Semanario de Prensa Libre • No. 16 • 24 de Octubre de 2004    


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Las fobias son...
los fantasmas de la mente

Hay quien padece, sin saberlo, de una fobia: un trauma de la niñez o una vivencia desagradable que se incuba hasta tomar la forma de algún objeto, animal o situación.

Por Gustavo Adolfo Montenegro

“Una mujer de 31 años, a quien llamaremos N siente pavor incontrolable frente a las gallinas. Aunque estén a varios metros de distancia, se le eriza la piel al sólo ver las plumas. Siente que las aves la atacarán con sus horribles picos. Si ve una amarrada en el patio de su casa (quizá para el almuerzo del domingo), prefiere rodear, a pasar frente a ella. Y si el ave está suelta, el nerviosismo aumenta. Sabe que fácilmente podría espantarla, pero no se atreve. Recuerda que una vez, cuando tenía 4 años, una gallina con pollitos le picoteó su zapato blanco.

El temor de N tiene nombre propio: Alectorofobia. Igual lo tienen muchos otros miedos irracionales a objetos, animales o situaciones, tales como el terror a los gatos (ailurofobia), a los insectos (entomofobia), a las agujas y objetos punzantes (aicmofobia) o, uno de los más conocidos, a los lugares reducidos o encerrados (la asfixiante claustrofobia).

¿Quién dijo miedo?

“Un miedo es una respuesta normal ante algo que se percibe peligroso o dañino para la integridad personal. En un temor normal, la reacción es proporcional a la situación, mientras en la fobia el miedo es desproporcionado ante un objeto o situación, y está fuera del control voluntario, aunque la misma persona sepa que su terror es exagerado”, explica el siquiatra Enrique Estrada, quien plantea dos ejemplos:

“Si veo un doberman es normal cierto miedo, por precaución, por lo que he oído de su agresividad, pero, con calma, puedo hacerme a un lado. Pero si es una fobia, sentiré algo peor: la respiración agitada, sudor, mareos, o me quedaré paralizado, o sin habla”.

“Bastante frecuente es el miedo a los ascensores. Una persona puede pensar que el elevador podría caerse, pero igual se mete y llega al piso 15. Pero si se trata de claustrofobia, no habrá manera que entre al ascensor. El sólo verlo o saber que deberá subir le provocará angustia, aunque no haya llegado al edificio. Y si finalmente se sube, sufrirá mucho y podría llegar al nivel de pánico”, continúa Estrada.

¿Por qué ocurre esto? Manuel Arias, psicólogo del Centro de Orientación de la Universidad Rafael Landívar, explica: “El miedo advierte de peligros, nos puede hasta salvar la vida. Sin embargo, para muchas personas llega a ser una limitación, porque se convierte en un pretexto para no enfrentar la realidad. Nacemos sin miedo, pero la educación y las experiencias nos van enseñando lo que es peligroso. Sin embargo, cuando algo inofensivo, como una gallina, altera mi ánimo, entonces estamos ante una fobia”, agrega.

¿Cómo surge una fobia?

La palabra proviene del griego Fobos (el temor), que era el hijo de Marte, dios de la Guerra, y de Venus, diosa del amor; una extraña mezcla mitológica que se corresponde mucho con la realidad al conocer detalles de los casos.

“Un niño mira una cucaracha y corre detrás, quizá hasta la agarre, sin miedo”, ejemplifica el hipnólogo Albert Yans. “Viene la mamá, que lo ama, pero está contagiada de temores, y le grita: ¡Cuidado, niño, con ese animal asqueroso! Le pega en las manos. Ese niño que no tenía miedo ahora asocia la cucaracha a una experiencia desagradable. Cuando crezca, podría desarrollar una fobia hacia las cucarachas. Quizá las odie, le enfurezcan o le de náusea al verlas”.

Sin embargo, en la misma descripción del problema, Yans encuentra el hilo de la solución: “en el mundo actual vivimos llenos de fobias, pero la mayor de todas es la fobia a la vida. La persona no está en su realidad, su aquí y ahora; permanece en situaciones negativas del pasado o en la angustia por el futuro ¿y por qué? Por temor a enfrentar el presente”.

El psiquiatra y sociólogo Carlos Seijas propone otro ejemplo: “los padres sobreprotectores le recalcan al niño que el mundo es malo, lo aíslan y le solucionan todo. Esto puede llevarlo a padecer de agorafobia o temor a los espacios públicos, una idea irracional nacida de situaciones de la niñez. Esto puede llegar a limitar el campo de acción social de la persona”.

En todo caso, hay tantas causas posibles que Seijas afirma: “Todos somos neuróticos”. La diferencia está en la forma como enfrentamos esa neurosis. Los fóbicos culpan a una causa irreal para su angustia”.

¿Cuántas fobias hay?

Son incontables, si se parte del antiguo (y exótico) sistema de bautizarlas con un prefijo, generalmente griego, equivalente al objeto temido: Por ejemplo, Farmacofobia (miedo a tomar medicinas), Filofobia (a hacer amistades o enamorarse), Gerontofobia (a los ancianos), Ictiofobia (a los peces), Cacofobia (a la fealdad) y así, hasta infinito.

Sin embargo, ya en 1974, el psicólogo estadounidense Martin Barclay señalaba lo inútil de este método. “El contexto en el que se usaban semejantes etiquetas sugería que distintas ‘enfermedades’ constituían la base de cada caso. Sin embargo, el análisis psicológico indica que el rasgo común es la unión del miedo a ciertos estímulos. Prácticamente cualquier cosa puede servir a una fobia y resulta ocioso entonces bautizar cada una de ellas”.

Según el Manual de Diagnóstico Psiquiátrico DSM-4 (guía básica de todo psicoterapeuta), la única que tiene nombre aparte es la Agorafobia (temor a los espacios públicos o de los que escapar sería difícil o embarazoso). El mismo manual engloba el resto en fobias de tipo social y fobias específicas, las cuales pueden surgir de una experiencia traumática, como el miedo de N a las gallinas.

“En muchos casos hay una conducta evitativa del estímulo desagradable. El animal o situación se vuelven fóbicos y persiste con el tiempo. La persona se esfuerza por no encontrarse con ello”, explica Enrique Estrada.

Otro ejemplo

El señor L sufrió por décadas la fobia a ser sujetado por detrás. A sus 55 años no sabía el porqué de su obsesión. En la calle miraba atrás a cada rato, para ver si lo seguían. En las reuniones se las arreglaba para colocar su silla contra la pared.

Detestaba ir a auditorios y restaurantes. Una vez visitó su pueblo natal. En un almacén se encontró con un viejo amigo de juventud que aún atendía allí. Empezaron a platicar. El amigo tendero le dijo: “Recuerdo cuando trabajabas como mensajero y cada vez que pasabas por el puesto de enfrente agarrabas un puño de manías. Un día te vi venir y me escondí. Al poner la mano en la bolsa de manías, salté y te agarré por detrás. Gritaste y caíste desmayado en la cerca”. Tras un breve período de tratamiento y adaptación, la fobia del señor L desapareció.

Más allá del miedo

Todos los terapistas consultados coincidieron en que existen casos en los que no hay ninguna experiencia desagradable con el objeto o animal temido. Son sólo un símbolo.

“En estas fobias hay un trastorno de ansiedad, pero en lugar de enfrentar la causa a nivel inconsciente, se produce un fenómeno llamado desplazamiento, que es atribuir el malestar a un objeto, animal o situación que de alguna manera simbolice la situación. A las alturas (agarofobia), a las mujeres bonitas (calignefobia) o a las serpientes (herpetofobia). Por ejemplo, alguien detestaba a los perros (canofobia) porque le recordaba los dientes de sus padres mientras lo regañaban, pero no lo supo hasta después de la terapia”, cuenta el psicólogo Arias.

De hecho, el primer caso estudiado de una fobia fue registrado por Sigmund Freud, creador del sicoanálisis, hacia 1907. Un niño al que llamó Hans, de 5 años, no salía a la calle porque odiaba a los caballos. Nunca le había ocurrido nada relacionado con caballos, pero con sólo verlos sufría ataques de histeria. Hans creía que los caballos iban a atacarlo a dentelladas. Tras una serie de entrevistas y observaciones en su entorno familiar, Freud descubrió que en realidad Hans experimentaba un resentimiento contra su padre, porque le “robaba” atención de la madre; sin embargo, lo amaba. Además, el niño solía divertirse jugando con su padre a los caballitos y se montaba sobre él. Asociaba las riendas de los caballos con los largos bigotes de su padre. Su inconsciente juzgó que no era “correcto” que lo odiara, así que desplazó su malestar a los equinos.

¿El nombre no importa?

Eisoptofobia (miedo a verse reflejado en los espejos), Dromofobia (a cruzar la calle) o Catapedafobia (a saltar, ya sea de lugares altos o bajos) son sólo otros de los extraños nombres con que eran clasificados los temores, como si se tratara de padecimientos totalmente distintos. Sin embargo, un mismo temor (a los cuchillos, por ejemplo) podía tener causas totalmente distintas en dos pacientes. Enrique Estrada, del Instituto de Psicología URL, aclara: “A fin de cuentas, el nombre es lo menos importante. Lo que interesa es descubrir cuál es la situación de ansiedad o el conflicto que se esconde tras ese temor”.

De hecho, si una persona no atiende a tiempo las manifestaciones de temor, puede llegar a padecer lo que se denomina “crisis de pánico”. Francisco Salgado, catedrático de Psicopatología de la Universidad Francisco Marroquín, lo describe como un período de “intenso miedo y malestares, como palpitaciones bruscas y rápidas, sudoración profusa, temblores, sensación de ahogo o de atragantamiento, opresión en el pecho, náuseas y sensación de desmayo. El paciente piensa que va a sufrir un ataque cardíaco, un paro respiratorio o teme volverse loco. A veces llegan sin previo aviso, pero muchas veces ocurren cuando la persona no puede evadir el objeto o situación fóbica”.

Quien tiene miedo, pierde

Algunas fobias leves pueden parecer inofensivas y hasta simpáticas. Sin embargo, conforme crece la angustia interior puede agravarse el cuadro hasta convertirse en una circunstancia incapacitante, en una limitación para la vida y las metas personales.

Tal es el caso de W, quien padecía de una fobia específica, a las alturas. Trabajaba como secretaria, y por su buen desempeño le ofrecieron otro puesto dentro de la empresa, casi con el doble de sueldo. W rechazó la promoción porque debía trasladarse al octavo piso. Ella había estado siempre en el primero y prefirió seguir en el mismo puesto a cambiar de piso. Al seguir una terapia se reveló que la altura era sólo un símbolo: en realidad temía perder el cariño de sus padres, que habían sido extremadamente posesivos con ella. Los novios que había llevado a presentar eran siempre bien recibidos, pero cuando se marchaban, los padres empezaban a criticarlos, a hallarles defectos y W terminaba la relación. Finalmente, tuvo un romance con un hombre del cual se embarazó, pero resultó ser casado. Inconscientemente, ella temía lo que sus padres opinarían si se llegaban a enterar, pero desvió esto a un temor por los lugares altos.

¿Y se puede curar la fobia?

Existen diversas alternativas de tratamiento, según el caso. Algunas pueden ser tan rápidas como un par de sesiones de hipnosis. Pero, generalmente, son fobias muy leves. Las terapias conductuales enfrentan gradualmente al paciente con ese objeto temido. Por ejemplo, a quien se horroriza con las gallinas se le mostrarían dibujos, fotografías, juguetes, vídeos, hasta llegar a ponerla ante un ave real. “Con sugestiones y racionalizaciones, la persona irá reconociendo que no hay peligro y no debe angustiarse”, dice el siquiatra Estrada, pero aclara: “Cuando la fobia es un símbolo, es necesario hacer un tratamiento psiconalítico para descubrir la causa real.

Algo así como el niño de Freud, que temía a los caballos. Si en un caso como éste sólo se hubiera combatido el temor al caballo, probablemente la angustia habría buscado, después, otro animal al que temer”.

Nombres raros

Aunque la práctica de bautizar a cada fobia está en desuso, es curioso conocer algunos de sus nombres. Si le teme a...

  • Escuela: Didaskaleinofobia
  • Sexo: Erotofobia
  • Picaduras: Acarofobia
  • Ser tocado: Hafefobia
  • Abejas: Apifobia
  • Estrellas: Siderofobia
  • Arboles: Dendrofobia
  • Al que huele mal: Autodisomofobia
  • Genitales: Colpofobia
  • Sangrar por la nariz: Epistaxiofobia
  • Al médico: Iatrofobia
  • Computadoras: Logisomecanofobia
  • Bañarse: Ablutofobia
  • Muerte: Tanatofobia
  • A ser quemado: Tafefobia
  • A los extraños: Xenofobia
  • Número 13: Triscadecafobia
  • A las arrugas: Ritifobia

Las fobias

El Manual de Diagnóstico Siquiátrico dice: La fobia es un trastorno de ansiedad.
La agorafobia es “la aparición de ansiedad o comportamiento de evitación de lugares o situaciones donde escapar puede ser difícil o embarazoso”. O bien, sea difícil hallar ayuda.

Fobia social
Se caracteriza por la ansiedad hacia: “Situaciones sociales o en público del propio individuo. Da lugar a comportamiento de evitación” (temor a asistir a fiestas, reuniones, dar discursos o hablar al sexo opuesto). Interfiere en exceso y crea malestar en la persona.

Fobia específica
Ansiedad como respuesta a la exposición frente a situaciones u objetos temidos:
Puede ser de varios tipos: animal (incluye a los insectos), ambiental (relacionada con fenómenos atmosféricos), sangre, inyecciones, daño (relacionada a intervenciones médicas) y situacional (vehículos, asensores, aviones).

El pánico
Toda fobia conlleva una profunda ansiedad. Es probable que al encontrarse con lo que teme, la persona experimente un ataque de pánico.

  • Palpitaciones o taquicardia
  • Temblores e incluso sacudidas
  • Sudor intenso
  • Sensación de ahogo
  • Dolor o malestar en el pecho
  • Náusea o malestar abdominal
  • Sensación de inestabilidad
  • Mareos o vértigos
  • Terror, sensación de irrealidad
  • Miedo a perder el control o volverse loco
  • Intenso temor de morir o de caer fulminado
  • Calambres, hormigueos e incluso parálisis
  • Si algo así le ocurre, ya es hora de que consulte a un especialista

Fobia y creencias

¿Qué diferencia una fobia de una superstición?. El sicoanalista Carlos Seijas dice: “La diferencia es que la fobia es un miedo irracional, mientras que la superstición es un patrón de acción vinculada a otra consecuencia: los famosos gatos negros, romper espejos, pasar debajo de escaleras. En la superstición se tiene la idea de que al actuar de cierta forma uno puede evitar que ocurra o bien propiciar que sucedan ciertos eventos. En la fobia nos protegemos de algo que creemos peligroso, como los espacios cerrados, mientras que si estamos encerrados, creemos que dando tres vueltas a la derecha y dos pasos vamos a salir de ahí”.

Top 10 de fobias

Un estudio reciente, en Inglaterra reveló lo que los británicos más temen.

1. Insectos 2. Terrorismo 3.Serpientes 4. Las alturas 5. La muerte. 6. Visitar al dentista 7.Agujas e inyecciones 8.Hablar en público, incluso en familia. 9. Las deudas 10. Aviones.

Lo famoso no quita lo fóbico

Diversos personajes han sufrido por sus temores irracionales. Desde la antigüedad se oía de temores aparentemente infundados. El emperador romano Julio César le tenía miedo a los sueños, mientras el emperador César Augusto, a la oscuridad.

El griego Demóstenes, creador de la oratoria, temía a hablar en público (fobia social).

Charles Darwin, el naturalista inglés del siglo XIX, sufría de pánico a los grandes espacios públicos.

El pintor Pablo Picasso confesó una vez que temía subirse a los aviones.

El poeta español Juan Ramón Jiménez sufría de claustrofobia y terror a la letra G, que sustituía por una J.

Isaac Asimov, escritor de grandes novelas de ficción, le tenía miedo a las alturas y a las agujas, y sólo se sentía a gusto en los lugares cerrados.

El cineasta Woody Allen es un claustrofóbico confeso.

El escritor Ernest Hemingway le temía a la oscuridad.

Al cantante Michael Jackson le causan terror los gérmenes y los microbios.

El filósofo francés Jean Paul Sartre se ponía histérico al ver un tomate.

El emperador Napoleón detestaba a los gatos, igual que el dictador Adolfo Hitler.

Una vez la actriz y cantante Liza Minelli olvidó momentáneamente la letra de una canción durante una presentación. La fobia a los escenarios se apoderó de ella durante varios años.

El mítico Conde Drácula le tiene miedo a los ajos, a los gatos y a los crucifijos.

 
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