armado interno”, pese a todo su caudal de horror, dejó un legado que cambió al país para siempre. La parte de la población, que se autodenomina maya, por medio de dicho enfrentamiento hizo su ingreso a la historia nacional guatemalteca, en el sentido de que vastos sectores suyos fueron partícipes por primera vez en la historia de un proyecto político de carácter nacional enlazando su identidad con esa lucha.

Fue el principio para los mayas de una nacionalización tantas veces negada por el segregacionismo implantado por el régimen colonial y modelado modernamente por los liberales. De esa cuenta, la nación se está ampliando de una forma insospechada, se está ensanchando considerablemente, y por ello se ha venido modificando sustantivamente, aunque en buena parte de la conciencia colectiva todavía subsista la representación de que lo guatemalteco, lo nacional, sea lo uniforme, lo homogéneo, en el sentido de lo que imaginó y construyó la revolución liberal de 1871.

No cabe duda que después de cerca de un siglo y medio de construir una identidad nacional, ésta presenta signos de crisis de legitimidad, merced al cuestionamiento maya, que en el devenir de la sociedad guatemalteca es el cuestionamiento crucial de esta época.

¿Quiénes somos, cómo somos, hacia dónde vamos, los guatemaltecos? Ya no es tan fácil responderlo, por lo menos sin suscitar una que otra, a menudo agria, discusión.

 
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